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Cecilia Durán Mena

Las ventanas

No es lo mismo

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No es lo mismo

No es lo mismo ver los toros desde la barrera que enfrentarlos en el ruedo. Si uno habla de regresar a la nueva normalidad y ve lo que está sucediendo en las plazas del país, no queda otra que preguntarnos qué es lo que estamos entendiendo y qué es lo que todavía no logramos comprender. Las imágenes que nos llegan de las playas de Acapulco, las filas que se hacen en la Ciudad de México para entrar a los centros comerciales, los reportes de gente que hace fiestas sin tomar ningún tipo de medida de seguridad contrastan con las de los hospitales donde los enfermos están padeciendo y hay gente muriendo.

Según los datos de la página oficial de Covid del Gobierno Federal, existe una estimación de casi trescientos treinta mil casos positivos y una cifra cercana a las cuarenta mil defunciones. Son personas que han padecido el yugo de la enfermedad, que tienen nombre y apellido, pero que en la frialdad de los números, se pierden, se dejan de ver, se diluyen. Si no, uno no entiende cómo es posible que haya personas que, a estas alturas, sigan pensando que no pasa nada.

Pero, cuando uno habla con personas que ya sufrieron los golpes de este flagelo, las cosas se ponen de otro color. Entender el dolor específico de esta familia que perdió padre y madre, que murieron con la angustia de dejar huérfanos a adolescentes, hablar con parientes de enfermos que tienen hospitalizados a sus enfermos y que no saben nada porque al traspasar el umbral del sanatorio entran a un vórtex del que es imposible presumir cuál será el resultado.

Sin duda, no es igual ver las cosas desde los que ya tienen que salir a trabajar, porque de otra manera, no hay para pagar el pan y la sal que todos los días tiene que haber sobre la mesa. Eso se entiende. Lo que es difícil de dilucidar es la urgencia de ir a ponerse en riesgo con un entusiasmo y una alegría que de tan imprudente, raya en la inconsciencia. Tal vez, nos hace falta hablar con estos triunfadores que ya fueron a la guerra contra el virus, que ya se enfermaron, padecieron y vencieron.

De todos los sobrevivientes del Covid19 con los que he tenido la oportunidad de hablar, no ha habido alguno que entienda como es que alguien no tiene la disposición de cuidarse. Me han contado lo terrible que fue la falta de aire, el cansancio permanente, la sensación perpetua de nausea. No podemos equivocarnos, no son los síntomas de una gripa común. Sin embargo, no es sólo eso: es lo que tuvieron que padecer. El aislamiento y el encierro fueron parte de la situación, pero lo peor fueron esas miradas de miedo, ese rechazo, el pánico con el que fueron vistos.

Queda una sensación como la que se relata en los escritos del Antiguo Testamento sobre los que estaban enfermos de lepra y les ponían un cencerro para advertir que ahí venía una persona infectada. Y, lo que pasa con ellos una vez que ya están aliviados. La gente los sigue viendo con desconfianza, hay un resquemor que raya en pánico. Lo curioso es que esa reacción es contradictoria. Esos que le tienen tanto miedo a los que se infectaron, no se sienten amenazados por andar sin tapabocas o saliendo de fiestas. Somos curiosos.

¿Por qué será que la gente que huye de una persona que se contagió y se alivió o que es capaz de agredir a personal médico que está luchando en favor de los enfermos, son los que se ponen el tapabocas de gorro y le juegan a Juan sin Miedo y no adoptan medidas de seguridad?

No sé, será que pensamos que no es lo mismo lo que les pasa a los de enfrente que lo que me amenaza a mí en lo personal. Tal vez, no sería lo mismo si hubiera mayor difusión de esos casos de éxito y se le diera voz a estos guerreros que ya vencieron la enfermedad. Si los escucháramos y nos enteráramos, seguro haríamos caso. Si le pusiéramos nombre y apellido a las personas que han caído en la lucha, veríamos las cosas diferentes.

Es que, las cifras son frías y a veces no nos dicen mucho. Sin duda, no es lo mismo enterarte del conglomerado de números ajustados y estadísticas que saber que hubo alguien a quien tu quieres que se contagió y tuvo que recorrer este camino tan duro. Por los que triunfaron y por los que se quedaron en el campo de estas batallas, más nos valdría entender.

