Las ventanas

Por andar preguntando

Con el tema del Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, el presidente electo ya me está empezando a dar ternura. Se me figura que es como esas muchachitas adolescentes que saben que están enamoradas de un impresentable y que le andan preguntando a todo el mundo su opinión, para ver si alguien les dice lo que quieren escuchar. Y, claro, un patán es un patán; un mal proyecto es un mal proyecto y una ocurrencia no es una buena idea así venga del mismísimo y popularísimo AMLO.

Lo cierto es que con el tema aeroportuario le están saliendo chipotes por todos lados. A veces, parece de esos cirqueros a los que le crecen los enanos y ya no sabe a quién recurrir. Le preguntó a los ingenieros civiles, a los expertos en aeronáutica, a los empresarios, bueno, ya hasta el Instituto Mexicano de Contadores Públicos opinó. Todos coinciden, la operación simultánea del actual aeropuerto y el de la base militar no es viable. Benito Juárez y Santa Lucía no podrán convivir en forma armónica: la operación de uno, se traslapa con la de otro.

No hay duda, la perseverancia extrema tiene tintes de necedad. ¿Qué está fallando? El ingeniero Jiménez Espriú no es ningún novato. Es un académico con amplia trayectoria y un ingeniero que ya lleva varias horas de experiencia profesional. ¿Entonces? Verdaderamente, no se entiende que una persona con tan buenas credenciales esté neceando sobre un tema que a todas luces no los va a conducir a la respuesta que están buscando.

Aquí no se sabe bien a bien qué fue primero si el huevo —la ocurrencia del aeropuerto en la base militar de Santa Lucía— o la gallina —la necesidad que tienen los próximos operadores del gobierno federal de salirse con la suya. Y, para variar, los mexicanos nos quedamos en medio pagando las cuentas y los berrinches de los políticos. Me da mucha pena que la cuarta transformación venga entintada con tanta ocurrencia y necedades, que haya nacido tan falta de objetividad y esté rodeada de tantas focas que aplauden a que sí y a que no, según su líder se los pida.

Me resulta realmente, inexplicable en primera instancia, y ciertamente lamentable, que el futuro secretario de Comunicaciones y Transportes, Javier Jiménez Espriú, haya desestimado primero, y tomado a la ligera después, la opinión técnica del Colegio de Ingenieros Civiles sobre el Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México. Ya nos sabemos de memoria que el señor piensa que la mejor opción para una nueva terminal aérea es la que sugirió su amigo y asesor del presidente electo Andrés Manuel López Obrador, José María Riobóo, 10 meses después de no ganar la licitación para construir las pistas del nuevo aeropuerto. No sé lo que piensan los demás, pero tanta perseverancia me resulta sospechosa.

Sin embargo, como dice el dicho, no se puede tapar el sol con un dedo. Evidentemente, el tema del nuevo aeropuerto hace mucho tiempo que dejó de ser un tema de carácter técnico y es un asunto político. La discusión ha sido política desde la campaña presidencial, cuando Andrés Manuel la calificó como ‘faraónica’. ¿A qué se referiría? Es cierto, el presidente electo ha ido armonizando su discurso, ha suavizado las formas y ha empezado a buscar alternativas. Encontró en la fórmula de la consulta pública una salida al entuerto retórico en el que se metieron. Yo me pregunto si el pueblo es capaz de dar una respuesta técnica sobre el tema.

La discusión sobre proyecto del NAICM, debe alejarse de la disyuntiva de si se construye en uno u otro lado. Por el avance que se refleja en la obra en Texcoco y los costos que tendría su cancelación, no sólo económicos, sino los financieros y de prestigio, al perder calificación de deuda, se debe dejar por la paz la opción de Santa Lucía y enfocarse en lo que se debe hacer para mejorar la obra actual. Ya se lo dijo todo el mundo al futuro secretario y al siguiente presidente. Ellos insisten.

Me temo que como si fueran adolescentes enamoradas de un impresentable, Jiménez Espriú y López Obrador van buscando planteamientos sin información correcta, la que les presenta Riobóo  con la esperanza de que el sapo convierta en un príncipe azul y, la verdad, no se ve cómo. Me temo que por andar preguntando, se van a quedar con un palmo de narices.