«Siempre hay un momento en la infancia en el que se abre una puerta para deja entrar al futuro.» (Graham Greene)

Uno de los peores crímenes que se cometen, no tengo dudas, es la explotación de menores. Y como también para la atrocidad hay grados, de lo execrable, el mayor grado de atrocidad se lo lleva el lucro sexual de personas menores a doce años de edad. La prostitución infantil es una realidad social del ámbito delictivo y un negocio boyante para los embaucadores que usan a un menor para dar placer un de mayor edad a cambio de bienes materiales, económicos o de cualquier otro beneficio. Se trata de un abuso a ultranza. En México, esta práctica delictiva va en aumento y ocupamos el alarmante segundo lugar en turismo sexual infantil. Se estima que son más de veinte mil víctimas.

Es muy lamentable que México sea identificado como un destino popular del turismo sexual, y peor que sea un lugar favorito para depravados que vienen a divertirse a costa de nuestros pequeños y que llegan con la intención de lastimar a nuestras niñas. Es muy triste enterarse que al igual que la inmensa mayoría de los delitos en el país, los casos de prostitución infantil no son denunciados por temor, exposición pública, estigmatización. Pretextos hay cientos. Está claro que hay desconfianza en las autoridades encargadas de investigar e impartir justicia, e incluso por la falta de mecanismos accesibles y seguros para denunciarlos. Pero, tenemos que parar.

El fenómeno está al alza, no sólo en México sino en el mundo. El periódico parisino Le Monde informa que el crecimiento de este delito en cincuenta años ha tenido una progresión del setenta por ciento en el mundo. No obstante, es en nuestro país en donde se han popularizado este tipo de diversiones entre gente que en sus lugares de orígenes no se atreverían, pero dadas las facilidades, vienen para acá a violentar y explotar a nuestros niños. Gente respetable en su cotidianidad que se descara cuando se siente lejos de casa. Los pequeños pierden la inocencia en una edad en la que debieran estar jugando, creciendo, estudiando y no trabajando en condiciones tan deleznables. Nosotros como sociedad, estamos plenamente obligados a proteger los derechos de los infantes, a velar por el interés superior de la niñez. Además, es uno de los compromisos internacionales que se tienen firmados ante la Convención sobre los Derechos del Niño y su Protocolo relativo a la Venta de Niños, la Prostitución Infantil y la Utilización de los Niños en la Pornografía. Pero, la realidad es que estamos haciendo poco.

Lo cierto es que tenemos que poner el dedo en la yaga y no aflojar la presión. Es necesario tener a profesionales formados y bien capacitados para atender este tipo de casos. En la actualidad, si alguien se atreve a denunciar estos delitos, en vez de proteger a las víctimas, se les desestima, se les culpabiliza o se hace de todos menos darles amparo para rescatarlos de esa situación de vida. Así sucede con todas las víctimas de cualquier tipo de delito y esto se agrava cuando estamos refiriéndonos a los más indefensos. Por supuesto, urge tener mejor educación sexual y una sociedad sensible y activa frente a estos temas. El problema es complejo y se necesita un programa integral de protección a la infancia. Abandonar a los niños a su suerte, es condenar al futuro de la humanidad. Pero, lo estamos haciendo.

La evidencia es clara, si nuestro país es el segundo destino al que la gente que viene a turistear y en vez de llegar a apreciar las bellezas de nuestro país, viene a maltratar nuestros tesoros más preciados, estamos haciendo mal nuestro trabajo. Y, como dice el dicho popular: “no tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre”. Somos nosotros, la sociedad mexicana, los que debemos estar atentos. Es nuestra responsabilidad parar esta práctica, tener cuidado con nuestros pequeños y atacar el problema de raíz. Pero, si dejamos que nos vengan a visitar para dañar y les permitimos regresar a sus casas tan felices y contentos, estamos haciendo algo muy, muy mal.

Decía Pablo Neruda que un niño que no juega no es un niño. La prostitución infantil les quita su esencia y los lanza a un abismo en el que los males no llegan solos: habrá vicios, corrupción, maldad. No imagino la tristeza de un niño sometido a un viejo por dinero ni la amargura de una niña que perdió la inocencia por complacer a un delincuente. Lo terrible es que nos hacemos de la vista gorda y preferimos mirar a otro lado.

Si las cifras no nos conmueven, estamos hechos de palo. Si darnos cuenta de que hay gente que viene a nuestro país a corromper a lo mejor de nuestra sociedad, es que ya nos convertimos en piedras. Si no cuidamos a nuestra infancia, si la desprotegemos, es que ya vamos en caída libre. No podemos ignorar que la infancia es la puerta al futuro.