¿A dónde volvemos la mirada?

Se supone que en el contrato social que suscribimos las personas, ese al que se refería el Barón de Montesquieu, en el que se hace alusión al espíritu de las leyes, debe protegernos contra el despotismo y ser garante de una serie de contrapesos que nos llevara a vivir mejor. Con ese propósito, en las sociedades modernas renunciamos a ciertas libertades para vivir al amparo del Estado. Así, declinamos la posibilidad de hacer justicia por nuestra propia mano a favor de las autoridades que, según esta doctrina, debieran defendernos. El problema surge cuando aquellos que están ahí para protegernos sucumben a la tentación y no lo hacen.

La gama de las tentaciones que se le presentan a nuestros protectores es de alto rango: van desde la arrogancia hasta la corrupción. Lo terrible es que este arco de posibilidades pudre, ensucia y tergiversa el altísimo honor de servir a la patria para salvaguardar su honor. Evidentemente, nadie puede proteger lo que no conoce, lo que no valora o lo que no tiene como virtud. Ser garante de la patria es una encomienda alta y quienes se dedican a esta loable tarea debieran estar blindados para resistir todo tipo de embates corruptores. Debieran ser como súper héroes. Algunos lo son, no cabe duda, otros contemplan el lado oscuro y pocos —espero— se dejan seducir.

Las detenciones de Genaro García Luna y del General Salvador Cienfuegos nos deja un gusto amargo y nos pone en la cabeza el cuestionamiento de hasta qué punto las personas que forman parte de las instituciones que fueron creadas para mantener el orden y la justicia han sido abrazadas por un brazo corruptor. Algo anda mal cuando vemos semejantes tropiezos y descalabros, cuando las pedradas le dan a los altos mandos y los impactos salpican a las instituciones que encabezaron y de pasada a todos los mexicanos.

No es que se trate de personajes intocables a los que hay que estarles cuidando el prestigio si es que ellos no lo hicieron. Tampoco es el caso de exonerarlos y darles un velo de protección si no les corresponde. No, no es eso. En la ecuación, algo está mal. Independientemente de la presunción de inocencia que no se puede poner a un lado, más allá de que no tenemos evidencia que nos pueda llevar a concluir que García Luna o el General Cienfuegos sean culpables de lo que se les acusa. Aunque, el venerable ya dictó sentencia. Ni la gente ni las redes sociales ni muchos medios de comunicación que se dicen serios han tenido la paciencia de esperar el dictamen de un juez. Es una lástima, pero, en México hay grietas que no podemos soslayar. Los mexicanos que respiren con algo de tranquilidad pensando que eso sucedió con funcionarios de administraciones pasadas, deberán de sostener el aire porque así, el que no cae, resbala.

Si miramos con cuidado, este flujo de corrupción corre de carteles que siguen operando. En la actual administración ya hemos tenido pifias como la captura y liberación de Ovidio Guzmán y la entrevista del presidente López Obrador con la madre de Guzmán Loera. Lo que entristece es darnos cuenta en el estado de indefensión que nos encontramos la gente de bien. Da la impresión de que la mano que corrompe es más larga que la de la justicia. Es terrible sentir que no tenemos a quién voltear si sentimos que algo anda mal.

Por eso, nadie debiera de andar festejando semejante golpe. Si bien el General Cienfuegos es uno entre muchos mexicanos, el hombre coordinó los esfuerzos y el día a día de las actividades de la Secretaría de la Defensa Nacional. Más allá de cualquier tinte político, me temo que México como estado soberano debería de estar llamando al embajador Landeau para pedirle explicaciones sobre lo sucedido en el aeropuerto de Los Ángeles. Así como nos hemos ido enterando de los sucesos, da la impresión de que ni la presidencia ni la cancillería mexicanas sabían lo que se estaba cocinando y se dieron cuenta ya que los hechos estaban consumados.

Por supuesto, estas no son buenas noticias para la 4T que ha puesto tantas esperanzas en el Ejército. Estoy segura de que muchos uniformados no están contentos con lo que sucedió y con la poca o nula reacción oficial. Y da miedo pensar en que esa mano que ensucia y hace daño se mueva con tanta libertad, dejando a los mexicanos con una amargura profunda y una estupefacción que nos seca la boca.