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Cecilia Durán Mena

Las Ventanas

Terca realidad

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Terca realidad

Entender lo que está sucediendo es tan duro que preferimos apretar los dientes y cerrar los ojos. Pero, no debemos. México es como un paciente muy enfermo que está en la plancha de auscultación y está rodeado de muchos médicos expertos. Cada uno emite su opinión y da sus recomendaciones, pero ninguno hace nada. Juzgan, recomiendan pero nadie se mueve ni opera un camino de solución.

La revista ‘The Guardian’ nos dedica una portada terrible: 100 muertos por día. La violencia rampante crece sin control, las palabras nos rebasan, los números nos ubican en el nivel del problema que tenemos. Es grave, es triste y nos da miedo. ¿Qué nos pasó? México era un país en el que se podía vivir.

De repente, empezamos a escuchar que al hijo del primo del señor que no vino a la fiesta le habían robado su coche, o le habían arrebatado la cartera. Es decir, era extraño que nos enteráramos de un hecho delictivo. Hoy, todos conocemos a alguien que padeció un evento criminal si no es que nosotros mismos hemos sido las víctimas. De repente, vemos a los dueños de los negocios resguardados detrás de rejas, empresas que ofrecen servicios de blindaje de autos, personas que se interesan por gas pimienta o dispositivos que dan descargas eléctricas. La gente de bien tiembla asustada y trata de defenderse. Los delincuentes caminan libres.

México solía ser el país de los colores y de las flores, de la cal y el canto, de gente hospitalaria y trabajadora que sabía recibir con amabilidad. Los mexicanos éramos gente correcta que respetaba a sus viejos y a sus familias. Vivíamos con las puertas de la casa abierta y bastaba con echarle agua a los frijoles para compartir lo poco o lo mucho que tuviéramos en la mesa. Nezahualcóyotl escribió: “No acabarán mis flores, no cesarán mis cantos. Yo cantor los elevo, se reparten, se esparcen. Aun cuando las flores se marchitan y amarillecen, serán llevadas allá, al interior de la casa del ave de plumas de oro”.

Hoy, la terca realidad nos lleva a creer que sí se nos están acabando las flores y los cantos, y se nos está marchitando la vida. Nuestros hijos están viviendo una terca realidad que evidencia una vida tan diferente: no pueden salir a jugar, no se les respeta. La violencia del crimen ya no respeta a los pequeños. Un niño ya no puede salir a caminar por las calles con su abuelo sin temer que lo vayan a matar, no pueden ser llevados por su madre a la escuela sin creer que la llenarán de balas o una familia no puede salir a los caminos sin temer que los puedan acribillar.

El problema es tan grande que creemos que no encontraremos una solución. Pero, no podemos bajar la guardia. Sentimos que la violencia es tan inconmensurable que frente a nuestras posibilidades, somos pequeños y nuestros esfuerzos se diluirían. Pero, los cambios empiezan con nosotros mismos. Sólo en primera persona se logrará la transformación virtuosa que queremos. Pero, hace falta valor y decisión.

No se trata de disfrazarnos de héroes y luchar contra los malos. El cambio empieza dejando pasar la seducción del mal. En primera instancia, debemos de retomar el respeto y la amabilidad. Es necesario cuidar el lenguaje, dejar de estigmatizar, de polarizar, de dividir. El problema es de todos los mexicanos y si no nos unimos, será difícil.

No hay que caer en la tentación de ser viles, tenemos que recuperar la decencia. Hay que dejar de sacar raja política ante la coyuntura, de solapar sinvergüenzas, de reírnos de las ocurrencias de los que faltan al respeto, de aplaudirle a los que se quedan con lo que no es de ellos. El circuito cambia de dirección cuando somos nosotros los que apoyamos lo virtuoso y no lo vicioso.

La terca realidad nos lleva a querer cerrar los ojos y apretar los dientes, es natural. Pero, no es suficiente. Si nosotros hacemos las cosas bien y exigimos a nuestras autoridades que hagan lo mismo, nos encarrilamos a una mejor dirección.

