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Cecilia Durán Mena

Las Ventanas

Otra vez, el Buen Fin

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Otra vez, el Buen Fin

Una vez más el consumidor enfrenta el Buen Fin. Anuncios publicitarios, correos electrónicos, sugerencias de ‘big data’, redes sociales vibrantes, anuncios de radio, de televisión se vuelven impactos que buscan llamar la atención e impulsar el consumo. Oferta, descuento, oportunidad, son las palabras que nos pueblan la cabeza y nos dejan mareados. Es que no te lo puedes perder es la sentencia que repiquetea en nuestro cerebro y nos impulsa a comprar. Sentimos ansiedad de aprovechar tanto remate que terminamos comprando cosas que no necesitamos y que pagaremos a cortas mensualidades. Es más, seguramente, seguiremos pagando cuando la compra haya sido olvidada.

La intención es buena, se persigue activar el consumo para poner la economía en movimiento. Pero, cuidado, no todo lo que brilla es oro ni todas las intenciones son tan bondadosas y virtuosas como se presentan. Todo depende de la circunstancia personal. La economía se activa si y sólo si el consumo se corresponde con la capacidad de pago. Cuando nos excedemos, cuando compramos más de lo que podemos pagar, nos metemos en camisa de once varas y el círculo virtuoso se convierte en una calamidad. La calamidad inicia en un absurdo si encima compramos lo que no necesitamos. La compra se convierte en un desperdicio que se quedara arrumbada, olvidada, pero que tendremos que seguir pagando.

Son tantos los ejemplos de compras de impulso que con la promesa de pagos tan pequeñitos nos seducen y nos convencen. De repente, los estados de cuenta llegan a reflejar montos abultadísimos que son la suma de números chiquitos que se convierten en cifras impagables. Optamos por la terrible costumbre de no pagar el total sino el mínimo indispensable y aquello que debió salir barato, termina siendo un artículo carísimo, innecesario y olvidado. El sinsentido se apodera y, como en la novela de Robert Louis Stevenson, dejamos de ser ‘Dr. Jekyll’ y nos convertimos en el ‘Mr. Hyde’ de las compras. Al paso del tiempo, andamos lamentándonos por los rincones y no encontramos la forma de aliviar los compromisos.

El buen fin ha de verse con prudencia, especialmente en épocas en las que el crecimiento económico es cero y los pronósticos no son brillantes ni espectaculares. Como siempre, el análisis y la reflexión son el antídoto. La continencia es la mejor recomendación. El consumo inteligente activa la economía, el sobre endeudamiento, no. Es increíble la cantidad de veces que tropezamos y compramos ropa, aparatos eléctricos, electrónicos, juguetes y ‘monaduchas’ que no volveremos a usar y que quedarán olvidadas en el fondo de un cajón.

Otro problema es el espejismo del descuento. Lo sabemos, hay muchos que elevan los precios de venta de sus artículos y que dicen estar ofreciendo precios de barata maravillosos y, si comparamos, llegaremos a la conclusión de que están vendiendo a precio regular y que el descuento es una promesa incumplida. Vamos a la tienda, salimos con un artículo creyendo que hicimos la mejor compra del año y se nos parte el corazón al darnos cuenta de que no fue así y que pagamos lo mismo que habríamos pagado en otra época del año. Por eso, lo mejor es detener las ansias, allegarse de información, comparar y decidir con calma para no tener quebraderos de cabeza más adelante.

Para el Buen Fin, el consejo de mi mamá es pertinente: cuando vayas a comprar algo, piensa en dónde lo vas a poner y cuántas veces lo vas a usar. Así, tal vez comprar una televisión o una computadora o una herramienta de trabajo sea una buena opción en vez de comprar otra camiseta de algodón color blanco que a la primera lavada quedará inservible y que tendremos que seguir pagando, incluso cuando ya nos olvidamos de ella.

