Las ventanas

0
COMPARTIR

La renuncia  de Cervantes

Confía en el tiempo, que suele dar dulces salidas a Muchas amargas dificultades.

Miguel de Cervantes Saavedra.

Raúl Cervantes no continuará como procurador general de la República. Las razones de su renuncia son las evidentes, sin embargo, no las aparentes. La presión para que dejara el despacho era insostenible para una persona que tuviera honor y respeto por su prestigio. No hay lealtad que alcance ni justificación que sea suficiente. Lo cierto es que pocos personajes del circo político tenían la estatura para encabezar la nueva Fiscalía General de la República: es un hombre con experiencia probada y también fue responsable del diseño legislativo. Pero, en este mundo, no hay monedas que estén echadas. La lógica está en lo que se ve y no se dice.

Publicidad

La renuncia de Cervantes tiene una narrativa que revela la estatura de los actores políticos. A nadie sorprende que nuestros legisladores tengan la convicción de una veleta, eso ya lo sabíamos. Se aferrarán al dicho que reza: es de sabios cambiar de opinión. No obstante, este giro parece más un castigo que otra cosa. La evidencia lo confirma, cuando Raúl Cervantes fue confirmado como procurador general de la República, su nombramiento contó con el apoyo de 83 senadores, sólo tres votaron en contra. ¿Entonces, qué pasó?

Además, la Cámara de Diputados había aprobado el artículo transitorio de la Constitución en el que se le permitía a Cervantes ser fiscal. Por eso digo, que esta renuncia nos retrata de cuerpo entero a la clase política. Parece que o no leen lo que aprueban o no lo entienden o se arrepienten según sus conveniencias. Lo cierto es que la falta de reflexión que desvela esta contrición generó presiones que ya no se pudieron aguantar. Reventó la burbuja.

Es cierto, la cercanía de Cervantes al presidente Peña genera sospechas sobre la posible benevolencia que pudiera haber en las futuras investigaciones al actual gobierno. Pocos confiaron en que el actual procurador, siendo fiscal, investigara a su actual jefe y siguiera tantas pistas de corrupción que ha dejado este sexenio. Pero ¿a poco no pensaron en eso cuando aprobaron el transitorio? Nos dejan un mensaje de que los legisladores no están reflexionando mucho que digamos. Ni cuenta se dieron de que no le tocaría a él esa función sino al Fiscal Anticorrupción.

El desgarre ya se produjo. Raúl Cervantes decide salir de la escena política y ahora habrá que elegir procurador y fiscal. Algunos estarán felices de la vida pensando que se salieron con la suya. Otros estarán temblando. Si el tema que nos dejó sin procurador y sin fiscal fue la corrupción, ¿a poco Ricardo Anaya, Alejandra Barrales y el mismísimo López Obrador estarán sonriendo? Ni propios ni extraños estarán tranquilos. Me imagino que todos tienen tierra debajo del tapete y algo de barro en las manos.

La renuncia de Raúl Cervantes nos deja un regusto de injusticia. Hay una sensación de que esto se trató de una cadena de desencuentros, venganzas y traiciones. Sabemos que todo se rompe en el eslabón más delgado. Parece que los procuradores en México representan un anillo flaquísimo: hace más de treinta que no tenemos a uno que dure todo un sexenio. El último fue Sergio García Ramírez con Miguel de la Madrid. En menos de veinte años hemos tenido ocho procuradores. Además, en los últimos tres años el proyecto del Sistema Nacional Anticorrupción se ha empantanado. Tan atrapado está el sueño de una justicia imparcial y expedita que no logra materializarse desde que se concibió en el Pacto por México a principios de este sexenio.

La renuncia de Raúl Cervantes nos despierta como sociedad y nos enfrenta a una realidad de pesadilla. Hay sueños que se politizan e intereses que se subordinan. No estamos en tiempos de justicia, estamos en tiempos electorales. ¡Vaya con estas amargas dificultades!