Las ventanas

Catástrofe moral

Dejen que los niños se acerquen a mí. No se lo impidan, porque el reino de Dios es de los que son como ellos.

Marcos 10:14

Cada que leo noticias sobre abuso infantil, se me revuelve el estómago y me hierve la sangre. Peor me pongo cuando me entero que el abuso viene de quien creemos que es alguien bueno. Las noticias que nos llegan sobre la investigación de Pensilvania que nos da cuenta de abusos sexuales a más de mil menores por más de trescientos religiosos a lo largo de cincuenta años me mete en un estado de rabia, tristeza y gran confusión. Uno se acerca a la Iglesia para tener contacto con lo sagrado, para estar en unión con Dios y resulta que quienes debieron estar siendo pastores de ovejas —de las ovejitas más inocentes— no respondieron al mandato de su vocación sino que se convirtieron en una casta de víboras ponzoñosas.

Cuando Francisco estuvo en México, pidió a los obispos que dejaran de comportarse como príncipes y fueran más pastores. Un pastor cuida, cura, alimenta y procura el bien. Las ovejas acuden gustosas pues suponen que con él habrá seguridad, cariño, acompañamiento, consuelo en el camino que nos lleva al premio eterno. Pero, cuando en vez de encontrarte con la gloria, te meten al infierno del abuso, la vergüenza y la vejación estamos frente a una crisis moral del individuo que la perpetra y de la institución que lo protege.

Estas noticias me dejan descolodada. Sé que hay muchos sacerdotes que todos los días llevan a cabo su labor pastoral con amor y la perseverancia. Sé que hay grandes ejemplos de ejemplaridad entre los religiosos católicos. Sé que muchos laicos nos esforzamos en el día a día por ser personas de bien. Por eso, la perversión de estos hombres horribles me indigna en doble vía. La primera es que con su depravación enlodan lo que debiera ser prístino. La segunda, que es la más importante, es que daña al corazón de la Humanidad, a su tesoro más preciado que son los niños.

La porquería del abuso va por la vía de obligar a una criatura inocente y sin fuerzas a hacer lo que ni quiere ni entiende. ¿Cómo es posible que se proteja a semejantes monstruos? Entiendo que la Iglesia Católica hable de misericordia y que en ella se incluya a todos. Entiendo que no hay un pecado tan aberrante que no merezca el perdón de Dios. Lo que no entiendo es que no se proteja a los niños, que no se vea el punto de vista de las víctimas. Si la Iglesia es una madre que acoge a todos sus hijos, tanto a los que se portan bien como a los que se portan mal. ¿Dónde estuvo esa madre para ponerle un correctivo a los que no obraron como se debe?

Lo más triste es que esos hijos que hicieron mal no sólo no tuvieron un freno sino que tuvieron la oportunidad de subir por la escalera jerárquica de la institución eclesial. Encima, perpetradores y protectores se topan con un sistema que lejos de ser sencillo y transparente, es complicado. El Papa es el único que tiene la potestad para disciplinar y expulsar a obispos. Así, las víctimas que se atrevan a denunciar irán por un camino tortuoso mientras los que obraron mal podrán seguir haciendo de las suyas. Algo está mal y la perversidad no debiera tener las cosas tan sencillas.

Callarse es un terrible pecado de omisión. Tratar de meter la basura debajo del tapete no ha frenado el problema, el disimulo lo ha agravado. Meter la cabeza en un hoyo y fingir que somos avestruces es convertirse en cómplices de lo peor de la raza humana. Eso sí que no.

No se trata de rasgarnos las vestiduras ni es un ataque contra la Iglesia Católica. En todos lados se cuecen habas. Se trata de evitar a toda costa que los niños sigan siendo víctimas de abusos, sea quien sea el abusador. Se trata de que nadie se esconda del brazo de la ley. Se trata de que una sotana no sirva de escudo a quien debiendo ser bueno tiene el alma pervertida. Para afrontar una catástrofe moral de esta envergadura hay que empezar a tomar acciones.