Las ventanas

¿Será cierto?

Los católicos enfrentamos una pregunta dolorosa: ¿será cierto? Desde que la noticia se dio a conocer la mente me juega malas pasadas. Por un lado me digo que es imposible y por el otro lado no se puede dejar de escuchar esa vocecita que va plantando dudas. ¿Será posible que el Papa Francisco supiera de todo este cochinero y lo hubiera desestimado? Claro que no, es la respuesta que tengo a flor de piel. Por supuesto que él no. No me parecen compatibles la cara bondadosa del Papa que llegó del fin del mundo y las porquerías que le achacan, porque tanto peca el que mata a la vaca como el que le jala la pata. Francisco no sería capaz de consentir algo así. Mucho menos sería capaz de servir de tapadera.

Pero, el fin de semana pasado, la evidencia me metió una duda terrible. El arzobispo Carlo Maria Viganò, quien ocupó el cargo de diplomático superior del Vaticano en Estados Unidos durante cinco años, publicó un documento de 11 páginas que alegaba que Francisco levantó las sanciones que el papa Benedicto XVI impuso al cardenal Theodore McCarrick por presuntos abusos sexuales. La acusación de Viganó culpa de la crisis a varios miembros liberales de la Iglesia Católica, y deliberadamente apunta al mismo Francisco, pidiendo al Papa que renuncie junto con todos los cardenales y obispos que supuestamente cubrieron a McCarrick.

La primera sospecha es que Viganó es un conservador que pertenece al ala más recalcitrante del catolicismo y que no acepta las reformas que Francisco ha querido llevar a cabo por lo que le está propinando golpes a media cara. Y, hasta los más ingenuos nos damos cuenta que, de ser así, este es un golpe político en una institución tan jerarquizante como la Iglesia Católica. Sin embargo, esto no nos trae ningún tipo de alivio, sea político o sea que el reclamo venga con una intención correcta, la pregunta persiste: ¿será cierto?

El reclamo de Viganó es perfectamente verificable. Podemos verificar si se levantaron las sanciones que Benedicto XVI le impuso a McCarrick y quien fue la persona que tomó esa decisión. En esta condición, los católicos merecemos transparencia y ¿qué obtenemos? Silencio. Mantener los labios sellados puede ser un signo de prudencia, una forma de no seguir atizando un fuego chismoso que nada más engendra escandalo y dolor. El Papa Francisco pidió a los periodistas utilizar inteligencia y herramientas para descubrir la verdad.

El grandísimo problema que han enfrentado todos los que han tratado de meter la nariz en este tipo de asuntos tan espinosos es que la gente se pone muy nerviosa. Se ponen con los pelos de punta quienes son cuestionados, se asustan quienes escuchan las preguntas, el entorno abre los ojos y aprieta las mandíbulas. Luego, llegan las recomendaciones de dejar el tema en paz, llegan las quejas y las instrucciones para renunciar a preguntar. Nadie quiere enfrentarse a un prelado ni quiere inquietar a su grey amada. ¿Y las víctimas? ¿Quién está pensando en todas las víctimas que sufrieron abusos?

Ser católica practicante me permite ver a la iglesia en toda su belleza, en esa que históricamente se ha denominado a sí misma como una madre. El Papa Francisco ha sido especialmente proclive a enfatizar esta faceta de su identidad. Una madre es protectora y busca el bien de sus hijos. Una madre no abandona a sus hijos lastimados. Una madre le pone un manazo al abusivo que se pasó de listo con el más débil.

Ahí, en medio de toda esa bruma está escondida la verdad. Muchos tenemos dudas sobre lo que sucedió. Queremos saber. Hay quienes sí conocen la verdad. ¿No sería tiempo de que la dijeran? Así, con transparencia, nos quitarían esta duda dolorosa. La verdad nos hará libres, palabra de Dios. Así podríamos reconstruir la Iglesia, tal como Cristo le pidió a Francisco.