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Cecilia Durán Mena

Las ventanas

Una piedra en el camino

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Una piedra en el camino

Las personas que les gusta caminar como deporte saben de la importancia de cuidar el andar ya que de ello depende que puedan avanzar en el camino. Tan importante es que alguna ocasión escuché a Ana Guevara decir que lo más importante de su equipo deportivo eran los calcetines, ya que si se le hacía una arruga o un doblez, eso se transformaba en una ampolla que le podría molestar y eventualmente, repercutir en sus resultados. Si una simple arruguita puede generar efectos nocivos, imaginemos lo que sucede con un pedrusco en el zapato. Me temo que la 4T se acaba de echar una Piedra al camino.

La postulación de Rosario Piedra Ibarra a la CNDH ya era un tema que le alzaba las cejas a propios y a extraños. La forma en la que transcurrió la votación que la convertiría en la titular de la Comisión fue desaseada, por decir lo menos. La ceremonia de embestidura se llevó a cabo en un desorden terrible. No fue agradable ver a legisladores gritándose unos a otros, tirados en el suelo, empujándose, mientras la ‘ombudsperson’ protestaba “guardar y hacer guardar” entre empellones, insultos de uno y otro lado: desorden absoluto. Ver a la defensora de los derechos humanos en esa condición, me recordó a Felipe Calderón tratando de asumir la presidencia. Hasta ahí, muchos podrían ver la anécdota con muchas aristas que van desde lo vergonzoso hasta lo irritante. Sin embargo, lo que hace que se nos caliente la sangre y llegue al punto de ebullición son las palabras de la persona que se supone estará ahí para defender al pueblo.

Indigna ver la arrogancia y la indolencia con la que se refirió a los asesinatos de periodistas en este país. México es uno de los países más peligrosos para ejercer el periodismo. Elevar la pluma y emitir una opinión nunca había sido tan riesgoso. Hay gente que ha empeñado la vida y la ha dejado en prenda. El oficio ha cobrado y el cobro no ha sido dulce: muchos han sido asesinados frente a sus familiares, delante de sus hijos, mientras llevaban a los niños a la escuela, iban a hacer la compra o caminaban en la calle. México fue calificado por la organización Reporteros Sin Fronteras como el país sin guerra más peligroso para ejercer el periodismo, sólo por detrás de Afganistán y Siria.

México tiene el lugar 144 de 180 entre los países de la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa 2019. Según datos de la organización defensora de los derechos de periodistas, 99.3% de los asesinatos de periodistas no se investiga de manera exhaustiva, imparcial y objetiva. Es decir, si un periodista es asesinado, lo más probable es que su crimen permanezca impune. Hay necesidad de poner el dedo en el renglón y si la persona que debe ejercer el rol de defensora muestra tan poca sensibilidad, ¿qué se espera? No vemos un futuro muy agradable. Parece que nos estamos topando con una piedra en el camino.

¿Han asesinado periodistas? puede leerse como una pregunta cínica, estúpida o que proviene de una mente que está desconectada de la realidad. Muchos tratarán de justificarla y dirán que se puso nerviosa y no supo que decir. Pero, como lo dice la Ley de Murphy: Cuando algo

puede salir mal, seguro saldrá peor. “O sea, no. Yo he visto y lo que pasó en otros sexenios”, remató Piedra. Con esa costumbre aleccionadora de la 4T, en la que todo sucedió antes y lo de ahora no pasa, no es mi responsabilidad, no es mi culpa. Es muy triste ver que esa es la postura de la persona que deberá defender a las víctimas.

Más allá de posturas políticas, de filias y fobias queda el dolor de las víctimas y la poca esperanza que hay de que esos crímenes vayan a tener justicia. La impunidad es lo que está descomponiendo el tejido social y lo está acabando. La relevancia de la ‘0mbudsperson’ es que su papel es velar por las víctimas y pelear por la salvaguarda de sus derechos. Para ello, hay que tener en el radar a las personas que padecen. Lo menos que podemos pedirle a la persona que funja como titular de la CNDH es sensibilidad al dolor y empatía, no posturas defensivas y discursos doctrinantes.

