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Cecilia Durán Mena

Las ventanas

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Siempre he sentido mucho orgullo de ser mexicana. En septiembre, el sentimiento se exacerba al ver las banderas ondeando, al percibir los aromas de las fiestas patrias, al probar las delicias nacionales y al ejercer el privilegio de haber nacido en una tierra llena de bendiciones. Muchos, al leer estos renglones, pensarán que ya me volví loca a causa de los sucesos que agobian esta Nación.

En medio de este rosario de malas noticias entre las que se encuentra de todo como en botica, muchos creerán que hay poco que celebrar. La violencia galopante que sufrimos en este hermoso país se convierte en un elemento exponencial cuando el ciudadano en comento es una mujer. Si además le sumas que ejercer el periodismo aumenta el grado de peligro, la panza se arruga.

No son las únicas razones: mientras a los ciudadanos de a pie se nos pone la piel chinita, hay otros que viven muertos de risa, amparados por un grado de impunidad que deja pálido al más colorado. Pareciera que en esta tierra de Dios, el que traga más pinole es el que tiene más saliva y puede ser. Aunque, uno ve que la metáfora tiene más que ver con las influencias y los padrinazgos que con astucia.

Todo eso es cierto. Pero, esta raza de bronce aguanta el peso. Será que hemos brotado de la tierra que tiene forma de cuerno de la abundancia. Nos prometieron hace años que estaríamos destinados a administrar las riquezas y como no sean las de espíritu —que es el que nos lleva a resistir tanto embate—, no se ve claro que otro tipo de caudales habremos de administrar.

Encima, si lo que dice The Economist es cierto y somos una nación que se frena por propio impulso y que elegimos a mandatarios que se confunden y en vez de ejercer de presidentes, le hacen de tlatoanis, como que empezamos a sudar frío. Al mirar la violencia, el desempleo, el abuso y elevar la voz pareciera que en vez de estar justipreciando la situación, estoy generando estridencias que nadie en el ejercicio del poder quiere escuchar.

Y, a eso se atienen. Somos una raza cósmica que en vez de llorar, se muere de risa. Somos de los que saben apretarse el cinturón y le damos la mejor cara al porvenir. Nos gusta la fiesta, el mariachi, la banda y el jolgorio pero eso de andar con cubrebocas ya no nos cuadra tanto. Somos un tipo de gente curiosa: estamos dispuestos a quitarnos el bocado de la boca e írselo a dar a un hermano damnificado por un terremoto, pero eso de usar gel antibacterial, guardar la sana distancia y quedarnos en casa, como que no nos viene bien.

Tal vez, Vasconcelos tuvo razón. La raza cósmica nos trasciende y nos engrandece. Nos enorgullece. Nos enseñó que los conceptos exclusivos de raza y nacionalidad deben ser trascendidos en nombre del destino común de la humanidad. Decía que tenemos sangre de las cuatro razas primigenias del mundo: roja o de amerindios, blanca como la de los europeos, negra de africanos y amarilla que nos trajeron los asiáticos. Ser mexicana entonces es entender la mezcla entre todas las sangres que da como resultado la aparición de una quinta y última, la más perfecta y sublime: la “Raza Cósmica”. ¿Cómo no sentirnos orgullosos de semejantes orígenes?

Si, esto es así y pertenecemos al culmen de las razas, tenemos mucho que apreciar. Estamos hechos de buen material. Y, por más que nos digan que el Grito de Dolores tuvo otra connotación, que los festejos por la Independencia tienen que ver con las fiestas celebratorias por el cumpleaños de Don Porfirio, que Andrés Manuel no tiene voz para gritar y que el vestido de Doña Beatriz está espantoso; por más que me digan que no está el horno para bollos, yo sigo elevando la copa y brindando por mi patria querida. Con tequila, mezcal o aguardiente, es igual. Soy mexicana y sí, me siento honrada.

