Las ventanas

El Nuevo Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México

Nuestros antepasados estuvieron en lo correcto al denominar a México como ombligo. La etimología náhuatl de la que deriva el nombre de nuestra nación dice que el vocablo <xictli> significa ombligo, o sea, centro. Nuestro país goza de una situación geográfica privilegiada. Estamos cerca de todos, somos puerta de Norteamérica, vinculo natural con América Latina, próximos a Europa y a Asia por las ventajas de la redondez de la Tierra. Tristemente, no hemos aprovechado esta ventaja competitiva que nos da estar en donde estamos. Debiéramos explotarla más.

Pero, para sacarle más jugo a esta circunstancia necesitamos infraestructura de comunicación. Nos hace falta habilitar puertas de acceso que permitan el tránsito ágil de personas, bienes y servicios. Desde el gobierno de Carlos Salinas, cuando se decidió hacer de México una economía global, ya veíamos que traíamos deficiencias estructurales que nos complicarían el caminar fluidamente al desarrollo. En aquellos años, Salinas encontró un país con variables económicas endebles, con infraestructura vieja y poco funcional, con ingenieros mexicanos talentosos deseando trabajar. La fórmula que se ideó en ese sexenio fue concesionar a particulares la construcción y operación de puertos, carreteras, puentes fronterizos y aeropuertos. Los resultados los conocemos. Muchos proyectos fracasaron financieramente, aunque, los caminos y los accesos quedaron. La infraestructura no se esfuma. El problema fue otro.

Digo que debiéramos explotar más nuestra situación geográfica que nos da una ventaja competitiva frente al mundo y no la estamos aprovechando. Por ejemplo, si un mexicano quiere viajar a Sudamérica lo lógico sería tomar un vuelo directo desde México, en vez de volar al norte —Miami, Houston, Atlanta o Nueva York— a buscar una conexión. De hecho, la conexión natural podría ser la Ciudad de México, pero el aeropuerto está saturado desde hace muchos años. Ya en los años del gobierno foxista se encendieron las alertas de la sobresaturación de las pistas por lo que el gobierno de Felipe Calderón quiso hacer de ese, su proyecto del sexenio. Por ahí, se atravesó Atenco y todos los desaguisados que se suscitaron después.

No obstante, la necesidad persiste. El presidente Peña lo sabe y retomó el tema. Y, ya lo sabemos, el asunto en torno al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México se politizó. Ahora, pareciera que el tema se subordina a intereses, a ocurrencias y a promesas de campaña más que a atender la necesidad real que tiene el país de tener infraestructura que detone movimiento económico que se traduzca en desarrollo. Un nuevo aeropuerto, esté en donde esté, tiene que propiciar la agilidad del tránsito de aviones que traen mercancías y personas que dejarán, de una forma u otra, actividad económica.

Es decir, al tener un aeropuerto eficiente se generarán empleos, se pondrá en movimiento la rueda de consumo que debiera traducirse en beneficios económicos y que auspiciarían desarrollo económico. Pero, el tema se politizó. Con el proyecto actual, el AICM sería una de las terminales aéreas más grandes del mundo. Es justo decir que dicho proyecto ha recibido críticas desde su anuncio en septiembre de 2014, se convirtió en protagonista de la contienda electoral. Andrés Manuel López Obrador, cuando era candidato de la izquierdista coalición Juntos Haremos Historia, dijo que de ganar la elección suspendería la obra. Los inversionistas empezaron a temblar.

No sólo los que tienen intereses en el AICM, todos se incluyen en el renglón de los temblorosos. ¿Qué va a pasar con los acuerdos hechos por la actual administración? El nerviosismo del sector empresarial nunca es conveniente para una economía. Los inversionistas al detectar turbulencias prefieren llevar su dinero a lugares más tranquilos. ¿Será eso lo que queremos? López Obrador afirma que el Nuevo Aeropuerto de México (NAIM) es un proyecto muy costoso y que se ubica en un terreno inestable, que se hunde constantemente. Puede que tenga razón. De hecho la nueva terminal aérea se construye en el lecho de lo que fuera el Lago de Texcoco, cerca de donde se encuentra el actual aeropuerto. La alternativa de la Base Militar de Santa Lucía siempre le ha gustado a Andrés Manuel, y tener dos aeropuertos en funcionamiento en lugar de uno. El problema es que según los expertos en aeronáutica la operación simultanea es imposible o haría que los movimientos fueran más lentos.

Lo cierto es que México necesita desatar los nudos que desaceleran el flujo económico. Aquí lo importante es dejar de politizar las decisiones y optar por las rutas que sean más benéficas para el país. Por esa razón, no hemos podido aprovechar las ventajas competitivas con las que contamos en forma natural. ¿Así vamos a estar?