Las Ventanas

Terca realidad

Entender lo que está sucediendo es tan duro que preferimos apretar los dientes y cerrar los ojos. Pero, no debemos. México es como un paciente muy enfermo que está en la plancha de auscultación y está rodeado de muchos médicos expertos. Cada uno emite su opinión y da sus recomendaciones, pero ninguno hace nada. Juzgan, recomiendan pero nadie se mueve ni opera un camino de solución.

La revista ‘The Guardian’ nos dedica una portada terrible: 100 muertos por día. La violencia rampante crece sin control, las palabras nos rebasan, los números nos ubican en el nivel del problema que tenemos. Es grave, es triste y nos da miedo. ¿Qué nos pasó? México era un país en el que se podía vivir.

De repente, empezamos a escuchar que al hijo del primo del señor que no vino a la fiesta le habían robado su coche, o le habían arrebatado la cartera. Es decir, era extraño que nos enteráramos de un hecho delictivo. Hoy, todos conocemos a alguien que padeció un evento criminal si no es que nosotros mismos hemos sido las víctimas. De repente, vemos a los dueños de los negocios resguardados detrás de rejas, empresas que ofrecen servicios de blindaje de autos, personas que se interesan por gas pimienta o dispositivos que dan descargas eléctricas. La gente de bien tiembla asustada y trata de defenderse. Los delincuentes caminan libres.

México solía ser el país de los colores y de las flores, de la cal y el canto, de gente hospitalaria y trabajadora que sabía recibir con amabilidad. Los mexicanos éramos gente correcta que respetaba a sus viejos y a sus familias. Vivíamos con las puertas de la casa abierta y bastaba con echarle agua a los frijoles para compartir lo poco o lo mucho que tuviéramos en la mesa. Nezahualcóyotl escribió: “No acabarán mis flores, no cesarán mis cantos. Yo cantor los elevo, se reparten, se esparcen. Aun cuando las flores se marchitan y amarillecen, serán llevadas allá, al interior de la casa del ave de plumas de oro”.

Hoy, la terca realidad nos lleva a creer que sí se nos están acabando las flores y los cantos, y se nos está marchitando la vida. Nuestros hijos están viviendo una terca realidad que evidencia una vida tan diferente: no pueden salir a jugar, no se les respeta. La violencia del crimen ya no respeta a los pequeños. Un niño ya no puede salir a caminar por las calles con su abuelo sin temer que lo vayan a matar, no pueden ser llevados por su madre a la escuela sin creer que la llenarán de balas o una familia no puede salir a los caminos sin temer que los puedan acribillar.

El problema es tan grande que creemos que no encontraremos una solución. Pero, no podemos bajar la guardia. Sentimos que la violencia es tan inconmensurable que frente a nuestras posibilidades, somos pequeños y nuestros esfuerzos se diluirían. Pero, los cambios empiezan con nosotros mismos. Sólo en primera persona se logrará la transformación virtuosa que queremos. Pero, hace falta valor y decisión.

No se trata de disfrazarnos de héroes y luchar contra los malos. El cambio empieza dejando pasar la seducción del mal. En primera instancia, debemos de retomar el respeto y la amabilidad. Es necesario cuidar el lenguaje, dejar de estigmatizar, de polarizar, de dividir. El problema es de todos los mexicanos y si no nos unimos, será difícil.

No hay que caer en la tentación de ser viles, tenemos que recuperar la decencia. Hay que dejar de sacar raja política ante la coyuntura, de solapar sinvergüenzas, de reírnos de las ocurrencias de los que faltan al respeto, de aplaudirle a los que se quedan con lo que no es de ellos. El circuito cambia de dirección cuando somos nosotros los que apoyamos lo virtuoso y no lo vicioso.

La terca realidad nos lleva a querer cerrar los ojos y apretar los dientes, es natural. Pero, no es suficiente. Si nosotros hacemos las cosas bien y exigimos a nuestras autoridades que hagan lo mismo, nos encarrilamos a una mejor dirección.

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