Rosario Piedra Ibarra le hace honor al apellido paterno. Se ha convertido en una piedra en el camino de muchos: de las víctimas en general, de los periodistas en particular, de la 4T en específico y del presidente López Obrador en concreto. Hay que cuidar el andar para poder avanzar en el camino.

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Cecilia Durán Mena

Una extraña visita

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Una extraña visita

La vistita que este miércoles hizo el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se puede calificar como extraña. La agenda del día en Washington no ofreció razones que nos aclaren por qué era necesaria esta visita, sobre todo en medio de circunstancias tan curiosas: una pandemia, un festejo trilateral al que sólo atendieron dos mandatarios. Y, no nada más ello, sino las actividades que el mandatario mexicano eligió al estar en la capital del país anfitrión.

También es extraña, porque, para fortuna de propios y extraños, el presidente Trump fue moderado y aceptablemente amable. Se reunieron, hablaron y se sonrieron. No se hizo una oportunidad para que López Obrador se reunira con legisladores demócratas o grupos inmigrantes. En vez de eso, AMLO se dispuso a colocar una corona de flores en el monumento a Abraham Lincoln y en una estatua de Don Benito Juárez. Su reunión con Trump en la Casa Blanca fue orquestada meticulosamente, tal como lo haría un wedding planner: diseñada para crear la atmosfera ideal de una sesión de fotos para celebrar el inicio del T-MEC, el nuevo tratado de libre comercio entre México, Estados Unidos y Canadá, que ha reemplazado al TLCAN.

En ese ambiente, la intervención de López Obrador se orientó a agradecer a Trump por su amabilidad hacia México —lo que nos hizo levantar las cejas—, una afirmación realmente extravagante dirigida a uno de los presidentes más xenófobos de nuestros tiempos. Lo que ganó el líder mexicano con esta visita podría seguir siendo un misterio, pero Trump con seguridad utilizará la ceremonia de firma de este miércoles como parte de su campaña electoral.
No se trata de regatearle a López Obrador el hecho de que fue tratado por Trump con cordialidad y entender que verlos cerca, diciendo palabras bonitas, ayuda. ¿Cómo no va a ayudar andar de luna de miel con el mandatario de los Estados Unidos? Pero, ya sabemos que este hombre es veleidoso y puede tronar contra México en la primera oportunidad que se le presente. Fue bueno verlos brindar y decirse palabras lindas, aunque a la distancia luzcan huecas y un poco falsas.

El hecho de que Lopez Obrador haya decidido visitar a Trump, nos puso nerviosos. Llamó la atención que haya ido hasta allá para alabarlo personalmente y regocijarse por un tratado comercial que ya está en vigor —en medio de una crisis sanitaria y una campaña presidencial. Las cosas claras, le fue bien, pero no es la señal de heroísmo, que algunos lisonjeros de AMLO repiten, tampoco creo que haya sido un acto de capitulación. Se vale que en democracia todo sea sonrisas y caravanas. Ya veremos lo que viene después.

Tampoco creo que López Obrador haya desperdiciado una oportunidad para confrontar a un hombre al que ha criticado, desde lejos, por años. Ni modo que hubiera ido a reclamarle a Trump por sus políticas antiinmigrantes. Tampoco creo que hubiera sido apropiado que le regalara el libro en el que recopiló esos discursos apasionados que llamado Oye, Trump, en el que calificó al muro fronterizo de como “un monumento a la crueldad y la hipocresía” y comparó la retórica antimexicana del gobierno con la Alemania nazi. Los dos saben ser groseritos y se contuvieron, menos mal.

No se mostró nada de esa bravuconería en la Casa Blanca. Por suerte, ganó la prudencia y se prefirió dar elogios. Los simpatizantes de López Obrador probablemente alegarán que este cinismo es, de hecho, una inteligente estrategia de pacificación. Los detractores pensarán que la sumisión nunca es buena diplomacia.
Esta extraña visita resultó bien, porque no se regresaron con cajas destempladas. A López Obrador le fue bien con Trump, le fue mejor que a muchos otros mandatarios que se han quedado peinados de raya en medio por los sofocones que les dio el presidente de los Estados Unidos.

