Las ventanas

Un salto al vacío

Los líderes carismáticos que triunfan alborotando el resentimiento están de moda. Se erigen como una especie de profetas que van dando voces y prometiendo un mundo mejor en el que la prosperidad, la seguridad y la igualdad triunfarán bajo su tutela. Se inflaman las esperanzas, todo parece tan perfecto cuando se les ve predicar, incluso se atreven a despostillar instituciones y se les tolera cualquier cosa pues son iluminados.

El peligro de inflamar tantas esperanzas es que al cruzar la barrera, cuando estos liderazgos llegan al ruedo se dan cuenta que los toros son diferentes a como se ven desde la otra perspectiva. Dicen que el prometer no empobrece. Pero el amor inflamado parece estar hecho con fidelidades de acero. Donald Trump ha dicho, y tiene razón, que si lo descubrieran con las manos en la masa cometiendo un asesinato a plena luz del día en la Quinta Avenida, sus leales lo seguirían amando. Algo similar parece suceder con López Obrador.

Por eso, Donald Trump puede despotricar contra valores fundacionales de su nación, puede hacer comentarios racistas, atentar contra la libertad de expresión, volcarse en contra de la migración, maltratar mujeres, ser evidenciado por su gente cercana y salir a dar declaraciones triunfales sin que se despeine. Por su parte, López Obrador habla de destruir las reformas que el presidente en funciones llevó a cabo, busca echar abajo el proyecto del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, propone un tren maya aunque con ello se lleve el presupuesto destinado al Turismo y su gente lo sigue vitoreando por todo lo alto.

Estos neoflautistas de Hamelín saben dar las notas que encantan a la gente, pero los espejismos tienden a esfumarse. Hay leyes que no se pueden violentar y resultados que no se pueden contravenir. La tecnocracia mexicana ha tenido sus éxitos. La ortodoxia económica con la que se han manejado las variables ha traído años de estabilidad. Los años de derrumbe y destrucción total son parte de una Historia que quisiéramos olvidar y que esperamos que no se repitan. Pero, la memoria es frágil y jugar con el resentimiento no es muy complicado. Además, los frutos se cosechan rápido. No obstante, no sé si serán de largo aliento.

Los mexicanos tomamos una decisión en las urnas, decidimos darle una oportunidad a aquel que nos prometió llevarnos a la tierra que mana leche y miel. Su antecesor se lo puso fácil con una popularidad por los suelos y con una incapacidad para hacer brillar lo que sí se hizo bien. Se dilapidaron los capitales históricos y naufragaron los resultados por escándalos de corrupción en torno a casas blancas, prestamos difíciles de explicar, asociaciones sospechosas, gobernadores rateros y una arrogancia sin límites al explicar los resbalones del sexenio.

Nos aventaron a un despeñadero que tal vez no fuera tan profundo. En el afán de no seguir cayendo, preferimos saltar al vacío de esas promesas de igualdad y prosperidad que me remiten a los libros de texto que se usaban en las clases de economía en los años setenta. De repente, pareciera que nos subimos a una máquina del tiempo y las manecillas retrocedieron en vez de avanzar. El discurso, los tonos, los conceptos me hacen sentir que de un momento al otro veré por los pasillos del Palacio Nacional caminar a López Portillo platicando con Echeverría Álvarez. ¿No estamos viendo a Verónica Castro en las pantallas y andamos tarareando los éxitos de Luis Miguel?

Se nos está olvidando que la principal fuente de descontento de los mexicanos fue la desigualdad, la falta de seguridad, el crimen y la corrupción. Estos temas no se abordan desde la buena voluntad y discursos a los que les sale polvo. Tampoco se van a resolver con ocurrencias ni con consultas populares.

Necesitamos planes, proyectos, estrategias, metas y resultados. Ahí está el riesgo. Se prometió mucho, se inflamaron las esperanzas y se agitaron los resentimientos. ¿Qué va a pasar si no logran cumplir, si no pueden estar a la altura de las expectativas que elevaron? Entonces, cuando los espejismos se despejen, sabremos de qué se trata saltar al vacío.