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Cecilia Durán Mena

Hombres de estado

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Hombres de estado

Siempre he dicho que nada es para siempre: ni las penas ni las alegrías ni el éxito ni el fracaso. La fugacidad es parte de la vida y nos gustaría que ciertas cualidades duraran para siempre, especialmente, el prestigio. Ya lo sabemos, para que las cosas duren, hay que cuidarlas: lo mismo lo material que lo intangible. Al enterarme que el rey emérito de España, Don Juan Carlos I decide irse a República Dominicana para respiro del Rey Felipe y descanso de muchos políticos, debo confesar que sentí tristeza.

Las monarquías siempre me ha parecido que sirven para la prensa del corazón y para muy poco más. Son símbolos que le aprovechan ciertos pueblos para mostrar sus delirios y sus encantos. Me gusta más la democracia tal como la define Thomas Mann: “la forma de gobierno y de sociedad que se inspira, por encima de cualquier otra consideración, en la conciencia y en la dignidad del Hombre”. Estas son palabras altas y no muchos tienen la talla para portarlas. Juan Carlos I por años fue un verdadero hombre de estado, la envestidura le quedo a la medida.

Juan Carlos I fue un monarca apuesto que concedía una elegancia desenvuelta a un país que venía una dictadura autoritaria, encarnada por un hombre chaparrito y un poco pasado de peso que no le gustaba viajar. El nuevo rey significó para España la transición entre lo local y la globalización. Le dio a los españoles mucho de lo que se necesitaba para transitar a un modelo democrático. Mantuvo la templanza ante el terrorismo en los peores años, tuvo buen trato con los socialistas y proyectaba una imagen cosmopolita y la opción monárquica libró grandes sinsabores con pundonor. Hizo un buen papel. Pero, lo dilapidó.

A finales de la década de los ochenta, dejó ver una especie de que su voracidad rayana en el mal gusto. La codicia no luce bien ni en los de sangre azul, los excesos son poco elegantes, las contradicciones se ven mal. Y, en estos últimos años ha habido desde escándalos de faldas, gastos excesivos, sin embargo, los peores fueron los rumores de corrupción. A la vejez, viruelas. Juan Carlos I fue un hombre que no supo conservar su prestigio. Manchó su imagen, las canas al aire dejaron de ser pecadillos veniales y sus faltas se convirtieron en pecados capitales que lo llevaron a una especie de autoexilio.

Es una pena, los españoles que vivieron esa transición deben estar sumamente desilusionados con este desenlace. Juan Carlos I y Adolfo Suárez fueron los artífices de la España moderna.  Le dieron estabilidad a un país que estaba en ebullición a la muerte de Francisco Franco y supieron hacer una operación de filigrana que concilió a los españoles. El rey emérito fue un hombre que mostró grandeza de espíritu, fue una figura honorable que sembró valores democráticos. Fue un hombre de estado.

Sin embargo, cuando un hombre de estado se deja seducir por la frivolidad, cuando sus palabras dejan de tener profundidad y se vuelven demagógicas, cuando permite que los bajos instintos humanos le dominen, inevitablemente se enfila al despeñadero y un tropezón basta para caer al barranco.

Es muy triste ver como se dilapida el prestigio. La confusión que lleva a escuchar esa voz melodiosa que confunde al sugerir el camino equivocado. Pero, así como el prestigio no dura para siempre, la intoxicación que obnubila la razón se acaba. Y, llega el momento de abrir los ojos y lo que resultaba un placer ahora es una molestia. Debe ser terrible darse cuenta del daño que se inflige uno a sí mismo.

Se va Juan Carlos I, rey emérito de España. Se aleja dejando detrás de sí una estela de consecuencias que le pegan en directo a su familia, a su hijo el rey y a todos los que creen en la monarquía. Se diluye una figura de hombre de estado. Y, mientras al otro lado del océano unos se van, aquí otros sonríen.

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Cecilia Durán Mena

Mientras nos dan circo

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Mientras nos dan circo

Mientras nos dan circo y nos seguimos divirtiendo con el espectáculo de tres pistas, la crisis va tomando velocidad y los temas económicos se convierten en problemas graves. Seguimos el hilo de los sucesos del pobre Emilio que tuvo que llegar a un hospital porque estaba desnutrido y tan malito que se le tuvo que internar, no fuera a ser que se nos pusiera más malo. No, eso sí que no, no sean así, hay que mostrar nobleza y darle una suite a la altura de su porte, hay que proveerle un brazalete, ¿cómo va a pisar la cárcel alguien que va a proveer información tan valiosa? Y, los que se frotan las manos y empiezan a salivar ante la promesa de lo que van a oír, tendrán que esperarse un rato. No creo que nos vayamos a enterar de mucho, nos irán soltando la información a girones para tenernos divertidos.

