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Cecilia Durán Mena

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La diferencia entre un sueño y una meta

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La diferencia entre un sueño y una meta

La teoría administrativa nos enseña que la diferencia entre un sueño y una meta es un plan. El plan es la ruta que debemos seguir para llegar, desde el punto en el que nos encontramos, al lugar al que queremos llegar. Un sueño se va transformando en meta, cuan-

do somos capaces de prefigurar con claridad aquello a lo que aspiramos, cuando planeamos, organizamos recursos, integramos talento, coordinamos esfuerzos, evaluamos posibilidades y controlamos las desviaciones. En ese camino, no se avanza por que la aspiración sea alta, buena, noble o deseable, sino porque se reúnen los elementos para darle viabilidad. El problema con la 4T es que nos vendieron muchos sueños y muchos de ellos, por más fantásticos que sean, son irrealizables.

Las promesas de abrazos, no balazos; de salud universal y gratuita; reconciliación automática y fin de las penurias endémicas, son esperanzas que todos los mexicanos queremos ver hechas realidad. Hablar de un país en paz, en el que la violencia se sustituye por armonía, en el que tendremos un sistema de salud como la que tienen los nórdicos es un anhelo similar al que tiene un niño cuando imagina que podrá saltar de un balcón y volar como un súper héroe. El tema es que muchas de las promesas de campaña de López Obrador se están convirtiendo en enormes deudas ahora que ya es presidente.

El prometer no empobrece, el cumplir es lo que aniquila. Las voces que advertíamos que tanta buena intención se iba a topar con la dureza de la viabilidad, se veían con desprecio. La duda se valoraba como un ataque. Y, aunque hay factores positivos en el escenario, hay otros donde el caos impera y donde tanta buena intención y discursos edulcorados, ahora saben a demagogia. La administración lopezobradorista desdeña la planeación y se lanza alegremente a la ejecución de las ideas sin que haya un análisis previo que les permita reconocer riesgos y debilidades o admitir fuerzas y oportunidades. El derrotero que se marca es binario: si algo viene del pasado está totalmente mal y lo nuevo es bueno. La realidad despedaza la ingenuidad y los pobres son los que pagan las consecuencias. Para muestra está la realidad que vive el Insabi, entre tantas otras.

El tema de la salud se convierte en una deuda dolorosa. Al son de “por el bien de México, primero los pobres”, tendemos una cobija que destapa a los que más lo necesitan. La desaparición del Seguro Popular es una de esas ocurrencias que provocó desabasto de medicamentos, enfermos rechazados en hospitales del sector público, pacientes con cáncer que no recibieron sus tratamientos, cambios de medicinas porque no se cuentó con la adecuada y un sinfín de molestias y fatigas para personas que no tienen tiempo para ver como la 4T rompe y recompone algo que les estaba funcionando. Si el Seguro Popular era pura robadera, como lo afirma el Ejecutivo, no me imagino lo que será ahora que todo es un batidillo en el que impera la desinformación. A río revuelto, ganancia de pescadores y ahí nos vamos.

El problema de la improvisación no es que los anhelos sean despreciables. El caos se genera cuando no se valoran los caminos para hacer realidad un sueño. En todo este desorden y falta de planeación, tanta improvisación nos trae como desenlace que esos sueños que son buenos anhelos, se convierten en pesadillas. Si no se siguen los caminos adecuados, este gobierno queda como ese niño que extiende los brazos al aire y quiere salir volando para aventarse del balcón de su casa.  ¿Lo vamos a animar a hacerlo?, eso es lo que los porristas del régimen no se han puesto a analizar.

Hay otro niño que quiere jugar con su trenecito. Saca los rieles de la caja, se toma el tiempo de ponerlos uno enseguida del otro, forja una ruta y cuando tiene todo listo, encarrila los vagones y echa a andar su ferrocarril. Si se aburre de ese circuito y quita el tren de ahí, sabe que por más que grite o espere pacientemente, el tren no se va a mover si no pone un nuevo circuito de rieles. Sabe que debe acomodar todo para que su juego pueda funcionar.

El niño del ferrocarril está planeando, se toma el tiempo para construir una estructura para llegar a la meta. El niño que quiere volar está soñando, y muchos estaremos de acuerdo que sería tan lindo verlo volar. Pero, ya sabemos lo que pasa cuando soñamos en vez de planear.

