Las Ventanas

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Salvator Mundi, el último Leonardo

“Amo a aquellos capaces de sonreír en mitad de los problemas”.
Leonardo Da Vinci

Es mucho lo que la Humanidad le debe al gran Leonardo da Vinci. Desde la servilleta personal hasta los diseños de artilugios voladores, desde el pimentero hasta el destapacorchos, desde la Gioconda, —a la que ya casi todos conocemos como Mona Lisa— hasta la enigmática sonrisa que nos insinúa que guarda un secreto, desde las leyendas del Código Romanoff y el cuento del restaurante de los Tres Caracoles en Florencia hasta las ideas que germinaron en artefactos que hoy nos hacen la vida más sencilla. Podemos emplear tantos y mejores ejemplos para elogiar al gran maestro. Pues, hoy Leonardo nos vuelve a sorprender.

En este mundo, al que parece que ya nada le asombra, el último Leonardo que salió a subasta alcanzó un precio de trecientos ochenta y dos millones de euros. La cifra es tan desproporcionadamente alta que se pierde en los entresijos de números y ceros. Pero, para entender de lo que estamos hablando, no hay nada como los parámetros. Según Jorge Marirrodriga, esa alcanza para comprar toda la flota de aviones de Alitalia y sobrarían ciento treinta millones de euros; es equivalente a la cantidad que Ruanda obtuvo como ingresos turísticos en todo 2016; es más del diez% del presupuesto que se asignó a la Secretaría de Salud el año pasado, es lo que Serbia va a invertir en parte del servicio de transporte paneuropeo. En fin, es muchísimo dinero.

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Vista con ojos simplistas, se trata de una pintura hecha sobre un pedazo de madera. En la tabla aparece un Cristo que bendice con una mano y sostiene al mundo con la otra. Desde luego, no son los materiales lo que le dan valor: es la firma. Es el personaje que encarna a este genio de Florencia que sigue causando un furor casi desproporcionado. Aunque, también la propia pintura tiene su historia. La obra fue propiedad de la reina de Francia y cedido a alguna amante de otro rey en Inglaterra. Fue vendida a un constructor como pago de deudas, volvió a ser parte del caudal de la corona inglesa y luego desapareció por doscientos años.

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Algún noble la reencontró y pensó que era una copia y fue vendido en un mercado de pulgas por cincuenta euros. Por fin, alguien acreditó su origen y la casa de subastas Christie´s la pujó en un precio récord. No se sabe a ciencia cierta quien lo adquirió.
Lo triste es que el último Leonardo fue adquirido por un particular y no por un museo. Será —se presume— la única obra del maestro que estará en manos de un coleccionista privado. Lo más triste es pensar que esta pintura quedará en la sombra para ser observada por un personaje incógnito. Esperemos que no se vuelva a perder. Estos actos refuerzan las múltiples y abrumadoras pruebas sobre el elevado nivel de desigualdad. Nos mueven a reflexionar sobre la desproporción de ingresos y riqueza entre la parte más alta de la distribución del ingreso. Nos muestra la brecha que hay entre quienes todo lo tienen y quienes todo les hace falta. Sólo al tratar de escribir la cifra podemos aterrizar de lo que estoy hablando.

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Tal como lo dice Thomas Piketty, hay un aumento creciente de las desigualdades tanto en los países ricos como en los emergentes. Sé que la tesis de este economista francés ha sido gravemente cuestionada, sin embargo, expresa una preocupación seria. La polémica se gesta entre dos extremos que pueden resultar válidos: cada uno puede gastar su dinero en lo que mejor le parezca y el cuestionamiento sobre lo que se pudo haber hecho con todo ese caudal a favor de otros seres humanos.
No sé. Me imagino la cara de Leonardo en estos momentos, al ver lo que vale un cuadro por el que seguramente recibió unas cuantas monedas de plata. Me figuro que estará sonriendo, mientras en este mundo estamos lidiando con montones de problemas. Posiblemente, como lo dijo Da Vinci: La belleza perece en la vida, pero es inmortal en el arte. Quizá ese simple hecho sea lo que lleva a alguien a pagar semejante cantidad.