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Cecilia Durán Mena

Como cada septiembre

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Como cada septiembre

Como cada septiembre, los mexicanos entramos en una dicotomía extrema. Por un lado, festejamos las fiestas patrias, nos pintamos de verde, blanco y rojo, ondeamos las banderas, dejamos que el folclore galope a toda velocidad y nuestro corazón se acelera con los ritmos del mariachi y nuestra boca saliva ante tantos sabores mexicanos. Por el otro, nos entristecemos al ver la bandera a media hasta y guardamos los minutos de silencio que sean necesarios para honrar a todos los que cayeron. No los queremos olvidar.

Si en septiembre gritamos ¡Que viva México!, también nos acordamos que ya pasaron treinta y cinco años de que la tierra se agitó en sus centros y casi nos deja sin capital de la República. Luego, como si estuviéramos acordándonos de una mala broma, otra vez en la misma fecha, tembló para hacer patente que el suelo tiene memoria y muchas veces recuerda mejor que muchos.

En septiembre de 1985 nació una sociedad civil que ante la imposibilidad de las instituciones a reaccionar con la fuerza y rapidez que era necesario, salió de sus casas y demostró urbi et orbi que no necesitamos agallitas para nadar y que sabemos dejar nuestro resto para salir adelante. Dejamos nuestras comodidades personales, abandonamos nuestras zonas de confort y los que tuvimos posibilidades y quisimos, fuimos a ayudar. Cada uno lo hizo a su leal saber y entender, sin las ventajas de la tecnología que hoy tenemos. Era un mundo tan distinto que sería difícil de comprender el día de hoy. Tanto así ha progresado la ciencia. Hemos cambiado.

Hace tres años, la tragedia fue dura pero hubo más y mejores medios para organizarnos. Tal vez ya sabíamos cómo hacerlo. Aprovechamos la maravilla de las redes sociales. En instantes, el mundo supo lo que sucedía en la Ciudad de México. Pudimos ponernos en contacto con nuestros seres queridos para saber cuál era su situación y logramos mandar la ayuda que se necesitaba específicamente. Sin embargo, aún hay damnificados que siguen sin conseguir una respuesta a sus tragedias.

Mientras a los que vivimos las tragedias de 1985 y 2017 se nos arruga la panza y derramamos alguna lágrima por aquellos a los que ya no volveremos a ver, también evocamos aquellos momentos en el que el pueblo de México ha salido a dar lo que tienen para solidarizarse con causas que le parecen justas. Ofrecían gallinas, puercos, sus collares, sus anillos para reunir fondos y sacar adelante algún proyecto que creyeron relevante. Así somos los mexicanos: nos quitamos el bocado de la boca y, a veces, ni nos damos cuenta a quién se lo estamos dando.

Por eso, cuando vemos ese pasado generoso, hierve la sangre si hay disfraces que le queremos poner a la realidad. Las abuelas nos recordaron siempre que no todo lo que brilla es oro, ni todos los que sonríen son Chucho el Roto. Este septiembre, hubo una rifa que se llenó de vapores para esconder la verdad. Nos contaron que se rifaría el avión presidencial, porque representaba un lujo excesivo con el que el presidente de la República no se sentía cómodo.

La verdad simple y pura es que no se rifó ningún avión, el artefacto sigue ahí y el Instituto para Devolverle al Pueblo lo Robado mentiría si dijera que ya vendieron el avión. Lo que sí hicieron fue un pase de charola al que le entraron muchos, más a fuerza que de ganas, para juntar un dinerito que se supone que se usará para causas nobles y benéficas. Ojalá, pero la bondad no se puede sustentar en la mentira. En septiembre, nos quedará esa efeméride también, para dejar un testimonio en la Historia de que siempre hay dos extremos en la recta numérica. Nos informaron que el Gobierno ha comprado un millón de billetes para que los hospitales tengan la posibilidad de obtener un premio que se financiará con los mismos recursos del Gobierno. ¡Qué generosidad la que muestra la 4T!