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Cecilia Durán Mena

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Vaciladas

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Vaciladas

La semana apenas ha gastado unos cuantos días y el saldo de desgracias en el país nos quita el aliento. El Fondo Monetario Internacional sostiene que la debilidad de la inversión afecta el crecimiento y bajó el pronóstico aún más; Pemex sufre sabotaje; asesinatos ha habido muchos y por diversos motivos: una activista promotora de los derechos de la mujer, un grupo de músicos, la violencia avanzando como Pedro por su casa en todos los rincones de esto que solía ser el cuerno de la abundancia y en Palacio Nacional andan vacilando y muertos de risa.

En la indignación, muchos analistas han optado por no hablar de la mayúscula vacilada que representa la rifa del avión presidencial. Ni hablar de los festejos de López Obrador a los memes. André Bretón –padre del surrealismo- debe estar revolviéndose de felicidad en su tumba, ni en su mejor expresión de fantasía hubiera podido imaginar algo como lo que en verdad está pasando en México. En el grado de estridencia de los fanáticos lopezobradoristas, la razón pierde sentido y aplauden entusiasmados que el titular del ejecutivo haya tenido tan gran idea –ya andan haciendo vaquitas para comprar boletos de la rifa- y los efluvios de aceptación marean a quien debiera estarse ocupando de resolver los agobios de esta atribulada nación.

Sin embargo, al observar la risa de AMLO hay un dejo de amargura. Imagino la frustración que debe de sentir al estar sentado en esa silla que tanto anheló y darse cuenta que, efectivamente, los toros no se ven igual desde la barrera. El reloj marca las horas y no baja la velocidad. Seguro ya se dio cuenta de que no le va a dar el tiempo para hacer todo lo que se planteó hacer. Debe ser terrible advertir que para transformar México y convertirlo en un lugar de paz y prosperidad no alcanza con sueños loables: hay que tener un plan viable. No parece haberlo.

Las formas de la 4T se arman con ocurrencias y luego que ven los resultados, les gana la risa. Mejor reír que llorar, imagino que dirán. Pero, a mí no me da risa enterarme que la noche del 16 y la madrugada del 17 de enero pasados, alrededor de 150 sicarios atacaron el poblado de Las Pomas, en el municipio de Madera, Chihuahua. Quemaron casas y varios vehículos; que hubo pobladores lograron a huir, y que otros no tuvieron tanta suerte, aparentemente, fueron secuestrados por los sicarios. Todo esto sucedió cerca de donde fueron atacados las mujeres y niños de la familia LeBarón en la frontera de Chihuahua y Sonora.

Tampoco me dan ganas de vacilar al enterarme de que ahora la moda de las bandas de criminales es la destrucción completa de pueblos que acaba con vidas con vidas, patrimonio, arraigo, e historia. La situación es tan grave que pareciera que no sabemos cómo anticiparnos a la maldad: nadie se enteró, ninguna inteligencia lo pudo prever, nadie pudo perseguirlos. No es motivo de bromas que la impunidad sea la reina en territorio nacional.

Como si el batidillo que traemos dentro no fuera suficiente, tenemos a migrantes aporreando las puertas fronterizas y para cumplir con los compromisos hechos con nuestros vecinos y socios, desplegamos la Guardia Nacional en la frontera sur para no dejar pasar a nadie. Ni país de tránsito ni de refugio ni nada, aquí no pasarán. Mientras los que nos debieran estar cuidando andan jaloneando a mujeres y niños, México se convierte en cenizas.

Y mientras nos traen a punta de vaciladas, por ahí corren iniciativas que quieren acabar con derechos fundamentales que buscan legitimar los golpes de autoridad y los manazos en el escritorio. En esta fiesta de colores, en la música de fondo entre tambores y timbales, parece escucharse la voz de Celia Cruz que dice: “No hay que llorar, hay que reír que la vida es un carnaval”. La 4T obedece y sus carcajadas nos ponen los pelos de punta. No concebimos semejantes tomaduras de pelo.

Sí, es posible que las mentes críticas y serias tengan razón: no hay que poner atención a las vaciladas del señor presiente y su avión presidencial. En su actitud, va implícita una advertencia: nos están tendiendo una cortina de humo. Nos quieren jalar la atención, porque mientras vemos lo que hace la mano, perdemos de vista lo que hacen atrás.

Vamos a decirlo claro, esas vaciladas no dan risa.