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Cecilia Durán Mena

Una extraña visita

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Una extraña visita

La vistita que este miércoles hizo el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se puede calificar como extraña. La agenda del día en Washington no ofreció razones que nos aclaren por qué era necesaria esta visita, sobre todo en medio de circunstancias tan curiosas: una pandemia, un festejo trilateral al que sólo atendieron dos mandatarios. Y, no nada más ello, sino las actividades que el mandatario mexicano eligió al estar en la capital del país anfitrión.

También es extraña, porque, para fortuna de propios y extraños, el presidente Trump fue moderado y aceptablemente amable. Se reunieron, hablaron y se sonrieron. No se hizo una oportunidad para que López Obrador se reunira con legisladores demócratas o grupos inmigrantes. En vez de eso, AMLO se dispuso a colocar una corona de flores en el monumento a Abraham Lincoln y en una estatua de Don Benito Juárez. Su reunión con Trump en la Casa Blanca fue orquestada meticulosamente, tal como lo haría un wedding planner: diseñada para crear la atmosfera ideal de una sesión de fotos para celebrar el inicio del T-MEC, el nuevo tratado de libre comercio entre México, Estados Unidos y Canadá, que ha reemplazado al TLCAN.

En ese ambiente, la intervención de López Obrador se orientó a agradecer a Trump por su amabilidad hacia México —lo que nos hizo levantar las cejas—, una afirmación realmente extravagante dirigida a uno de los presidentes más xenófobos de nuestros tiempos. Lo que ganó el líder mexicano con esta visita podría seguir siendo un misterio, pero Trump con seguridad utilizará la ceremonia de firma de este miércoles como parte de su campaña electoral.
No se trata de regatearle a López Obrador el hecho de que fue tratado por Trump con cordialidad y entender que verlos cerca, diciendo palabras bonitas, ayuda. ¿Cómo no va a ayudar andar de luna de miel con el mandatario de los Estados Unidos? Pero, ya sabemos que este hombre es veleidoso y puede tronar contra México en la primera oportunidad que se le presente. Fue bueno verlos brindar y decirse palabras lindas, aunque a la distancia luzcan huecas y un poco falsas.

El hecho de que Lopez Obrador haya decidido visitar a Trump, nos puso nerviosos. Llamó la atención que haya ido hasta allá para alabarlo personalmente y regocijarse por un tratado comercial que ya está en vigor —en medio de una crisis sanitaria y una campaña presidencial. Las cosas claras, le fue bien, pero no es la señal de heroísmo, que algunos lisonjeros de AMLO repiten, tampoco creo que haya sido un acto de capitulación. Se vale que en democracia todo sea sonrisas y caravanas. Ya veremos lo que viene después.

Tampoco creo que López Obrador haya desperdiciado una oportunidad para confrontar a un hombre al que ha criticado, desde lejos, por años. Ni modo que hubiera ido a reclamarle a Trump por sus políticas antiinmigrantes. Tampoco creo que hubiera sido apropiado que le regalara el libro en el que recopiló esos discursos apasionados que llamado Oye, Trump, en el que calificó al muro fronterizo de como “un monumento a la crueldad y la hipocresía” y comparó la retórica antimexicana del gobierno con la Alemania nazi. Los dos saben ser groseritos y se contuvieron, menos mal.

No se mostró nada de esa bravuconería en la Casa Blanca. Por suerte, ganó la prudencia y se prefirió dar elogios. Los simpatizantes de López Obrador probablemente alegarán que este cinismo es, de hecho, una inteligente estrategia de pacificación. Los detractores pensarán que la sumisión nunca es buena diplomacia.
Esta extraña visita resultó bien, porque no se regresaron con cajas destempladas. A López Obrador le fue bien con Trump, le fue mejor que a muchos otros mandatarios que se han quedado peinados de raya en medio por los sofocones que les dio el presidente de los Estados Unidos.