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Cecilia Durán Mena

El viaje del presidente

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El viaje del presidente

Es difícil de entender, pero, por fin el presidente López Obrador decide hacer su primer viaje internacional. De todas las oportunidades que tuvo, eligió una de las oportunidades más extrañas y logró algo que no se había dado antes en todo su mandato: hermanó el sentimiento de chairos y fifís, de liberales y conservadores. Todos tenemos un miedo razonable de que el anfitrión no trate bien a su visita. Y, no es para menos, ya conocemos que Donald Trump no tiene miramientos y que se le puede ocurrir que la presencia de su homologo le sirva para hacer una de las suyas.

Resulta complicado concebir los porqués de la elección de López Obrador, que pudo haberse inaugurado en esto de los viajes internacionales en escenarios más amigables, en donde además pudo haber convivido con otros mandatarios, en ocasiones que fueran más lucidoras y neutrales. Pero, ya sabemos que a AMLO le gusta la adrenalina y eso de hacerle cosquillas al tigre, le da risa. Ojalá no me lo dejen con cajas destempladas.

Cuando algo no se entiende bien, a mí me da por desconfiar. Y, sin duda es sospechoso que el motivo de la reunión sea la celebración de la entrada en vigor del TMEC, porque el tratado des tripartita y en el festejo el mandatario canadiense estará ausente. Por supuesto, uno se pregunta ¿por qué Justin Trudeau no va a ir? Seguro se enteró de que. además de dialogar sobre el tratado que sustituye al antiguo TLCAN, el Presidente López Obrador también expondrá temas inherentes a los intereses del país, al tiempo que pedirá un trato respetuoso hacia los migrantes que residen en la Unión Americana. Buena suerte con eso, dirá. Allá que se hagan bolas ellos solitos, mejor yo después voy a México.

Por eso, andamos mortificados, lo mismo los adoradores del presidente que sus críticos acérrimos. Y, no es para menos. Donald Trump anda tiene sus necesidades, le urge hacer campaña y el horno no está para bollos. Con el Covid19, el mundo del espectáculo anda alicaído y las artimañas que lo llevaron a la Casa Blanca no le servirán como estrategia esta vez. Hay casas encuestadoras que le ven un triste pronóstico a las pretensiones del actual presidente de Estados Unidos para reelegirse. Y, así las cosas, debe estarse devanando los sesos para ver qué se le ocurre que sea mediático y contundente para volver a atrapar el cariño de sus electores.

En esta condición, hay preocupaciones sobre el viaje del presidente López Obrador a Estados Unidos. Vemos a Donald Trump como un gato goloso que se está relamiendo los bigotes. Claro, sabemos que el presidente mexicano no es una blanca palomita y que tampoco es un corderito que camine alegremente a la boca del lobo. Pero, se nos alborotan los nervios de pensar lo que puede suceder. Dicen por ahí: piensa mal y acertarás. ¿Qué nadie en el grupo de asesores del AMLO ha pensado en esas posibilidades?

Se ve complicado el programa de los mandatarios no tenga puntos de rispidez. Que se circunscriba a llevar ofrendas a los monumentos de Abraham Lincoln y Benito Juárez en compañía de Donald Trump, mientras que, por la tarde-noche, ambos se sienten a platicar festivamente en la Casa Blanca y se dediquen a echarle porras al futuro glorioso del TMEC. Ni que no los conociéramos. Sin embargo, ese es el plan. López Obrador tomará un vuelo comercial, en un vuelo que lo conducirá a Washington, en el que irá con una comitiva que en otros años era vista como la plana mayor.