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Cecilia Durán Mena

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Soledad

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Soledad

Frente a tantos cambios tecnológicos y tantos avances de la ciencia, en un mundo hiperconectado en el que tenemos casi de todo al alcance de nuestros dedos, no deja de sorprenderme que el ser humano contemporáneo esté cada vez más solo. En una especie de catatonia provocada por las pantallas, pasamos de largo frente a la viuda que vive al lado, nos olvidamos de decirle buenos días al señor de la tienda de la esquina, pasamos de largo al toparnos con un anciano, dejamos de escuchar al niño y nos olvidamos de lo próximo, de lo que tenemos al lado para perdernos en un mundo electrónico.

En esa distracción, fijamos la mirada en la pantalla y caminamos por la calle sin enterarnos de nada, cruzamos las avenidas sin ver si el semáforo está en rojo o si el claxonazo del conductor nos quería advertir que estuvieron a punto de atropellarnos. O, peor aún, nos ponemos frente al volante y en la era en la que tenemos la opción de hacer muchas cosas al mismo tiempo, mandamos mensajes y nos distraemos mientras pisamos el acelerador.

Abandonamos nuestro aquí y ahora en pro de una satisfacción similar a la omnipresencia. Por supuesto, todo tiene sus consecuencias. La soledad es uno de los problemas graves de nuestros días. Uno pensaría que en México ese no es un problema. El carácter fiestero, dicharachero y cálido que tenemos los mexicanos, las estructuras familiares que tienen lazos tan fuertes, la colección de parientes, primos, amigos, cuates y conocidos nos llevaría a creer que estamos acompañadísimos. Sin embargo, no es así.

Poco a poco, el abandono va permeando y los primeros en padecerlo son los más pequeños. Las generaciones jóvenes que fueron criadas con tecnología, cuya nana fue un dispositivo —generalmente un teléfono celular— para que no llorara, no diera lata, para que se quedara quieto, hoy enfrentan problemas de relacionamiento en las escuelas. Cada vez es más frecuente ver a niños que se sientan en el recreo a ver sus pantallas, en vez de salir a perseguir una pelota o a jugar con sus amigos.

También el abandono le pega a los viejos. Abuelos que están solos y que, en muchas ocasiones, pasan días y semanas sin pronunciar palabras porque no tienen nadie con quien hablar. Los ancianos y los niños no tienen la exclusividad, también adultos encuentran difícil relacionarse y encontrar compañía para ir a tomar un café, para salir al cine y es más fácil refugiarse en el sofá de la casa, encender la pantalla, abrir una aplicación y ver cualquier cantidad de series que están a disposición. Salir a leer a un parque es algo decimonónico que a pocos se les ocurre. Y es que, traspasar el umbral de las casas es cada vez más evitable. Podemos trabajar desde la sala, pedir que nos traigan la compra, las medicinas, la ropa. La grandeza del mundo se puede admirar en los metros cuadrados de nuestra habitación. El problema de soledad es tan grave que en Gran Bretaña hay un ministerio que ese dedica en exclusiva a atender a personas que no tienen compañía.

¿Y, qué tipo de soluciones estamos implementando? En la exposición de tecnología que cada año se lleva a cabo en Las Vegas, en la que se pueden ver los avances y tendencias —es una especie de ventana al futuro—, se presentó un robot con características humanoides. Es una especie de muñeco de dimensiones similares a las de una persona de carne y hueso, con rasgos faciales que se mueven como lo haría un humano, que platica, con capacidades de entablar una conversación, de acordar y discernir, además de recordarte si ya te toca la pastilla o se está a punto de vencer el plazo para pagar la tarjeta de crédito. Curioso, el problema que generó la tecnología, se propone resolver con más tecnología. Por supuesto, la solución tiene doble costo: el que se paga con pesos y centavos y el de seguir fomentando la soledad.

Tal vez, sería más fácil y efectivo, sonreírle a la viuda, darle los buenos días al tendero de le esquina, preguntarle al anciano qué tal está, escuchar al niño, dejar de lado nuestros dispositivos electrónicos y retirarnos del mundo virtual —un poco, al menos— para empezar a ver y disfrutar el de la vida en la que se pueden sentir los abrazos.

