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Cecilia Durán Mena

Las ventanas

¿A quién le echamos la culpa?

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¿A quién le echamos la culpa?

Uno de los factores de éxito de cualquier proyecto es la oportunidad en la ejecución. Para convertir esta encrucijada en una ventana que triunfo, hay que tener la precisión de un relojero. En publicidad, la organización del tiempo y la previsión de eventualidades correspondientes a diversas fases de ejecución de una campaña es una tarea de altísima prioridad. Entender este concepto es vital para cualquiera que quiera aventurarse en estos terrenos. El imperativo incrementa su grado cuando lo que estás tratando de hacer es limpiar la imagen de un personaje o una corporación, más aún si se trata de un partido político y con mayor énfasis si estamos hablando de una institución como el PRI.

Por eso, se nos saltan los ojos y se nos quieren salir de las órbitas oculares al ver la nueva campaña del PRI. ¿En qué estarían pensando? Y la respuesta que nos llega es automática: no estaban pensando. Más allá de los memes, los chistes y las merecidas burlas, queda el regusto en el paladar, no es que no sepan lo que hacen, es que están tan escindidos de la sociedad que creyeron que semejante campaña era una buena idea.

En una especie de catatonia aislante, los priistas desestimaron las posibilidades del largo brazo de la justicia y se les olvidó que algunos de sus militantes están bajo la lupa y uno de sus integrantes le llegó el momento de quedar al alcance de la mano justiciera y lo agarraron. El arresto de Emilio Lozoya en España le estalló como una bomba al presidente del Comité Ejecutivo Nacional del PRI, Alejandro Moreno. Los pobres priistas se quedaron como Wile E. Coyote cuando al intentar atrapar al Correcaminos le explota el cartucho de dinamita y lo deja despeinado y con la cara llena de tizne.

En una primera lectura, se podría creer que fue la mala fortuna la que les jugó una broma pesada, pero todos sabíamos que andaban detrás de Lozoya y que sería cuestión de tiempo para que a esa capillita le llegara su fiestecita. Y, la frase: “El PRI es culpable de todo” se explica por sí misma, el público ya no tiene ni qué escuchar todas las culpas del partido tricolor, cada uno llena el espacio en blanco. Ni hablar, el respetable les da la razón y me imagino que habrá más de alguno que acaricie al gato y se muera de risa al ver la campaña priista.

El hastag #echalelaculpaalpri se convirtió en trending topic y bastaba ver la cara que tenían los integrantes del partido que salieron al control de daños. Me imagino que Murphy tuvo razón con su ley al sostener que cuando algo puede salir mal, no tengamos duda: saldrá peor. Y les salió pésimo. Los mexicanos que estamos puestísimos para andar haciendo chistes, no dejamos pasar la oportunidad, que dicho sea de paso, nos pusieron en bandeja de plata.

¿Que no hubo alguien que les advirtiera de los riesgos de salir con una campaña así, dados los peligros en el entorno? Habrá quien haya opinado que el que no arriesga no gana, y me imagino que también estuvieron listos para asumir el riesgo dado que las ganancias que esperaban podrían ser mayúsculas. Pero, no se pusieron a cuantificar los daños, ni dimensionaron adecuadamente sus posibilidades de éxito. Vamos a ver, no fue mala suerte: fue una pésima estrategia.

Según la teoría administrativa, lo primero que tenemos que preguntarnos al momento de gestionar un proyecto es cuáles serán las ganancias y cuáles los costos implícitos. Es decir, qué quiero lograr. Si lo que esperaban conseguir era la simpatía de los mexicanos y a partir de ello resurgir como el ave fénix, ya se vio que sus justipreciaciones estuvieron muy desviadas. Lo que fue el partido más poderoso del país por décadas, hoy se está deshaciendo como una pastillita efervescente en las profundidades de un vaso de agua.

¿A quién le echamos la culpa? Pobres, no hay como ayudarles. La respuesta tiene tantas posibles alternativas y los priistas ni cuenta se dieron. Escupieron al cielo y ni cuenta se dieron de que se quedaron quietos mirando el firmamento esperando lo que les iba a caer encima.