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Cecilia Durán Mena

Beatriz

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Beatriz

Mucha gente me ha dicho que lo mejor de López Obrador es Beatriz Gutiérrez Mueller. La esposa del presidente es una mujer preparada: es escritora, investigadora y periodista. Ella dice que no funge el papel de Primera Dama ya que esta figura fue suprimida, sin embargo, lo es. El rol que le toca representar a las cónyuges es complicado y la mejor forma de llevarlo es una fórmula difícil de descifrar. Una postura muy activa, como la de Martha Sahagún es criticada, ni hablar de intervenciones como las que tuvo Angélica Rivera que nos trató como súbditos. En México hemos agradecido la postura discreta y las intervenciones puntuales y prudentes.

En estos últimos años de gobierno, la 4T se ha caracterizado por tener una figura central plenipotenciaria, un astro brillante, alrededor del cual giran sus colaboradores, esposa incluida. Sabemos que a López Obrador no le gusta que le resten protagonismo y ha de ser él quien en exclusiva se posicione en el centro del reflector. No han sido pocas las ocasiones en las que sus colaboradores se llevan el sofocón de la vida cuando el señor Presidente los contradice y se tienen que desdecir de lo que antes habían sostenido. Lo sabemos, esta característica no es nueva ya que Andrés Manuel, desde que era candidato nos dejó ver este rasgo.

Tanto es así, que este protagonismo lo lleva a querer gozar en exclusiva de ciertas reivindicaciones. A López Obrador le gusta ser la figura que se enreda en la bandera de la protesta, no le gusta que otros se la tomen prestada ni mucho menos la usen por su propia cuenta. Desde esta postura, es el propio Presidente quien dicta aquello que considera digno de ser protestado y aquello que no. Lo que no entiende entra en el extrarradio de lo que no merece ser tomado en cuenta. El tema de la mujer entra en esta clasificación.

Sino, basta ver la forma en la que se refiere a las mujeres que integran su círculo cercano. Al hablar de Claudia Scheimbaum hasta cambia el tono de voz, como si se refiriera a una niña pequeña que necesita de la fuerza lopezobradorista para salir adelante. Pareciera que el Presidente no entiende qué hacer con lo femenino ni la forma de tratar a la mujer moderna. Desde luego, su insensibilidad queda de manifiesto frente a los feminicidios. Pero, su esposa Beatriz sí entiende. Ella comprendió y quiso sumarse a la propuesta que el colectivo Brujas del Mar lanzó.

Es una iniciativa ingeniosa: veamos qué pasa un día en México sin mujeres. Se trata de una invitación sin tintes políticos que busca que la sociedad haga un alto en el camino y se haga consciente de la necesidad de parar esta escalada de violencia contra las mujeres. Nos están matando, sin distinción de edad y con una crueldad que nos lleva a la estupefacción. El hecho de que ciertos personajes se hayan unido, no descalifica la intención, ni tiene porque inclinarnos a la izquierda o a la derecha. Las mujeres que han asesinado son mexicanas y ya, todas nos duelen más allá de conservadurismos, de transformaciones o filiaciones.

Beatriz Gutiérrez Mueller lo entendió y se afilió a la protesta. ¿Cómo no ser empáticas con el dolor de tantas familias que han perdido a sus mujeres? Ella lo fue. Pero, no me quiero ni imaginar las proporciones del manotazo presidencial que la llevó a cambiar su postura en cuestión de horas. La convicción se resquebrajo y los pedazos de solidaridad salieron volando. La mujer del presidente perdió cara y tuvo que decir que siempre no, que mejor no y vámonos a otro lado con las ganas de apoyar, mejor calladita para que se vea bonita adornando a su marido. Porque, así lo determinó el señor Presidente.

Es claro que a Beatriz Gutiérrez Mueller le dieron un aplacón. Imagino el nudo en la garganta que debe traer, las lágrimas que se tuvo que tragar, la frustración que debe sentir. Recoger las palabras no es fácil y menos lo es cuando reflejan convicciones. Y, si Beatriz Gutiérrez Mueller es lo mejor que tiene López Obrador y la mandan callar, es verdad, la figura de la primera dama está suprimida. Las demás, somos lo de menos.

