¿Qué es la DEA?

Fue una idea del presidente Richard Nixon. A él fue a quien se le ocurrió crear la  Administración de Control de Drogas —Drug Enforcement Administration, DEA por sus siglas en inglés— y una agencia que depende del Departamento de Justicia de los Estados Unidos. Su actividad está consagrada a la lucha contra el contrabando y el consumo de drogas en los Estados Unidos, además de impedir todas las actividades de lavado de dinero y blanqueo de activos. En cierto sentido, comparte competencias con el FBI en el ámbito interno, sin embargo, es la única agencia responsable de coordinar y perseguir las investigaciones antidroga en el extranjero.

En realidad, la DEA es una organización que ha sido criticada en múltiples ocasiones y que no ha presentado resultados muy satisfactorios. Además, este organismo se ha hecho fama de extralimitarse, de abusar de la hospitalidad de los Estados con los que coopera, porque ellos al estar actuando fuera su territorio nacional, necesitan del cobijo y la amistad de los gobiernos anfitriones para que en coordinación logren cumplir la misión para la que fue creada. Al trabajar fuera de su territorio de jurisdicción, requieren de la amistad de los lugares en donde llevarán operaciones para tener una actividad exitosa.

Sin embargo, no han sido pocos los ejemplos en los que la DEA ha violado ese pacto de amistad. Sus operaciones no se acercan a las buenas prácticas y hay una colección de ejemplos que suscriben estos dichos. En 1990, el Dr. Humberto Álvarez Machain fue secuestrado —detenido, dicen ellos— en Guadalajara, Jal. sin haber notificado a las autoridades mexicanas. Lo capturaron, lo subieron a un avión, se lo llevaron a El Paso, Texas, lo arrestaron, lo pusieron a disposición de un juez. Lo acusaron de ser sospechoso de estar implicado en un caso de tortura y asesinato a un elemento de esa corporación: Enrique Camarena Salazar que era ciudadano estadounidense.

Más allá de si Álvarez Machain era o no culpable, el desaseo con el que se condujo la DEA fue un escándalo y una vergüenza para el gobierno de los Estados Unidos al que, dicho sea de paso, le importó muy poco haber violado tratados internacionales, ofendido a un vecino que tenía de invitados a sus efectivos. Ni se oyeron las protestas que hizo México ni les interesó haber roto un lazo de confianza ni haber hecho trizas la presunción de inocencia. Nada. Álvarez Machain resultó exonerado años más tarde. Lo liberaron muchos años después. No se ofrecieron disculpas ni se habló del tema. Fue un caso lamentable.

Más allá de si el Dr. Álvarez Machain andaba o no en malos pasos, la intervención de la DEA resulta estridente y fuera de lugar. México se quedó apabullado frente a este proceder tan sucio y descuidado. La noble corporación parece como esa mala vecina a la que le rompieron un vidrio en su casa y sin preguntar, va y se mete a casa ajena, saca el garrote, golpea a los niños en su propio hogar y se regresa a su domicilio tan campante. Es posible que los de aquí hayan roto algo de los de allá, pero ¿qué autoridad tiene nadie de entrar a la casa de alguien y tomar la justicia por su mano para poner orden en territorio ajeno? Lo correcto hubiera sido hablar con los padres de la criatura y acordar entre todos el castigo, si es que se comprobaba que ellos fueron los infractores.

México no ha tenido la exclusividad en este tipo de actos arbitrarios. En Colombia, Venezuela y en Honduras han sucedido atropellos similares. Nunca como este último golpe que le dieron a México en la persona del General Cienfuegos. Yo no se si el exsecretario de la Defensa rompió una o todas las ventanas de la casa de la vecina, no parece haber pruebas que apunten en esa dirección. Y, si bien, nadie puede exonerar a otro así de fácil, tampoco se le puede culpar con esa simpleza.  Y, si efectivamente, fue él quien despedazó algo de los vecinos, lo primero era avisar antes de ejecutar. Esa es la cortesía mínima entre dos estados soberanos que son amigos y socios comerciales. El daño está hecho.

La arbitrariedad de la DEA dejó a la 4T entre las cuerdas. Nuestro actual gobierno no quiere enojarse con el ejército y no quiere enemistarse con Donald Trump. Pero, se debe tomar postura. Me preguntó qué opinará el General John Kelly, exsecretario de Seguridad Interna de los Estados Unidos quien se reunió en varias ocasiones con el General Secretario Cienfuegos y lo recibió con honores en Washington, D.C.

Insisto, el daño está hecho y está encendiendo chispas a ambos lados de la frontera. Las consecuencias para López Obrador y para Trump se harán evidentes.  Me preguntó si el presidente Nixon se habrá dado cuenta de que, al crear una agencia como la DEA, estaba fundando una organización que empañaría el honor de los Estados Unidos y serviría para que muchos springbreakers pudieran seguir intoxicándose a gusto mientras señalaban a los corruptos que están luchando contra el narcotráfico. Si la DEA depende del Departamento de Justicia de los Estados Unidos, allá la justica no es ciega. Allá tampoco. Eso, eso es la DEA.