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Cecilia Durán Mena

Hombres de estado

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Hombres de estado

Siempre he dicho que nada es para siempre: ni las penas ni las alegrías ni el éxito ni el fracaso. La fugacidad es parte de la vida y nos gustaría que ciertas cualidades duraran para siempre, especialmente, el prestigio. Ya lo sabemos, para que las cosas duren, hay que cuidarlas: lo mismo lo material que lo intangible. Al enterarme que el rey emérito de España, Don Juan Carlos I decide irse a República Dominicana para respiro del Rey Felipe y descanso de muchos políticos, debo confesar que sentí tristeza.

Las monarquías siempre me ha parecido que sirven para la prensa del corazón y para muy poco más. Son símbolos que le aprovechan ciertos pueblos para mostrar sus delirios y sus encantos. Me gusta más la democracia tal como la define Thomas Mann: “la forma de gobierno y de sociedad que se inspira, por encima de cualquier otra consideración, en la conciencia y en la dignidad del Hombre”. Estas son palabras altas y no muchos tienen la talla para portarlas. Juan Carlos I por años fue un verdadero hombre de estado, la envestidura le quedo a la medida.

Juan Carlos I fue un monarca apuesto que concedía una elegancia desenvuelta a un país que venía una dictadura autoritaria, encarnada por un hombre chaparrito y un poco pasado de peso que no le gustaba viajar. El nuevo rey significó para España la transición entre lo local y la globalización. Le dio a los españoles mucho de lo que se necesitaba para transitar a un modelo democrático. Mantuvo la templanza ante el terrorismo en los peores años, tuvo buen trato con los socialistas y proyectaba una imagen cosmopolita y la opción monárquica libró grandes sinsabores con pundonor. Hizo un buen papel. Pero, lo dilapidó.

A finales de la década de los ochenta, dejó ver una especie de que su voracidad rayana en el mal gusto. La codicia no luce bien ni en los de sangre azul, los excesos son poco elegantes, las contradicciones se ven mal. Y, en estos últimos años ha habido desde escándalos de faldas, gastos excesivos, sin embargo, los peores fueron los rumores de corrupción. A la vejez, viruelas. Juan Carlos I fue un hombre que no supo conservar su prestigio. Manchó su imagen, las canas al aire dejaron de ser pecadillos veniales y sus faltas se convirtieron en pecados capitales que lo llevaron a una especie de autoexilio.

Es una pena, los españoles que vivieron esa transición deben estar sumamente desilusionados con este desenlace. Juan Carlos I y Adolfo Suárez fueron los artífices de la España moderna.  Le dieron estabilidad a un país que estaba en ebullición a la muerte de Francisco Franco y supieron hacer una operación de filigrana que concilió a los españoles. El rey emérito fue un hombre que mostró grandeza de espíritu, fue una figura honorable que sembró valores democráticos. Fue un hombre de estado.

Sin embargo, cuando un hombre de estado se deja seducir por la frivolidad, cuando sus palabras dejan de tener profundidad y se vuelven demagógicas, cuando permite que los bajos instintos humanos le dominen, inevitablemente se enfila al despeñadero y un tropezón basta para caer al barranco.

Es muy triste ver como se dilapida el prestigio. La confusión que lleva a escuchar esa voz melodiosa que confunde al sugerir el camino equivocado. Pero, así como el prestigio no dura para siempre, la intoxicación que obnubila la razón se acaba. Y, llega el momento de abrir los ojos y lo que resultaba un placer ahora es una molestia. Debe ser terrible darse cuenta del daño que se inflige uno a sí mismo.

Se va Juan Carlos I, rey emérito de España. Se aleja dejando detrás de sí una estela de consecuencias que le pegan en directo a su familia, a su hijo el rey y a todos los que creen en la monarquía. Se diluye una figura de hombre de estado. Y, mientras al otro lado del océano unos se van, aquí otros sonríen.