Sí, una vez más, en septiembre, la sociedad civil es la que saca la casta. No es la 4T, somos todos los mexicanos que pagamos impuestos los que pagamos por esos billetes. Es la gente que cumple sus obligaciones tributarias la que se puso con su cuerno, esa misma gente que no está recibiendo ningún tipo de estimulo fiscal para mantener a flote sus pequeños y medianos negocios. Eso pasa en septiembre.

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Cecilia Durán Mena

Las consultas del presidente

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Las consultas del presidente

La 4T tiene formas curiosas de definir la agenda. Nos dice que la toma de decisiones se sustenta en una democracia participativa, en la que el pueblo bueno es consultado sobre el rumbo que debe seguir la nación y desde la sabiduría popular se dictamina el rumbo. Eso nos dicen. Y, dicho sea de paso, les ha dado resultados en términos de popularidad con su cantera de votantes. Así se desechan proyectos y se aprueban planes, con independencia de beneficios, bondades, perjuicios y daños. Más allá de la lógica, está la voluntad de los consultados. Éste es el México del progreso, señoras y señores.

En la versión remasterizada y mejorada del país, se cree a pie juntillas que los gobernados entienden a la perfección qué es aquello que conviene a la patria. Desde esa visión panorámica, son capaces de emitir una decisión colectiva que traerá beneficios, avance, mejoras y, desde luego, no cabe la posibilidad de equivocarse. Vamos, la gente sabe. El México profundo conoce lo que le conviene y por ello hay que consultarlo siempre que convenga.

Por supuesto, para la 4T la sabiduría de pueblo no se puede manipular con la forma en que se les consultan los temas a los gobernados ni la forma en la que se redactan las preguntas ni nada por el estilo. El saber del pueblo es tan claro que dilucida para lograr la mejor respuesta. Evidentemente, la respuesta obtenida siempre se alinea con los intereses que la gente en el poder tiene, es decir, con lo que piensa el señor presidente. Tal vez, desde Palacio Nacional se sienta que son uno mismo.

Y, así se le da pincelazo a un aeropuerto internacional, se da banderazo de salida a un tren o se pregunta si es pertinente o no llevar a juicio a expresidentes de la República.  La nueva consulta popular para que los ciudadanos decidan, se centra en una nueva obsesión del presidente. El pueblo bueno será cuestionado sobre si se debe juzgar a cinco exmandatarios. Son cinco, a pesar de que son seis los que siguen con vida: Salinas, Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto. Pero se les olvido que Luis Echeverría ahí sigue, aunque él ya tuvo lo suyo.

Ya veremos si el pueblo sabio es magnánimo o si tiene ganas de llevar al banquillo de la justicia a estos personajes. Vamos a ver de qué humor amanece la bondad popular para decidir si las fechorías que hicieron estos señores mientras estuvieron en el poder, superaron los aciertos que tuvieron durante sus sexenios. No hay para qué pensar en la ley de Consulta Popular, aprobada en 2014 durante el mandato de Peña Nieto que asegura que la Suprema Corte de Justicia debe avalar la constitucionalidad de la materia de la consulta. De eso nada, la letra de la ley languidece frente a la voluntad del pueblo.

 Para qué nos vamos a meter en honduras sobre temas constitucionales de los que la gente no conoce. Si la Constitución prohíbe expresamente que sean objeto de consulta la restricción de derechos humanos y sus garantías, eso es lo de menos. Está demás considerar que semejante consulta violaría los derechos de los expresidentes y el derecho al debido proceso de los señalados. Y, por favor, los que crean que la consulta ciudadana que pretende López Obrador tiene un alto componente político y electoral, aplaquen sus ánimos conservadores. Ya estense en paz.

Nada tiene que ver que coincida la intención de consultar a los ciudadanos con la misma fecha en la que el país acudirá a las urnas a las elecciones más grandes de su historia. Eso es pura coincidencia y es ganas de ahorrar. Párenle a sus malos pensamientos. Así se matan dos pájaros de un tiro. No hay porque andar creyendo mal y opinar que el juicio a los exmandatarios tenga como intención convertirse en el principal tema de la campaña para las intermedias. Déjense ya de cosas, no es que se quiera dar una ayudadita a los liderazgos que andan flojitos y sin mucho lustre. De eso, nada.