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Cecilia Durán Mena

El viaje del presidente

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El viaje del presidente

Es difícil de entender, pero, por fin el presidente López Obrador decide hacer su primer viaje internacional. De todas las oportunidades que tuvo, eligió una de las oportunidades más extrañas y logró algo que no se había dado antes en todo su mandato: hermanó el sentimiento de chairos y fifís, de liberales y conservadores. Todos tenemos un miedo razonable de que el anfitrión no trate bien a su visita. Y, no es para menos, ya conocemos que Donald Trump no tiene miramientos y que se le puede ocurrir que la presencia de su homologo le sirva para hacer una de las suyas.

Resulta complicado concebir los porqués de la elección de López Obrador, que pudo haberse inaugurado en esto de los viajes internacionales en escenarios más amigables, en donde además pudo haber convivido con otros mandatarios, en ocasiones que fueran más lucidoras y neutrales. Pero, ya sabemos que a AMLO le gusta la adrenalina y eso de hacerle cosquillas al tigre, le da risa. Ojalá no me lo dejen con cajas destempladas.

Cuando algo no se entiende bien, a mí me da por desconfiar. Y, sin duda es sospechoso que el motivo de la reunión sea la celebración de la entrada en vigor del TMEC, porque el tratado des tripartita y en el festejo el mandatario canadiense estará ausente. Por supuesto, uno se pregunta ¿por qué Justin Trudeau no va a ir? Seguro se enteró de que. además de dialogar sobre el tratado que sustituye al antiguo TLCAN, el Presidente López Obrador también expondrá temas inherentes a los intereses del país, al tiempo que pedirá un trato respetuoso hacia los migrantes que residen en la Unión Americana. Buena suerte con eso, dirá. Allá que se hagan bolas ellos solitos, mejor yo después voy a México.

Por eso, andamos mortificados, lo mismo los adoradores del presidente que sus críticos acérrimos. Y, no es para menos. Donald Trump anda tiene sus necesidades, le urge hacer campaña y el horno no está para bollos. Con el Covid19, el mundo del espectáculo anda alicaído y las artimañas que lo llevaron a la Casa Blanca no le servirán como estrategia esta vez. Hay casas encuestadoras que le ven un triste pronóstico a las pretensiones del actual presidente de Estados Unidos para reelegirse. Y, así las cosas, debe estarse devanando los sesos para ver qué se le ocurre que sea mediático y contundente para volver a atrapar el cariño de sus electores.

En esta condición, hay preocupaciones sobre el viaje del presidente López Obrador a Estados Unidos. Vemos a Donald Trump como un gato goloso que se está relamiendo los bigotes. Claro, sabemos que el presidente mexicano no es una blanca palomita y que tampoco es un corderito que camine alegremente a la boca del lobo. Pero, se nos alborotan los nervios de pensar lo que puede suceder. Dicen por ahí: piensa mal y acertarás. ¿Qué nadie en el grupo de asesores del AMLO ha pensado en esas posibilidades?

Se ve complicado el programa de los mandatarios no tenga puntos de rispidez. Que se circunscriba a llevar ofrendas a los monumentos de Abraham Lincoln y Benito Juárez en compañía de Donald Trump, mientras que, por la tarde-noche, ambos se sienten a platicar festivamente en la Casa Blanca y se dediquen a echarle porras al futuro glorioso del TMEC. Ni que no los conociéramos. Sin embargo, ese es el plan. López Obrador tomará un vuelo comercial, en un vuelo que lo conducirá a Washington, en el que irá con una comitiva que en otros años era vista como la plana mayor.