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Cecilia Durán Mena

Empatía y respaldo

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Empatía y respaldo

Dicen los historiadores que la imagen que tenemos de María Antonieta comiendo pasteles mientras Francia se revolvía en la miseria y desesperación es falsa, dicen que ella no era así de frívola. Eso dicen. Sin embargo, la indolencia que viene desde los palacios en los que se toman las grandes decisiones que afectan las vidas de tanta gente, sigue siendo una práctica vigente. No aprendemos las lecciones. Desde la comodidad de un salón palaciego, se olvida la tristeza y la lucha de quienes no están en su radio de visión. Sólo así se entiende que Claudia Sheinbaum, jefa de Gobierno de la Ciudad de México e integrante destacada de la 4T, le responda a un reportero a pregunta expresa sobre el feminicidio de Ingrid Escamilla y en plena efervescencia sobre lo sucedido con Fátima: “Ahorita no, joven”. Menos se entiende que el presidente de la República se lave las manos como Poncio Pilatos y derrame la sangre de tantas mujeres sobre la pila del neoliberalismo.

Agachándonos, disimulando, mirando al cielo, invocando monstruos no vamos a resolver este problema tan terrible. Se entiende –¿cómo no entender?- que ante el horror, hay quien tenga la tentación de cerrar los ojos y dejar de ver. Pero, una herida que supura no se puede dejar así, es preciso meterle mano, tallarla, arrancar el tejido que ya se pudrió, lavarla, curarla y acompañarla hasta que sane. Si la imagen de María Antonieta en Versalles nos parece terrible, imaginen la de nuestras autoridades comiendo tamales y organizando rifas, mientras matan mujeres. La cifra nos revuelve el alma, un promedio de 10 diarias con edades que oscilan de los 12 a los 30, lo que no quiere decir que no se incluyan ancianas y niñas. Fátima tenía siete.

Postergar el problema –ahorita no- o echarle la culpa al monstruo favorito del presidente ni resuelve el problema ni muestra empatía ni nos da el respaldo que merecemos las mujeres. Las manifestantes han puesto bajo el reflector que las inequidades de género no se tratan sólo de la falta de igualdad de oportunidades en el lugar de trabajo ni de si nos gusta que nos abran la puerta o nos recorran la silla. Se trata de un tema de violencia que está cobrando vidas, es un asunto de acoso sexual, de dinámicas de poder asociadas con la discriminación de género, actitudes individualistas que abonan a una cultura que va acabando con la base de nuestra sociedad.

Seamos claros, el problema es viejo y es responsabilidad de aquellos que recibieron los votos de los mexicanos para estar al mando, resolverlo. Ni modo. Está claro que la complejidad del problema merece gente con miras altas y con corazones grandes. Hay que estar cerca de las víctimas para acompañar y consolar. También, requiere estar involucrado y actuando para resolver. Llegó el momento de promover una cultura en la que desenterremos las raíces del problema, así tengamos que cavar profundo.

Hoy, más que nunca, las actitudes machistas deben ser reprobadas. Tenemos que ser exigentes y estrictos, no podemos tolerar que este problema siga creciendo. Todo comienza con las microagresiones, con esas pequeñas manifestaciones en las que se quiere poner la bota en un semejante, por la simple y sencilla razón de diferencia de género. Sí, es preciso detener esto desde la infancia que es donde brotan estas expresiones mortales. Ciertamente, la inequidad de género está interconectada con otro tipo de abusos que son caldo de cultivo para crímenes que luego, no queremos ni voltear a ver dado el grado de horror que nos causan.

Hoy, los asesinatos de Ingrid y de Fátima son una bandera que todos deberíamos enarbolar. La solución empieza con uno mismo. Tenemos que hacer una revisión consciente sobre nuestras prácticas cotidianas y reaccionar si descubrimos que perpetramos acciones que refuerzan la inequidad de géneros. Ese es el mejor principio. Con esa certeza y con la cara limpia, el siguiente paso es exigir de los demás la misma conducta: de nuestra comunidad, nuestro entorno, nuestras autoridades a todo nivel. La Ciudad de México no está tan lejos de Guanajuato y este estado ocupa el tercer lugar en alerta de género. ¿Qué estamos haciendo mal?

Por fortuna, podemos revertir la tendencia. Y, como dice Bill W., lo primero es admitir que con este vicio social, nuestras vidas se han vuelto ingobernables. Sin procrastinar, sin  echarle la culpa a monstruos inmateriales. Más bien, con empatía y respaldo.