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Cecilia Durán Mena

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Porosidad

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Porosidad

La actualidad nos presenta un desafío para el que tenemos que estar a la altura. Tenemos que recomponer el tejido social. Alguna vez escuché decir al Dr. Carlos Llano que para poder comprender los problemas que afronta la sociedad de nuestros días, necesitamos clarificar algunas cuestiones que están profundamente desdibujadas. La coladera con la que se separan los hechos tiene la trama tan porosa, que ya no distinguimos dónde se debe clasificar lo que es bueno y justo y lo que no lo es. Si admitimos que el relativismo revestido de imparcialidad es una especie de espejismo de neutralidad, ya nos vamos entendiendo. Una veleta se mueve conforme el viento le da dirección, buscamos ser tolerantes, prudentes y acabamos siendo indiferentes. Pero la indiferencia no es una posibilidad ni la imparcialidad es la única perspectiva –ni la mejor- para enfrentarse al pluralismo que siempre nos plantea problemas éticos.

Hay maneras inteligentes de contar con una ética sólidamente construida, sin menoscabo de la libertad y el pluralismo. Nos hacemos bolas, nos confundimos y no sabemos por dónde empezar. El punto de partida ha de ser la persona. Más allá de nuestras diferencias, existen ciertos elementos que nos acercan y nos resultan comunes: tenemos raciocinio, somos capaces de amar, recordamos y poseemos reconocimiento dialógico. En la policromía de la humanidad subyace el autodominio de cada persona y el afán que tiene por hacer las cosas bien. Según Platón, quien hace mal, lo hace porque piensa que es bueno para él, que sus hechos le traerán un beneficio. Por eso, un ratero roba, un infiel miente, un asesino arrebata la vida, un copión no estudia o un vicioso se justifica. ¿Qué tanto es tantito?

Cada individuo tiene una identidad única e irremplazable que lo hace ser particular e irrepetible. El respeto a esta individualidad no debe llevarnos a una relatividad profunda, como si cada persona perteneciera a mundos diferentes y aislados: astronómicamente opuestos. No es así. Si ese fuera el caso, las exigencias de solidaridad, los deberes del ciudadano, las exigencias de la naturaleza, la vida en sociedad, se darían a la forma y al leal saber y entender de cada uno, incluso al punto de que las obligaciones puedan ser esquivables. Hay fronteras entre lo que está bien y lo que está mal.

La postura porosa que pretende hacer una ética de razonamiento y no de principios está entrando en un callejón sin salida. Al huir de los valores, abrimos huecos tan amplios que vulneran el tejido social en primera instancia y llegan a nosotros, como aquel insensato que escupió al cielo y se quedó ahí, mirando y esperando el resultado de su hecho. Tanto Platón, como Agustín de Hipona, marcan imperativos éticos que fungen como señales en el camino que alertan al individuo si extravía el rumbo o si va por la ruta correcta.

Si borráramos estos imperativos éticos de un plumazo, sucedería lo mismo que si quitáramos las señales en una autopista. Si los relajamos, es como cuando nos olvidamos de remarcar la línea que delimita los carriles. ¿Es posible avanzar? Sí, pero se vuelve más difícil y lo que se convierte en algo fácil, es perderse, exceder los límites de velocidad, dar una vuelta incorrecta. Si los señalamientos son auxiliadores de quien emprende un camino, los valores éticos sirven como potenciadores de la calidad humana. El problema viene cuando sentimos que nuestros valores son límites que nos restringen y nos empequeñecen.

Buscando un símil, los imperativos éticos son como una especie de manual de instrucciones. Estas indicaciones nos ayudan a hacer el mejor uso posible del artefacto. ¿Podemos hacerlo funcionar sin haber leído el manual? Sí, de hecho, esta práctica se ha generalizado. Por eso, suceden una de dos cosas: o no le sacamos el mejor provecho posible –lo subutilizamos- o lo terminamos descomponiendo.

En estas épocas en las que no entendemos cómo erradicar la corrupción, cómo parar la violencia, cómo defender a nuestros jóvenes, las palabras del Dr. Llano me mueven a reflexionar. Expresar convicciones éticas individuales y relativas, además de atentar contra la intimidad de mis semejantes –que tendrían todo el derecho de expresar las propias-, nos lleva a construir una sociedad individualista y que se amolda al son que mejor le acomode, sin tomar en cuenta el bien común. Lo relativo no se convierte en universal.

El comportamiento individual no aplica un rasero diferente si estoy hablando con mis hijas ni si me encuentro frente a mi jefe o si se trata de un médico, un cura o un político. La porosidad se sostiene en la doble moral que nos evita asumir decisiones comprometidas con aquello que sustentamos como valores. Esta forma de obrar le rompe al hombre la unidad de vida.

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