Nómadas digitales

Los ritmos y movimientos de la cotidianidad han cambiado. Nuestra vida adquirió armonías diferentes, las relaciones laborales se movieron de lugar. Para cierto tipo de trabajador, la pandemia presentó una ruptura del triángulo que se formaba por el espacio en el que nos desempeñábamos, el tiempo que le dedicábamos a nuestro trabajo y carrera profesional que nos marcamos. Si antes salíamos a una oficina, hoy nos quedamos en casa. Sustituimos las aulas por pantallas y los recintos educativos por plataformas digitales.

Muchas personas se sintieron atrapadas, atadas a relaciones 24/7 que abarcan todos los ámbitos y todos los límites. Es para salir corriendo. Ahora estamos todo el tiempo con los niños que están inquietos porque no pueden salir a jugar, algunos perdieron sus fuentes ingresos y muchos tienen obligaciones adicionales como cuidar de los enfermos. Sin embargo, para algunos, la pandemia abrió la oportunidad de hacer maletas y salir de su entorno a probar otras experiencias. Aquellos que contaban con trabajos estables que se podían realizar desde cualquier lugar, este año representó el momento ideal para apoderarse del destino y doblegar el empleo a su favor.

Esta lógica era tan envidiable como inalcanzable para todos los demás. La verdad, la ventana de oportunidad era envidiable:  si vas a trabajar desde casa indefinidamente, ¿por qué no hacerlo en un nuevo espacio, desde un lugar exótico? Esta pequeña colección de privilegiados puso manos a la obra: empacaron sus computadoras, pasaportes y tapabocas N95 y se convirtieron en nómadas digitales.

La oportunidad fue magnífica. Llegaron con maletas en mano a los centros turísticos de playa que estaban vacíos y a precios muy accesibles, ciudades de ensueño que se hicieron posibles, pueblos mágicos que abrían sus puertas. Estos nómadas digitales se dieron el lujo de tener reuniones Zoom desde lugares paradisiacos e hicieron oficinas de balcón en Airbnbs baratos. Reservaron con precios extraordinarios y el único requisito para estos espacios era que estuvieran dotados de una conexión Wi-Fi y listo. Si el lugar les gustaba, se quedaban mucho tiempo y si no, se cambiaban de lugar.

Pertenecían al selecto grupo de personas que realmente se aplicaban a esos programas de visas de trabajadores remotos. Los nómadas digitales trabajarían desde Ámsterdam, con una parada rápida en un resort con descuento en México y si en el camino se les antojaba un nuevo destino, ¿por qué no aprovecharlo también?  El primer problema ocurrió casi de inmediato. La Unión Europea no iba a reabrir sus fronteras a los viajeros como esperaban. Volver a sus no era una opción: hubo problemas diplomáticos, visas que no eran admitidas para su ingreso en ciertos países y naciones que no permitían la llegada de vuelos de lugares que estuvieran con altos grados de contagio.

Los lugares paradisiacos también se fueron infectando y las restricciones llegaron paulatinamente también a esos lugares de refugio. Algunos se enfermaron y otros se enteraron de que sus familiares se contagiaron y no pudieron regresar a estar con ellos. Y, aunque la oportunidad pudo haber sido una gran ventana que se abría para ser aprovechada, el tiempo resultó ser el factor que rompió el sustento de esos planes. Los plazos que se van recorriendo, el confinamiento en un lugar que no es tu hogar, la posible vacación prolongada a la que se le mezcla un poco de trabajo, la condición de viajero no fue tan benéfica como lo imaginamos.

El aprendizaje que nos está dejando esta reflexión es que los seres humanos somos animales sociales que necesitamos pertenecer. Estamos anclados a ritmos y movimientos, a tradiciones que no se cambian como quien se quita un calcetín y se pone otro. Extrañamos la forma de nuestra almohada y el sabor de la sopa casera. Ser nómadas digitales pudo haber sido una gran experiencia, sí, pero no por tanto tiempo.