Y, allá estará dos días que espero pasen rápido y en forma tersa. Que se den los festejos y que todo vaya como está previsto. Porque, para este viaje del presidente López Obrador, todos tenemos los mejores deseos, sin importar de qué lado de la línea nos encontremos. Y, también hay que decirlo, sin importar nuestras diferencias, hay preocupación de que las cosas no resulten como e

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Cecilia Durán Mena

Insensibilidad y poder

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Insensibilidad y poder

Una de las quejas más recurrentes que los gobernados le hacen a sus gobernantes es la lejanía. Los reyes que habitaron en castillos majestuosos rodeados por un foso con agua, marcaba la separación entre los de aquí y los de allá. Hubo monarcas que lo llevaron a un grado mayor, pusieron distancia y se fueron a vivir lejos: El Rey Sol se fue a Versalles, Pedro el Grande se fue a Peterhof, María Teresa de Austria construyó el castillo de Praga a donde se fue a vivir la reina Sisi, lejos de Viena, donde no era amada y se refugió en la capital checa que la adoraba. La hija más joven de la emperatriz de Austria se casó con el delfín de Francia y tampoco fue amada, el pueblo francés la guillotinó por sentirla frívola y lejana. El pueblo es sensible a esa lejanía y la condena. Sucedió en aquellos tiempos y sigue pasando ahora.

El papel de las esposas de los mandatarios es complejo y las de los presidentes mexicanos es difícil. Se les recuerda sus desaciertos, se les juzga por sus defectos y sus mejores fortalezas radican en su discreción y falta de protagonismo: calladitas se ven más bonitas. En la Historia de México tenemos una colección de desaprobaciones a estas mujeres: las que no se visten bien, las que se peinan mal, las que son feas. Hay ejemplos de críticas duras por su falta de sensibilidad: a Marta Sahagún —esposa de Vicente Fox— la exhibieron por la compra de unas toallas de precios exorbitantes, ¿por qué se secan las manos con materiales tan caros? Ni hablar del chaparrón que se le vino a Angélica Rivera —esposa de Enrique Peña mientras estuvo en el cargo— por la explicación que dio sobre la Casa Blanca, se le despreció por dar la imagen de un apersona distante y ordinaria. Fallaron porque no mostraron sensibilidad al pueblo mexicano.

Por eso, no debiera sorprendernos que las redes sociales se le vinieran encima a Beatriz Gutiérrez Müeller quien ha ido deslizándose como en un tobogán desde que su marido se convirtió en presidente de la República. Se le percibe dura, ajena, distante. La imagen que le han querido dar de intelectual y de académica no ha sido respaldada por la percepción pública. Se la ve perchada al brazo de su marido, pronunciando palabras rasposas, que muchos recibieron como ofensivas, emitiendo declaraciones que se escuchan fuera de límite —y bueno, eso de pintar caracolitos tampoco le ayudó mucho—, se le ve panfletaria en vez de ser una persona empática. Hay veces que las palabras que no son pronunciadas son mejores.

Es cierto que las condenas que ha recibido parecen estridencias, pero ella las inflama cuando, en vez de retractarse se vuelve a pronunciar acogiéndose a la figura de su esposo. Falla quien está aconsejando a la señora con respecto a su imagen. Da la impresión de que quieren apagar el incendio echándole gasolina al fuego. Y, para atizar más la lumbre, busca simpatía arropándose en una imagen victimizada sin darse cuenta de que, desde el poder, ella ya no es víctima. Que alguien les explique que en el ejercicio del gobierno no pueden recurrir a los mismos mecanismos que cuando estaban en campaña.

Beatriz Gutiérrez Müeller está dando la impresión de ser dura y de tener la sensibilidad de una piedra. Esa es la construcción personal con la que se presenta al mundo. Sin empatía frente a familiares de niños con cáncer, sin tolerancia para los que piensan distinto a su marido —no a ella, porque sus forma de pensar está totalmente eclipsada, obnubilada—, se le ve una actitud palaciega —esa que tanto critica de los adversarios de su esposo— y esta percepción de no ser una persona fácil, se refleja en las redes sociales en donde no media ningún tipo de filtro ni protección. Ahí, no valen los fosos que se cavan alrededor de los palacios en los que habita el círculo que detenta el poder.

Ni modo, no puede pedir lo que no da. Si ella no es amable no puede exigir que lo sean con ella. Por supuesto, no es de sorprender. Los discursos de odio y de división tienen estos frutos. No le podemos pedir peras al olmo y se ve que ella, no es una perita en dulce.

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