El fin de la era de Trump

Los votantes estadounidenses decidieron. Se dio batalla, una dura batalla y después de una carrera muy pareja, de un escrutinio minucioso y de una larga espera se conoció el veredicto. Joe Biden logró los 270 votos necesarios para ser presidente de los Estados Unidos de América. La decisión del electorado abre una nueva etapa para la vida del país de las barras y las estrellas en particular y para el mundo en general. 

Se da carpetazo a la era de Donald Trump, un hombre que siendo todavía el presidente de los Estados Unidos se quedó solo, sin el apoyo de su partido ni de los medios de comunicación que tradicionalmente lo apoyaron. No parece que vayan a prosperar los intentos que se hacen para deslegitimar el conteo de votos. Ni modo, lo que no se ganó en las urnas, no se logrará en los tribunales. El panorama se complica para un hombre que no admite con pundonor el fracaso.

Por supuesto, ya lo sabíamos, Donald Trump no acepta la victoria del candidato demócrata ni reconoce que Biden lo supera por una diferencia que es ya irreversible. Ganaron los demócratas y perdió en actual presidente. Sigue en la necedad de ir a dirimir su continuidad en el poder con argucias legales. Se acaba la era de la cachaza, de la boca floja, de la verdad a medias, de las divisiones que se forjan con certezas mal cocinadas, con mentiras flagrantes y con cinismo rampante. 

El camino que falta por recorrer desde hoy hasta el 20 de enero en que se debe de dar la transmisión de poder, parece largo. Nos atemoriza pensar en lo que sucederá –ya está sucediendo-, si Trump no tiene la grandeza de miras para aceptar lo que ya es un hecho: perdió. Es uno de los pocos presidentes de los Estados Unidos que no logró reelegirse. Es el primero que sigue dividiendo a una nación que queda fracturada después de años de escuchar discursos de odio. 

En la era de Trump, el nepotismo fue un sello de la casa. En estos años, atestiguamos despidos, dimisiones, ceses, principalmente de aquellos que trataron de llamarlo a la cordura. Vimos a un presidente de los Estados Unidos mentir mientras estaba rodeado de los símbolos nacionales. No podíamos creer que un mandatario expresara ideas tan ofensivas para las mujeres, que insultara tanto a los latinos, un supremacista blanco que no tuvo pudor para disimularlo, un hombre que le dio la espalda a la verdad, un vociferante que usó todos los medios a su alcance para exhibir su estatura moral, cultural, diplomática y política. Nunca un hombre tan alto lució tan pequeño. 

El legado de Donald Trump es una sociedad dividida por las verdades a medias y por las falsas noticias. Muchos de sus simpatizantes escucharon estas insolencias y las creyeron como si fueran palabras de oro. Un hombre que se subió a los cuernos de la luna y se mareó. Un personaje que se burlaba de los perdedores y hoy está paladeando los frutos amargos que brotaron de las semillas que sembró. Sin embargo, uno de los legados que deja esta era es haber expuesto la forma en la que la mitad de la población de Estados Unidos piensa y siente. Atestiguarlo, no deja de ser triste e intrigante.

Con Trump, se descorrió el velo de la segmentación de un país que repudió la diversidad, cuando antes era su fuente de mayor riqueza. Los Estados Unidos le dieron la espalda a aquello que les daba identidad, repudiaron al migrante, cuando ellos son una nación que se forjó a partir del esfuerzo y del trabajo de manos que llegaron de fuera para hacerla grande. Dividió y ganó, pero no por mucho tiempo.

El actual presidente de los Estados Unidos desperdició la oportunidad histórica que se le presentó en bandeja de plata. Su cortedad de miras y sus aspiraciones tan inmediatas lo llevaron a convertirse en el hombre antorcha que, en vez de brillar, se incineró gracias a la mecha tan limitada con la que siempre se condujo. Así, hoy Donald Trump está a las puertas de la Casa Blanca y ojalá esté haciendo las maletas y salga con elegancia de un espacio que le quedó grande. Veremos.

Joe Biden no tiene un panorama sencillo, el legado de su antecesor es grande, es grave y no es glorioso. Se acaba la era en la que se privilegió la promesa facilona, la mentira flagrante, el cinismo y la frivolidad como sustentos de una forma de gobernar que hizo mucho daño a los Estados Unidos y al mundo en general. Dicen por ahí, que cuando veas las barbas de tu vecino cortar, hay que poner las tuyas a remojar, ¿verdad?