Las ventanas

Perrhijos, gathijos y Aristóteles

Existe una tendencia que nos quiere convencer que existe un nuevo modelo de familia, esa en la que un animal toma el lugar central del núcleo familiar y se convierte en algo así como el sustituto de un hijo. Tanto es el agrado de popularidad de este estilo, que se han acuñado vocablos para denominar a estos elementos en los que una pareja, una persona en lo individual vive y convive con un perro, un gato, un hurón y le da trato similar al que le daría un padre o una madre, o eso nos dicen. Entonces, nos encontramos con situaciones sumamente extrañas que buscan convertirse en algo cotidiano.

Hay historias que nos llevan a elevar las cejas. Valeria es la asistente de uno de mis amigos. Es una chica simpática, muy sonriente, dispuesta a ayudar a todo el mundo y con gran corazón. Tiene algunos kilitos de más y no tiene mucha suerte en temas del amor. Desde que adoptó a un cachorro mestizo la veo nerviosa. La mayoría de sus gastos los acapara el perrito. Cada semana le compra algo: un collar, una correa, una camita, sábanas especiales para perro, carriola, pañales entrenadores y está ahorrando para mandar al pequeño a la guardería para que el animalito juegue, se entretenga y conviva con otros animales mientras ella está trabajando. Está convencida de que es importante que el perrito socialice.

Cuando Valeria va a visitar a sus padres al pueblo, se lleva al perro a quien ya le compró un asiento especial para que vaya seguro y cómodo en el coche durante el trayecto. Los padres ven al perrito como su nieto y lo reciben con croquetas a base de carne de canguro, especial para la dieta que lleva que evita que suba de peso y padezca obesidad, con galletas de arroz y premios. También, recibe ropa y accesorios que todos están felices de comprar: lo que sea para que el canecito sea feliz. Recientemente, los señores salieron del pueblo para asistir a la fiesta de seis meses del perro. Era necesario festejar que el pequeñín cumplía medio año de estar en la familia. En el evento hubo pastel especial para el perrhijo de Valeria y sus invitados. Había gorritos, helados caninos, platitos con agua y bocadillos y bebidas para los demás padres de perrhijos y gathijos que fueron invitados a la fiesta. Me entero que la reunión estuvo a cargo de una compañía que se dedica a organizar eventos para mascotas, algo así como ‘wedding planners’ pero para animalitos.

Según el INEGI, existen más de dieciocho millones de perros y de ellos sólo alrededor de cinco y medio millones tienen hogar. Muchos de los animales que se compran para ser mascotas son abandonados y enviados a situación de calle. El contraste es terrible: calle y comida de basureros o carriola y latas gourmet con calorías contadas.

Si Aristóteles pudiera venir a darnos su opinión nos diría que con esta situación estamos violentando el logos — λóγος —, es decir, la esencia del animal. Hacemos lo mismo que cuando queremos aflojar un tornillo con una navaja o con una cuchara. Seguramente, con algo de esfuerzo lograremos nuestro cometido, pero despostillaremos la navaja, achataremos la cuchara o, peor, nos lastimaremos. El ser de Aristóteles, entendido como logos, es la inteligencia que dirige, ordena y da armonía al devenir de los cambios que se producen en la existencia misma. Se trata de una inteligencia sustancial, presente en todas las cosas. Cuando un ente pierde el sentido de su existencia pierde el Logos. Esa es la peor condena del ser.

Cuidado, cuando le colgamos un cascabel a un gato, cuando el ponemos moños a un perro, cuando vestimos a un hurón, cuando paseamos a una mascota en un carrito, lo estamos apartando de su logos. Un perro quiere ir olfateando, un gato sufre si se le encierra. Le quitan a los animales su logos quienes los quieren convertir en juguetes. Quienes le compran una mascota a un niño y, cuando se dan cuenta de que el perro, el gato, el hámster, el canario no es un juguete sino un ser vivo que tiene necesidades, que hace ruidos y que su interacción puede resultar desagradable y luego los abandonan, los lanzan a la calle y los dejan a su suerte, no tuvieron en cuenta el logos del animal. Sin embargo, también lo hacen quienes le quieren dar a un animal una condición que no tiene ni podrá tener. Un animal tiene un ciclo vital diferente al de un ser humano y debe ser respetado.

No sorprende que los datos del Consejo Nacional de Población señalen que desde el año 2000 muchos jóvenes hayan preferido adoptar animales que tener hijos. Según el INEGI y Euromonitor Internacional desde el año 2000 el número de nacimientos en el país ha ido disminuyendo. Con ello, si adaptamos el pensamiento aristotélico sobre la esencia del ser cabría preguntarnos si al auspiciar estas conductas ¿también nos estamos alejando de nuestro propio logos?