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Cecilia Durán Mena

Aquellos otros mexicanos

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Aquellos otros mexicanos

“Está visto que este mundo lo tenemos que arreglar los que no ocultamos la podredumbre.”

‘Balas de Plata’, Elmer Mendoza

Sentada frente a la Piedra del Sol, imagino si los mexicas tuvieron o no razón en creer que el mundo es un espacio cíclico. Al ver las inscripciones alusivas a la cosmogonía mexica y los cultos solares, al esculpir la cuenta de los días, las eras y aspectos calendarios, creo que la sabiduría de nuestros antepasados bien nos puede servir para interpretar el pasado y algo del porvenir. Nos ayuda a reflexionar lo que hemos hecho con nuestra tierra y con la herencia que nos dejaron.

La Sala Mexica del Museo Nacional de Antropología está llena. Son tantas las caras de asombro frente a la majestuosidad de la piedra que no pierdo la oportunidad de llenarme los pulmones de aire y sonreír, como diciendo: esto es México. Pero, no todos nos ven así. La imagen de lo que es esta gloriosa Nación ha cambiado. Los cambios han sido cíclicos. Desde la sorpresa que se llevaron los aventureros que se hicieron a la mar, hasta los beneficios que se manejaron en la Conquista y las riquezas que se forjaron en el Virreinato, las formas de ver a México han ido de la sorpresa al encantamiento.

De hecho, en la época de la Independencia de México, con el retiro de la corona española, se abrió una oportunidad para que el mundo viniera a explorar las riquezas disponibles en este magnífico cuerno de abundancia. Con este espíritu, los mexicanos hemos dado la bienvenida a tantos que se han interesado en explorar nuestra fortuna patrimonial. Entre guerras, emperadores invitados, pérdidas de territorio, dictadores que se quedaron más tiempo del necesario, otros que se quedaron mucho más de lo necesario, pero que legaron infraestructura, periodos de crecimiento estabilizador, de ‘tolerancia hasta niveles criticables’, de crisis económicas, de transiciones y transformaciones, cada generación ha dejado una huella.

Mientras veo una fila muy larga de personas que quieren contemplar la Piedra del Sol, también me queda un regusto amargo, algo de vergüenza frente a mis antepasados. En la última novela de Javier Cercas, por la que ganó el Premio Planeta, pinta a México así: “Yo lo animé a matar a su suegro…, apenas tendría que mover un dedo, porque lo importante lo haría yo. Le conseguiría dos especialistas que hicieran bien su trabajo y que no dejasen rastro. En mi país (México), tenemos unos cuantos” (p. 351) No me gusta que los mexicanos seamos vistos así, pero así nos ven.

La arqueología ha jugado un papel decisivo en la configuración de nuestra memoria histórica, en primera instancia y este binomio ha permitido construir un entramado que nos permite sentir orgullo de nuestros orígenes y dar cuenta de nuestra riqueza. Este caudal de belleza y sabiduría que nos permiten atestiguar la sofisticación del conocimiento de las culturas que nos antecedieron y que nos permite contemplar nuestro pasado y de alguna forma, encontrarnos y reconocernos en esa antigüedad majestuosa.

Y, es que mirando la piedra del sol, así como se me pone la piel chinita de orgullo, también se me eriza al darme cuenta de que Javier Cercas refleja una realidad que no me gusta, que quisiera tapar con un dedo, cubrir con una manta o cerrar los ojos y pronunciar las palabras de un conjuro para que no existiera. Sin embargo, es cierta. Las dos realidades son ciertas: la de aquellos mexicanos que nos dejaron como herencia piezas que nos ayudan a entender nuestra identidad y la de estos que son producto de la destrucción del tejido social.

Por suerte, aquellos otros mexicanos nos dejaron estos monolitos aztecas que nos sirven como insignia, que se convierten en motivo de celebración y admiración ya que nos permiten aquilatar el valor de la mexicanidad en el concierto de las naciones. Para nuestra fortuna, hoy, al contemplar esas piedras, siento que aquellos otros mexicanos vienen a nuestro rescate: podemos sentir que hay un hilo conductor que nos une, porque esa es una herencia que nos legaron a todos, sin distinción, sin división.

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