Se cree que el nombre de Manhattan viene de los indios americanos que habitaban esta zona antes de la colonización. Tenía algo que ver con la madera que usaban para hacer sus arcos y flechas, por lo que podríamos considerar que uno de los espacios más poblados del mundo alguna vez fue simplemente un bosque. 

En la actualidad New York se considera la capital mundial de muchas cosas — sobre todo para los newyorkinos— y siendo honestos, la realidad es que el lugar se ha convertido en una especie de ombligo del mundo contemporáneo, así cómo en su momento lo fue la Florencia de los Medici en el Renacimiento. 

La ciudad que nunca duerme, ha tenido varias altas y bajas durante su historia, siendo tal vez la herida más reciente la que sufrió hace 20 años en septiembre 11, cuando un ataque terrorista acabo con la vida de miles de personas al derrumbar las torres gemelas del World Trade Center, en el centro financiero de Manhattan. Hoy es un pasaje de la historia más, pero la cicatriz que dejó en la ciudad —y en el mundo— es algo que difícilmente se olvidará para los que vivieron el momento.

Y es que una ciudad como está es realmente un colectivo de símbolos, reflejo de las muchas facetas del país más poderoso del mundo. La carrera por alcanzar el cielo, tocando las nubes con sus antenas puntiagudas que coronan las toneladas de acero y cristal utilizadas para su construcción, ha dado paso a uno de los escenarios más emblemáticos creados por el hombre, con edificios cómo el Empire State o el Chrysler, los cuales competían por ser el rascacielos más alto del mundo durante su construcción. Con 443  y 319 metros de altura respectivamente, hoy sus rasgos del Art Deco palidecen frente al One World Trade Center de 541 metros de altura, construido sobre el gran espacio que dejó la caída de las torres hace dos décadas, recordándole a los habitantes de esa ciudad, y al resto de nosotros que el show debe continuar.

Y es que desde el Museo de P.T. Barnum  a mediados del Siglo XIX hasta los teatros del distrito de Broadway, la ciudad ha provisto de entretenimiento constante para todos los públicos. Desde el Metropolitan Opera House donde Caruso hacía vibrar los corazones con su voz, hasta el estadio de los yankees en el Bronx dónde el Bambino, Babe Ruth, estremecía a los espectadores con sus

homeruns. 

Y en el centro de la ciudad, rompiendo el horizonte cuadriculado y brindando una vista amable y que conecta con nuestra parte más sensible se encuentra el monumental Central Park de 315 hectáreas, dónde los árboles más altos no son competencia incluso para los edificios más antiguos, sin embargo en belleza se llevan la ventaja indiscutible. El parque diseñado por los arquitectos y paisajistas Olmstead y Vaux a mediados de los 1800 fue la respuesta para una ciudad que había cuadriplicado su población en pocos años y en donde sus habitantes tenían que buscar espacios abiertos incluso en cementerios para poder relajarse.

La belleza del parque no fue suficiente para evitar que muchos hombres de negocios saltarán por las ventanas al perder todo el 29 de octubre de 1929 –el martes negro– comienzo de la gran depresión. Pero se convirtió en el hogar de muchos que al quedarse sin nada fueron a vivir al provisional pueblo conocido como Hooverville donde las casas de cartón y desperdicio contrastaban con los rascacielos que enmarcaban al parque. 

Pero la gran ciudad no sería nada sin la gente que la integra. Provenientes de todos los rincones del mundo, llegaron cargados principalmente de esperanza y sueños los pobladores de esta gran ciudad, construyendo una amalgama cultural que ha dado frutos y cobijo a las más grandes mentes de la historia en casi todos los ámbitos, convirtiéndose la gran manzana en la incubadora de sueños más grande y aunque en la búsqueda de la grandeza muchos han sido devorados, para algunos este lugar les ha abierto las puertas de la oportunidad.  

La estatua de La Libertad, regalo de los franceses y diseño de Auguste Bartholdi se ha convertido en uno de los símbolos más representativos pero sobre todo el que tiene un significado más profundo. “La libertad que ilumina al Mundo” , nombre con el que Bartholdi bautizó su obra, buscaba dejar manifiesta la hermandad entre el Estado Francés y los Estados Unidos de America, sin saber que su obra se convertiría en el rostro de bienvenida para tantos inmigrantes que llegaron por Ellis Island a comenzar una nueva vida a finales del siglo XIX. 

El color verde de la dama de la libertad no llegó hasta 1906, producto de 20 años de oxidación de 100 toneladas del cobre puro que cubre el monumento, mientras al ser inaugurada mostraba el color marrón característico del cobre de las tuberías. 

Cada ciudad tiene su personalidad, sus historias y su palpitar particular, pero sin lugar a dudas la ciudad de Nueva York tiene muchas historias que contar, pequeñas indiscreciones que se entretejen entre el murmullo de una vida acelerada y moderna.