La burla de Nicolás Maduro

Por increíble que parezca, la burla que está haciendo Nicolás Maduro sobre la lentitud con la que se han ido computando los resultados de la votación presidencial en los Estados Unidos, además de dar risa, también nos lleva a reflexionar sobre los cambios que ha sufrido la democracia que el mundo había sostenido como modelo a seguir.

El sarcasmo de Maduro tiene dos reacciones: la evidente que nos lleva a elevar las cejas y a recordar el dicho popular: “el burro hablando de orejas”; y la que conecta con la parte en la que el presidente venezolano tiene razón. Desde la visión que tenemos los que no tenemos ni voz ni voto en el proceso, pero que sí nos vemos afectados por esa decisión, no nos queda más que analizar.

Ya se podía anticipar que este proceso iba a ser complejo dado el personaje que pretende quedarse en la Casa Blanca. Por supuesto, Trump no lo tiene tan fácil como Maduro que ha logrado perpetuarse en el poder, pero va a hacer su luchita y eso se pudo prever. Donald Trump ya había advertido que, si el resultado le era adverso, no pensaba quedarse con los brazos cruzados. Efectivamente, ya está sucediendo.

El conteo de votos ha sido lento, los resultados están ralentizando el conocimiento de la información por el sistema de voto por correo, especialmente en los estados columpio, es decir, en aquellos estados que como pudieron votar por los republicanos que por los demócratas. Eso ha encendido los ánimos. Muchos grupos han declarado que su candidato de elección es el triunfador.

Joe Biden ha sido prudente, ha llamado a la calma y ha pedido paciencia. Por su parte, hay grupos que apoyan a Trump que han salido a las calles a protestar. Algunos de los que están tomando las calles van armados. En Arizona, por ejemplo, la gente se congrega frente al edificio donde se están contando los votos y además de su pasión llevan armas. Mientras tanto, los resultados de Georgia indican que los candidatos van muy parejos. Después de tantas horas, a pesar de que Biden se acerca a los votos necesarios para ser declarado presidente, aún no hay nada para nadie.

Y, aunque los votantes lo saben, a pesar de que están al tanto de que no habrá forma de declarar un ganador hasta que cualquiera de los candidatos llegue a la cuota de 270 votos, ya hay grupos radicales que están elevando la voz y los puños. Parece que los estadounidenses no confían mucho en sus instituciones –especialmente, aquellos que están protestando un resultado que todavía no se da– y eso agrieta la imagen de la mejor democracia del mundo. ¿Qué pasó con la civilidad? La caballerosidad brilla por su ausencia, no hay la altura de miras para creer en los resultados de los que están a cargo de la organización de las elecciones. Al menos, no por todos los involucrados.

Efectivamente, mientras Biden va a la cabeza en los resultados que se van entregando, el equipo de Donald Trump ya está avanzando en estrategias legales de contrataque que le permitan quedarse en la Casa Blanca, emprenderán una demanda para que se detenga el proceso de conteo en el estado de Nevada. El presidente alega que le están robando la elección.  Son esas las grandes aspiraciones democráticas que los Estados Unidos le están mostrando al mundo.

El problema se agrava porque la diferencia entre los aspirantes a la presidencia de los Estados Unidos es muy corta. Se esperaba una ola azul que arrasara con las aspiraciones trumpistas. No sucedió. Y, por eso, las risas de Maduro. Más allá de los sarcasmos, al contemplar lo que sucede en todo el territorio estadounidense, nos damos cuenta del daño que se autoinfligieron hace cuatro años. Vemos una sociedad dividida, desconfiada, atrincherada en sus posiciones, violenta y radicalizada. Dejaron crecer la frivolidad, optaron por la desinformación, se dejaron llenar de miedo, permitieron que se les nublara la razón. Están impacientes, no quieren esperar.

Llama la atención las pasiones que se encendieron y los incendios que se pueden causar si no se empieza a tratar de tranquilizar a los grupos radicales. Y, las burlas de Maduro resuenan porque, tristemente, están sustentadas en algo de razón.