Si el presidente de la República quiere consultas es porque la 4T busca una democracia participativa. Ya estense en paz los que con ánimos conservadores que quieren agitar malos pensamientos. Las consultas del presidente tienen buena intención, ¿alguien lo duda?

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Cecilia Durán Mena

La heroína que no dio patria y libertad

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La heroína que no dio patria y libertad

La Historia no siempre es como nos la cuenta. Hay ciertos pasajes que ponen más atención en detalles que le dan matices y nos llevan a entender los eventos de cierto modo. Es por eso que cierto halo solemne rodea a los símbolos patrios. Los personajes de la Independencia Mexicana siempre se representan con semblantes casi estoicos, como si se tratara de piezas de museo y no de agentes aguerridos de una lucha revolucionaria. Por supuesto, las figuras femeninas perdieron el protagonismo que verdaderamente tuvieron y es injusto.

Una de ellas, sin lugar a duda, es la figura de La Corregidora. Josefa Ortiz de Domínguez fue una mujer de actuar inteligente, siempre cerebral, siempre estratégica. Más allá de la forma en que la delinea la literatura oficial en los libros de Historia, este ícono de conspiración en contra del esquema virreinal se desdibuja. A pesar de su participación fundamental en la insurrección del pueblo, Doña Josefa muchas veces se ve eclipsada por las figuras titánicas de Hidalgo o Morelos, entre los demás hombres que parecen haber liderado la Independencia en la narrativa nacional. Se resaltan los protagonismos de Aldama y de Allende y se deja cierta sospecha y picardía para ella. La pregunta que surge es natural: ¿cómo habrá sido la mujer detrás de los movimientos independentistas?

Así era ‘La Corregidora’ Josefa Ortiz de Domínguez, a decir de la cronista e historiadora María de los Ángeles González Gamio, era muy guapa y no la señora mayor que nos pintan. Tal vez, alguien quiere que la recordemos con el perfil de las monedas de centavos, para darle un tono respetable. Pero, no podemos olvidar la postura aguerrida, comprometida y estratégica que tuvo con el movimiento de Independencia. Y, sí además era muy atractiva. Es tiempo de valorizar su papel histórico que no se limitó sólo a “dar los taconazos” para anunciar que la conspiración había sido descubierta.

Nadie cuestiona el papel la Corregidora como un personaje trascendental en la planeación del movimiento insurgente. No obstante, se trata de un personaje poco conocido y valorado. Se die que fue amante de Hidalgo y que tuvo amoríos con Allende estando casada con Miguel Domínguez. El único papel al que se adjudica es el de avisar que habían descubierto al movimiento, sin saber la trascendencia de lo que eso significa.

La vida de Doña Josefa fue desde sus inicios muy turbulenta. Fue huérfana a muy temprana edad, y tras perder a sus padres, quedó a cargo de su hermana mayor, quien la apoyó para entrar al colegio de Vizcaínas en la Ciudad de México. Ahí conoció a su primer amante: Miguel Domínguez, con quien tuvo dos hijos fuera del matrimonio desde muy joven, a pesar de que él tenía otra familia establecida. Al morir la esposa legítima de Domínguez, se casó con Josefa y se la lleva a vivir a Querétaro, donde lo nombran corregidor. Tuvo muchos hijos, tal vez catorce.

Su proximidad con Hidalgo, Allende y la posición política de Domínguez ayudó a dibujar la estrategia que dio como resultado final una guerra que hoy nos dio patria y libertad. Por ese compromiso, tuvo que hacer hasta lo imposible para alertar sobre el descubrimiento del virreinato de su rebeldía y sus planes de levantarse en armas. No fueron sólo sus amoríos, ella fue una pieza central a la que debemos siempre recordar como la madre de la patria. La Historia nacional no es como nos la pintan, es momento de redibujarla y revalorarla.

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