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Cecilia Durán Mena

Mientras nos dan circo

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Mientras nos dan circo

Mientras nos dan circo y nos seguimos divirtiendo con el espectáculo de tres pistas, la crisis va tomando velocidad y los temas económicos se convierten en problemas graves. Seguimos el hilo de los sucesos del pobre Emilio que tuvo que llegar a un hospital porque estaba desnutrido y tan malito que se le tuvo que internar, no fuera a ser que se nos pusiera más malo. No, eso sí que no, no sean así, hay que mostrar nobleza y darle una suite a la altura de su porte, hay que proveerle un brazalete, ¿cómo va a pisar la cárcel alguien que va a proveer información tan valiosa? Y, los que se frotan las manos y empiezan a salivar ante la promesa de lo que van a oír, tendrán que esperarse un rato. No creo que nos vayamos a enterar de mucho, nos irán soltando la información a girones para tenernos divertidos.

Lo malo es que en el mundo de la vida real, en el terreno que todos pisamos, la cosa se empieza a teñir del color de la hormiga. Somos el tercer país con las mayores afectaciones por el COVID: más de cuatrocientos mil contagiados y más de cuarenta y cinco mil mexicanos perdieron la vida batallando contra esta enfermedad. Las proporciones de lo que está pasando son de gran envergadura: el índice de actividad económica se encogió a veintiuno por ciento en mayo, la población económicamente activa ya es de sólo el cuarenta y seis por ciento, se han perdido más de un millón doscientos mil empleos en cuatro meses y hay doce millones de mexicanos que ni tienen trabajo ni ingresos ni apoyos del Estado.

Y, mientras las especulamos sobre lo que Lozoya va a decir y nos preguntamos a quién irá a embarrar, cada vez hay más mexicanos que salen a la calle a pedir limosna. El presidente López Obrador sabe que muchos ya están padeciendo los embates de esta crisis y trata de animar a la gente hablando de una recuperación que se oye fácil de alcanzar. No será así. No hay forma, hemos perdido mucho en estos pocos meses. Se ve que hay gran entusiasmo para vivificar los ánimos caídos, sin embargo, subestimar las implicaciones de la pandemia es peligroso. Se encenderán esperanzas y ya sabemos que si se vuela muy alto, la caída duele más.

La realidad es que no está fácil. Las empresas —grandes y chiquitas— padecen por sobrevivir. Las personas buscan la forma de estirar sus recursos mientras pasa la enfermedad. Hay una fantasía generalizada de que todo volverá a la normalidad pronto. Algunos sienten que todo estará bien cuando los laboratorios liberen la vacuna y la mayoría de los mexicanos creen que al pasar de un color al otro en el semáforo sanitario ya saltamos al otro lado. Basta ver como seguimos creciendo en número de contagiados y la gente insiste en no usar tapabocas, en salir, en reunirse, en andar de fiesta. Será porque México subestimó la gravedad de la pandemia.

No es de extrañar que los países que creyeron que dándole atole con el dedo a la gente, todo se iba a controlar. Pero los virus no entienden de política. Las naciones con más número de contagios tienen gobiernos populistas, qué curioso: Estados Unidos, Brasil, México y Gran Bretaña fueron negligentes —Boris Johnson sufrió las consecuencias en carne propia—. Aquí tanto López Obrador como López Gatell insisten en que la situación está controlada y uno se pregunta a quién quieren engañar si sabemos que los casos de contagio y las defunciones siguen creciendo.

Tal vez, mientras seguimos entretenidos con el espectáculo que nos están ofreciendo, tras bambalinas ya se tomaron decisiones. Así, calladitos, pareciera que la estrategia es dejar que la gente se contagie para salir más rápido del paso. Da la impresión que la apuesta fue a que tanto enfermo crearía una especie de inmunidad que nos sirviera como escudo y el golpe ha sido más fuerte de lo esperado.

Entonces, una forma de decir sana, sana, colita de rana es darle circo al pueblo. En la antigua Roma, daban también pan. Aquí, nos vamos enterando a girones de lo que le pasa al pobrecito de Emilio que anda malito y lo están atendiendo en el hospital, mientras millones de mexicanos nos ajustamos el cinturón.

