(…) Estaba prohibido “levantar el grito para improperar a los reos” y por supuesto “dar muestras de una imprudente compasión”; no se podía portar arma alguna, ni acercarse en grupo al lugar donde los caudillos quedaran alojados. Además, ninguna persona podía hospedar forasteros en su casa sin hacerlo del conocimiento de la autoridad local.

En bando publicado en la ciudad de Chihuahua el 21 de abril de 1811, el gobernador de las Provincias Internas, Nemesio Salcedo y Salcedo, expresa: “El Dios de los Ejércitos que ha querido castigar la América Septentrional sirviéndose del cura Hidalgo como de un azote más terrible que todas las plagas que afligieron al Egipto, miró con ojos de predilección a las Provincias Internas, no sólo preservándolas de tantos males, sino distinguiéndolas con la gloria de haber encadenado a este monstruo, a todo su ejército, a todos sus llamados generales, y hecho presa de todas sus rapiñas, sin costar una gota de sangre, en el momento en que estaban amenazadas de la más espantosa desolación: fuerza es reconocer aquí el dedo de Dios”.

Justo un mes antes, en efecto, el cura y el contingente rebelde que le acompañaba habían sido sorprendidos en las Norias de Baján, resultando presos los cabecillas y decenas de oficiales, así como la mayoría de la tropa. El golpe había sido devastador para el movimiento insurgente tanto por la pérdida en el liderazgo como en armamento y recursos económicos. Los capturados fueron conducidos a Monclova, donde se fusiló a los militares de mediano rango y se dejó en prisión a la soldadesca.

Más tarde, los líderes fueron llevados rumbo a Chihuahua, siendo separados en El Álamo los religiosos –excepto Miguel Hidalgo– quienes fueron escoltados a Durango, donde se les condenó al paredón o la cárcel. El resto, compuesto por los principales jefes, arribó a su destino en medio de severas advertencias para la población; la cual podía verlos pasar en la calle o el campo; pero sin formar grupos ni subirse a las azoteas.

También estaba prohibido “levantar el grito para improperar a los reos” y por supuesto “dar muestras de una imprudente compasión”; no se podía portar arma alguna, ni acercarse en grupo al lugar donde los caudillos quedaran alojados. Además, ninguna persona podía hospedar forasteros en su casa sin hacerlo del conocimiento de la autoridad local.

Con tales medidas, la llegada de Hidalgo, Allende y sus más cercanos colaboradores se hizo sin mayor novedad, dándose inicio de inmediato a los juicios. Como resultado de éstos, se cumplió con las siguientes acciones:

El 10 de mayo de 1811 fueron fusilados el mariscal Ignacio Camargo, el brigadier Juan Bautista Canazú, y el capitán Agustín Marroquín. Al día siguiente, el mariscal Francisco Lanzagorta y el coronel Luis Mireles.

El 6 de junio tuvieron el mismo final el mariscal Nicolás Zapata, el coronel José Santos Villa, el capitán José Ignacio Ramón, el mayor de plaza Pedro León y Mariano Hidalgo, hermano de don Miguel y tesorero del ejército insurgente.

El 26 de junio los ejecutados fueron el generalísimo Ignacio Allende, el capitán general Mariano Jiménez, el teniente general Juan Aldama y el gobernador de Monterrey, Manuel Santa María. Un día después, se sumaron a esta lista: el ministro José María Chico, el brigadier Onofre Portugal, el intendente del ejército José Solís y el director de ingenieros Vicente Valencia.

Estas muertes, una a una, se convirtieron en devastador castigo moral para el cura de Dolores; tanto como la defección de Mariano Abasolo, quien, para salvar la vida, no dudó en colaborar con las autoridades españolas. Y es que la agonía de Hidalgo se prolongó más que en los otros casos dado que enfrentó dos juicios: uno de carácter religioso y el otro penal.

Como consecuencia del juicio religioso, Hidalgo fue degradado el 29 de julio en una ceremonia dirigida por el canónigo doctoral Francisco Fernández Valentín, comisionado por el obispo de Durango para tal función.

Ciertamente, la degradación debió afectar interiormente a Hidalgo; pero no al grado de abatirlo, puesto que al día siguiente acudió con gran serenidad a su cita con el paredón, sentencia que había resultado del segundo de sus juicios, y la cual se cumplió sin demora por el pelotón a las órdenes del oficial Pedro Armendáriz.

Luego el cadáver fue sentado en una silla, la cual se colocó sobre una mesa en la plaza, frente al Hospital Real de Chihuahua, para que lo viera la gente que casi en lo general lloraba, aunque sorbiendo las lágrimas. Después se le cargó al hospital, le cortaron la cabeza que fue preservada en sal y vinagre, y el cuerpo se enterró en el camposanto.