No mentirás

El libro del Deuteronomio nos narra un pasaje en el que los cielos tronaban y el estruendo de los cielos resonaba retumbando contra las montañas. El pueblo judío temblaba de miedo y en medio de esa situación, le pidieron a Moisés que hablara por ellos. Moisés tomó la iniciativa, se alejó para ir en busca de Dios y volvió con las tablas que contenían nos mandamientos de la ley de Dios. Le exégesis nos permite interpretar que fue el pueblo el que pidió las instrucciones de comportamiento para poderse relacionar en forma correcta, no fue una imposición de lo alto. Una de las reglas contenida en esas tablas es clara y total: no mentirás.

El mandamiento no tiene recovecos, no nos dice que hay posibilidades de torcer la verdad a nuestra conveniencia, no de darle la vuelta o darle cierto cariz. La verdad es una y no se puede moldear a nuestro antojo. Lo que es, es y ya está. Lo que no, por el contrario, no es por más que lo queramos retorcer. Ya desde antiguo nos enseñaron lo básico de esta regla. Sin embargo, pareciera que de repente nos falla la memoria y hemos admitido que nos cuenten cuentos que se quieren aceptar como verdades. Al final, la verdad sale a flote. Desde el principio, nosotros sabemos cuando nos están cuenteando, hay algo dentro de nosotros que nos hace sospechar cuando nos están diciendo mentiras.

El peligro de estos tiempos es que el desprecio por la verdad se está convirtiendo en un proceder tóxico que tiene efectos negativos de amplio espectro. Los políticos han hecho de la verdad un elemento maleable y que creen que pueden manipular a su antojo. Pero, tarde o temprano, estas prácticas tienen los efectos de los que escupen al cielo. El ejemplo que está en la palestra es el del presidente estadounidense. Si Donald Trump es derrotado en las elecciones de noviembre, gran parte del daño que ha hecho al sistema político y a las alianzas internacionales de Estados Unidos podrá revertirse.

Hay una oportunidad en el futuro próximo. El candidato demócrata, Joe Biden, podrá restaurar las normas anteriores de comportamiento presidencial y reactivar los nexos con amigos tradicionales de Estados Unidos que hoy miran a Washington con recelo y poca confianza. Sin embargo, una parte del legado tóxico de Trump probablemente persista: la degradación de la verdad como divisa común en la vida pública. El costo de la perversidad con la que los políticos tratan la verdad es alto

Para sostener las mentiras, dividen. En el escenario estadounidense, las democracias no pueden moverse si las diferencias ideológicas son agravadas por la propagación de teorías de conspiración e informaciones falsificadas. Los hechos comprobados son la base para la formulación de políticas y la conciliación legislativa. Desgraciadamente, Trump ha precipitado lo que ya era una tendencia de muchos políticos. Si algo no les conviene, muestran rechazo a la ciencia y al periodismo de investigación. Sus mentiras perpetuas —desde inflar el número de personas presentes en su investidura hasta el curso de la pandemia del coronavirus— han llevado a que muchos de sus seguidores tengan creencias que son demostrablemente falsas y que, en algunos casos, son el producto de campañas de desinformación generadas por poderes hostiles. Eso es un foco rojo que no sólo se enciende en Washington.

Trump ha abierto una campaña implacable para desacreditar a quienes buscan difundir la verdad o desmentir historias falsas. Patea instituciones de credibilidad alta y vocifera los medios de comunicación que le son adversos. Lo que le conviene es cierto y lo que le afecta es mentira. Sus adversarios son embusteros y los que no le dicen a todo que sí falsean la información, cuando claramente es al contrario.

Y, eso lo tiene metido en un galimatías difícil de resolver. La credibilidad debiera ser una piedra fundacional de los líderes del mundo, no la traición a la verdad. No debiéramos dejar que nuestros gobernantes nos mientan. Debiéramos exigirles la verdad: no mentirás, habría de ser la regla.