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Cecilia Durán Mena

Lo que puede salir mal

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Lo que puede salir mal

“Si algo malo puede pasar, pasará”

Ley de Murphy

En el caso de Emilio Lozoya Austin, se está bordando fino. El entramado de abogados de primerísimo nivel, entre los que están el famoso juez Garzón y Javier Coello se han encargado de confeccionar las argucias legales necesarias para ayudar a su cliente y, por supuesto, entre ellas hay una clara negociación con autoridades mexicanas. El propio presidente López Obrador ha hecho referencia al trato que se le dará al exdirector de Pemex y los acontecimientos hablan por sí mismos. El señor está en un hospital privado recibiendo atención médica, a pesar de que el gobierno español asegura que de allá lo mandaron sano.

Este caso le viene al presidente como anillo al dedo, le cae en el momento preciso. La atención se aleja de los temas económicos, de la emergencia sanitaria, de la situación en las calles y pone el acento en los delitos del señor Lozoya que no son menores: operaciones de procedencia ilícita, asociación delictiva, cohecho y el escándalo que le da tema a la sociedad mexicana. Más que preocuparnos por la forma en que López Obrador está habilitando cada vez más operaciones a las fuerzas armadas, estamos especulando si Videgaray ésto, si Peña aquello.

Al presidente le llegó en bandeja de plata y en el momento oportuno el tema de Emilio Lozoya Austin que huele a corrupción por todos lados. Los hedores le salpican con sospechas asquerosas a priístas y a panistas. Ya andan corriendo con agilidad los nombres de implicados en esta podredumbre. Las cifras del dinero que se movió en aviones del ejercito en maletas deportivas le revuelve el estómago al más estoico. Negocios, concesiones, trámites, para todo hubo. En contraposición, los lopezobradoristas lucen prístinos.

Con Lozoya se enciende legítimamente la indignación. El dinero que se repartió no era de ellos ni es de los actuales. Se inflama la ilusión de recuperar lo arrebatado en momentos en los que se necesitan tantos recursos para reactivar a un país. Y, si bien es cierto que al exdirector de Pemex le falta mucho camino por recorrer, que el proceso apenas empieza y que la justicia no es tan rápida como el juicio mediático, si el Estado no maneja adecuadamente esta situación, el enojo del pueblo contra unos se puede tornar en desilusión otros. La corrupción es infecciosa y contamina todo.

Me parece que desde las filas del gobierno no se está apreciando el enunciado de la Ley de Murphy. Si el tema Lozoya no se maneja bien, hay muchas cosas que pueden salir mal. De hecho, ya está sucediendo. Uno no puede más que preguntarse ¿por qué está siendo atendido en uno de los hospitales más caros de México y no en alguno del sector salud? Si el hombre estaba enfermo, tiene derecho a servicios médicos, ni modo que no, pero el padecimiento que reporta no es para tenerlo tanto tiempo internado. Surgen las sospechas.

Si en España estaba sano —y si le creemos a los españoles—, ¿se habrá enfermado en el trayecto?, ¿será que no está enfermo? Y, más allá de contemplaciones están los hechos: un hombre que debe enfrentar un proceso penal no está en la cárcel. Las dudas brotan como hongos en un jardín mojado. Nos queda claro que Emilio Lozoya es sospechoso de formar parte de una cadena de cochupos internacionales y eso inflama la irritación nacional. En momentos en los que se enfrentan problemas graves en el país y de cara a elecciones intermedias, la coyuntura puede resultarle muy favorecedora al presidente López Obrador si mueve bien sus fichas. Pero, lo de ser testigo, en el formato que le quieran dar, saca chispas.

Desde luego, si esto se trabaja con descuido, improvisación y desaseo, lo que puede salir mal, va a salir peor, Murphy dixit. De corazón deseo que no sea así. No por una cuestión política sino por una de justicia. Los mexicanos nos merecemos mucho más que un golpe mediático. Ya nos estamos imaginando las arcas llenas con todo lo robado que le regresarán al pueblo. ¿Será?

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