Las ventanas

Evo

Evo Morales es un político aymara, pueblo indígena originario de América del Sur que habita la meseta andina del lago Titicaca desde tiempos precolombinos. Inició su carrera como activista sindicalista en los años 80 y llegó a ser el primer presidente con raíces indígenas de Bolivia. Los pronósticos de su llegada al poder no eran optimistas, todo lo contrario. Sin embargo, las voces que anunciaban catástrofes y hecatombes tuvieron que silenciarse porque la gestión de Evo fue buena.

Como presidente, Evo Morales ejerció un liderazgo carismático. Su proyecto de nación era un plan ambicioso y llegado el tiempo de unas nuevas elecciones, se postuló para un segundo mandato ya que en el primero no le dio tiempo de consolidar sus objetivos. Faltaba mucho para concretar sus metas. Hasta ahí, los bolivianos estaban contentos, lo siguieron apoyando en las urnas y era un líder querido. El problema con estos dirigentes tan carismáticos, magnánimos y bondadosos es que les gusta la silla presidencial, le agarran cariño al poder y luego, eso de irse de un lugar tan cómodo, ya no les hace gracia.

Entonces, Morales hizo cambios constitucionales para poderse perpetuar en el poder. Se presentó a una tercera oportunidad y cuando se acabó su tercer periodo, se volvió a presentar a la contienda en una cuarta ocasión. Y, entonces comenzaron los sombrerazos. Ganó, pero se sospecha de fraude electoral. Empezaron las protestas que fueron subiendo de tono hasta que terminó acorralado y solo. Lo abandonaron las fuerzas armadas, la Policía y muchos de sus cercanos le dieron la espalda. Tuvo que dimitir ante las voces que reclamaban su salida.

Es una pena. Evo Morales no merecía salir así. Debió haber pasado a la historia en un mejor lugar. Es como esas visitas de doble gusto: nos emociona verlas llegar y nos alivia verlas irse. Evo pasó de ser el invitado que todos esperan y cuya presencia se festeja a ser el incómodo que ya no suelta el lugar ni aunque le digan que ya se acabó el evento y no se da cuenta que ya quitaron los manteles y las sillas están sobre las mesas. Todos elevan los ojos a lo alto para ver a qué horas se va a ir. En fin, cuando se acabó, se acabó. Pero hay líderes que no lo entienden, se sienten indispensables, escuchan los cantos de las sirenas que les untan miel en el oído y luego tienen que salir por la puerta de atrás.

Muchos aplauden las palabras sensatas y responsables de Evo: “Es mi obligación asegurar la paz”. ¿Por qué no lo hizo con oportunidad y prudencia en el momento preciso? ¿Por qué esperar a que el fuego llegara a los aparejos? Morales se fue de Bolivia. El México de la 4T mandó un avión del Ejército a recogerlo y traerlo para acá. Faltaba más, no le mandaron el presidencial porque está en venta, pero fieles a la tradición hospitalaria de los mexicanos, le abrimos los brazos y las puertas de la nación, según informó Marcelo Ebrard que invoca la Doctrina Estrada cuando le parece pertinente y la olvida cuando le resulta conveniente.

Bolivia se convirtió en un signo que habla del agotamiento de un modelo de liderazgos carismáticos que encienden el entusiasmo y logran un apoyo popular fuerte y resistente que se forja en las calles y se apoya en las urnas. Pero, la democracia es la voluntad del pueblo y cuando los electores dicen: basta, hay que escucharlos y sobre todo, hay que obedecer su mandato. La tentación de llevar a cabo procesos electorales amañados, que huelen a fraude, rompen las reglas del juego básicas y se prefigura la crisis de legitimidad que es el preámbulo de la caída. Así, ya no valen carismas, palabras, promesas, popularidad.

Cuando un líder pierde la credibilidad, pierde todo.

Es triste. La salida de Evo Morales de Bolivia se ve ensombrecida por dos factores igualmente alarmantes: la petición del Ejército de Bolivia para que dimitiera y la violencia generalizada que se dio en las calles de la capital y de muchas ciudades bolivianas que quedaron semiparalizadas. Ha habido muertos, ataques a casas, a negocios, emboscadas. Las razones de los militares es que no quisieron enfrentarse al pueblo.

Bolivia está sin Evo, ya lo tenemos en territorio mexicano. Nicolás Maduro debe estar sintiendo una incomodidad frente a los hechos que le sucedieron a su amigo con el que comparte tanta ideología. Algunos piensan que Morales hizo mejor las cosas que Maduro y ya vimos cómo le fue. La suerte es que México es una nación amiga.

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