La democracia mexicana confirmó ayer que su fortaleza no está en los partidos ni en los políticos y candidatos que los integran, los cuales siguen mostrándose inmaduros y soberbios. El mayor activo que tiene nuestro sistema democrático, y ayer volvió a reafirmarse, somos los ciudadanos, quienes a pesar de unas campañas nefastas, de candidatos ridículos y vulgares, y de partidos con un discurso anodino y que insisten en las viejas prácticas de presión y coacción a votantes, salimos masiva y pacíficamente a expresarnos en las urnas para mandar un mensaje de equilibrio y de mesura para los gobernantes y la clase política.

Porque al cierre de esta columna todos los partidos y candidatos se declaraban “ganadores” y ni uno solo reconocía posibles derrotas, en una muestra más de que, ya sean del partido gobernante o de la oposición, los políticos mexicanos siguen siendo el principal foco de tensión y de incertidumbre en nuestro sistema electoral por sus actitudes irresponsables y antidemocráticas, manchaban anoche una jornada comicial que —sin estar exenta de incidentes de violencia y aparición de grupos de choque que vandalizaban casillas o robaban urnas en algunos estados— representa un ejercicio impecable de participación ciudadana que podría incluso rebasar los promedios históricos.

El problema es que mientras la ciudadanía hizo su parte y mandó mensajes muy claros sobre el sentido de su participación y de su voto, las fuerzas políticas insisten en repetir viejos vicios y comportamientos que no están a la altura de lo que mandan los votantes. Más allá de cómo se repartan los cargos en disputa, anoche se perfilaba ya en los conteos oficiales que Morena y sus aliados tendrán una mayoría absoluta en la Cámara de Diputados, pero también se veía una oposición que crece en alianza y que conformará, con el Bloque Legislativo del PAN-PRI-PRD, un contrapeso importante al gobierno de López Obrador, mientras que MC y el PVEM se perfilan como los fieles de la balanza y se convierten en “bancadas visagra” que podrían fortalecer o al oficialismo o a la oposición, según para donde se mueva cada uno de esos partidos.

Con base en esos resultados se puede decir que no fue una mala noche para Morena ni para López Obrador y que, contrario a la actitud pendenciera y hasta desesperada que mostró el Presidente en los días previos, el resultado no le es del todo desfavorable porque conservaría una mayoría absoluta que le permitiría seguir aprobando el Presupuesto de Egresos federales en la Cámara de Diputados, con lo que garantiza los fondos para sus programas sociales y obras prioritarias, aunque sin la mayoría constitucional que pierde no podrá hacer más reformas a la Constitución o desaparecer a organismos autónomos.

Pero sería un craso error que, a partir de sus números y de su obsesión por declararse siempre ganadores y nunca reconocer derrotas, los partidos y el mismo gobierno, no supieran leer correctamente los mandatos de los ciudadanos. Porque si bien el Presidente y su partido pueden cantar una victoria a medias, hoy casi la mitad de los votantes del país le dijeron a López Obrador que no están de acuerdo con todas sus acciones y decisiones, mucho menos con sus actitudes que dividen y polarizan a los mexicanos y tampoco se sienten seguros del rumbo que está tomando el país con su “transformación”. Si el inquilino de Palacio no sabe entender eso y se queda en la soberbia, cometerá un error que le puede costar el gobierno en 2024.

El mensaje de fondo, detrás de la gran participación ciudadana que marcará a estos comicios, es el reclamo de un sistema político con más equilibrios y contrapesos, sin tanta concentración nociva del poder en un solo hombre; pero también hay en el voto ciudadano un llamado a la madurez y al atemperamiento de todos nuestros actores políticos. Ahondar en divisiones, polarización y enfrentamiento entre mexicanos por motivos políticos, es algo que claramente no quiere la mayoría de este país, que hoy no está, claramente, ni con Morena ni con los opositores.