Y, allá estará dos días que espero pasen rápido y en forma tersa. Que se den los festejos y que todo vaya como está previsto. Porque, para este viaje del presidente López Obrador, todos tenemos los mejores deseos, sin importar de qué lado de la línea nos encontremos. Y, también hay que decirlo, sin importar nuestras diferencias, hay preocupación de que las cosas no resulten como e

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Cecilia Durán Mena

Insensibilidad y poder

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Insensibilidad y poder

Una de las quejas más recurrentes que los gobernados le hacen a sus gobernantes es la lejanía. Los reyes que habitaron en castillos majestuosos rodeados por un foso con agua, marcaba la separación entre los de aquí y los de allá. Hubo monarcas que lo llevaron a un grado mayor, pusieron distancia y se fueron a vivir lejos: El Rey Sol se fue a Versalles, Pedro el Grande se fue a Peterhof, María Teresa de Austria construyó el castillo de Praga a donde se fue a vivir la reina Sisi, lejos de Viena, donde no era amada y se refugió en la capital checa que la adoraba. La hija más joven de la emperatriz de Austria se casó con el delfín de Francia y tampoco fue amada, el pueblo francés la guillotinó por sentirla frívola y lejana. El pueblo es sensible a esa lejanía y la condena. Sucedió en aquellos tiempos y sigue pasando ahora.

El papel de las esposas de los mandatarios es complejo y las de los presidentes mexicanos es difícil. Se les recuerda sus desaciertos, se les juzga por sus defectos y sus mejores fortalezas radican en su discreción y falta de protagonismo: calladitas se ven más bonitas. En la Historia de México tenemos una colección de desaprobaciones a estas mujeres: las que no se visten bien, las que se peinan mal, las que son feas. Hay ejemplos de críticas duras por su falta de sensibilidad: a Marta Sahagún —esposa de Vicente Fox— la exhibieron por la compra de unas toallas de precios exorbitantes, ¿por qué se secan las manos con materiales tan caros? Ni hablar del chaparrón que se le vino a Angélica Rivera —esposa de Enrique Peña mientras estuvo en el cargo— por la explicación que dio sobre la Casa Blanca, se le despreció por dar la imagen de un apersona distante y ordinaria. Fallaron porque no mostraron sensibilidad al pueblo mexicano.

Por eso, no debiera sorprendernos que las redes sociales se le vinieran encima a Beatriz Gutiérrez Müeller quien ha ido deslizándose como en un tobogán desde que su marido se convirtió en presidente de la República. Se le percibe dura, ajena, distante. La imagen que le han querido dar de intelectual y de académica no ha sido respaldada por la percepción pública. Se la ve perchada al brazo de su marido, pronunciando palabras rasposas, que muchos recibieron como ofensivas, emitiendo declaraciones que se escuchan fuera de límite —y bueno, eso de pintar caracolitos tampoco le ayudó mucho—, se le ve panfletaria en vez de ser una persona empática. Hay veces que las palabras que no son pronunciadas son mejores.

Es cierto que las condenas que ha recibido parecen estridencias, pero ella las inflama cuando, en vez de retractarse se vuelve a pronunciar acogiéndose a la figura de su esposo. Falla quien está aconsejando a la señora con respecto a su imagen. Da la impresión de que quieren apagar el incendio echándole gasolina al fuego. Y, para atizar más la lumbre, busca simpatía arropándose en una imagen victimizada sin darse cuenta de que, desde el poder, ella ya no es víctima. Que alguien les explique que en el ejercicio del gobierno no pueden recurrir a los mismos mecanismos que cuando estaban en campaña.

Beatriz Gutiérrez Müeller está dando la impresión de ser dura y de tener la sensibilidad de una piedra. Esa es la construcción personal con la que se presenta al mundo. Sin empatía frente a familiares de niños con cáncer, sin tolerancia para los que piensan distinto a su marido —no a ella, porque sus forma de pensar está totalmente eclipsada, obnubilada—, se le ve una actitud palaciega —esa que tanto critica de los adversarios de su esposo— y esta percepción de no ser una persona fácil, se refleja en las redes sociales en donde no media ningún tipo de filtro ni protección. Ahí, no valen los fosos que se cavan alrededor de los palacios en los que habita el círculo que detenta el poder.

Ni modo, no puede pedir lo que no da. Si ella no es amable no puede exigir que lo sean con ella. Por supuesto, no es de sorprender. Los discursos de odio y de división tienen estos frutos. No le podemos pedir peras al olmo y se ve que ella, no es una perita en dulce.

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