Lo malo es que en el mundo de la vida real, en el terreno que todos pisamos, la cosa se empieza a teñir del color de la hormiga. Somos el tercer país con las mayores afectaciones por el COVID: más de cuatrocientos mil contagiados y más de cuarenta y cinco mil mexicanos perdieron la vida batallando contra esta enfermedad. Las proporciones de lo que está pasando son de gran envergadura: el índice de actividad económica se encogió a veintiuno por ciento en mayo, la población económicamente activa ya es de sólo el cuarenta y seis por ciento, se han perdido más de un millón doscientos mil empleos en cuatro meses y hay doce millones de mexicanos que ni tienen trabajo ni ingresos ni apoyos del Estado.

Y, mientras las especulamos sobre lo que Lozoya va a decir y nos preguntamos a quién irá a embarrar, cada vez hay más mexicanos que salen a la calle a pedir limosna. El presidente López Obrador sabe que muchos ya están padeciendo los embates de esta crisis y trata de animar a la gente hablando de una recuperación que se oye fácil de alcanzar. No será así. No hay forma, hemos perdido mucho en estos pocos meses. Se ve que hay gran entusiasmo para vivificar los ánimos caídos, sin embargo, subestimar las implicaciones de la pandemia es peligroso. Se encenderán esperanzas y ya sabemos que si se vuela muy alto, la caída duele más.

La realidad es que no está fácil. Las empresas —grandes y chiquitas— padecen por sobrevivir. Las personas buscan la forma de estirar sus recursos mientras pasa la enfermedad. Hay una fantasía generalizada de que todo volverá a la normalidad pronto. Algunos sienten que todo estará bien cuando los laboratorios liberen la vacuna y la mayoría de los mexicanos creen que al pasar de un color al otro en el semáforo sanitario ya saltamos al otro lado. Basta ver como seguimos creciendo en número de contagiados y la gente insiste en no usar tapabocas, en salir, en reunirse, en andar de fiesta. Será porque México subestimó la gravedad de la pandemia.

No es de extrañar que los países que creyeron que dándole atole con el dedo a la gente, todo se iba a controlar. Pero los virus no entienden de política. Las naciones con más número de contagios tienen gobiernos populistas, qué curioso: Estados Unidos, Brasil, México y Gran Bretaña fueron negligentes —Boris Johnson sufrió las consecuencias en carne propia—. Aquí tanto López Obrador como López Gatell insisten en que la situación está controlada y uno se pregunta a quién quieren engañar si sabemos que los casos de contagio y las defunciones siguen creciendo.

Tal vez, mientras seguimos entretenidos con el espectáculo que nos están ofreciendo, tras bambalinas ya se tomaron decisiones. Así, calladitos, pareciera que la estrategia es dejar que la gente se contagie para salir más rápido del paso. Da la impresión que la apuesta fue a que tanto enfermo crearía una especie de inmunidad que nos sirviera como escudo y el golpe ha sido más fuerte de lo esperado.

Entonces, una forma de decir sana, sana, colita de rana es darle circo al pueblo. En la antigua Roma, daban también pan. Aquí, nos vamos enterando a girones de lo que le pasa al pobrecito de Emilio que anda malito y lo están atendiendo en el hospital, mientras millones de mexicanos nos ajustamos el cinturón.

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Cecilia Durán Mena

Lo que puede salir mal

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Lo que puede salir mal

“Si algo malo puede pasar, pasará”

Ley de Murphy

En el caso de Emilio Lozoya Austin, se está bordando fino. El entramado de abogados de primerísimo nivel, entre los que están el famoso juez Garzón y Javier Coello se han encargado de confeccionar las argucias legales necesarias para ayudar a su cliente y, por supuesto, entre ellas hay una clara negociación con autoridades mexicanas. El propio presidente López Obrador ha hecho referencia al trato que se le dará al exdirector de Pemex y los acontecimientos hablan por sí mismos. El señor está en un hospital privado recibiendo atención médica, a pesar de que el gobierno español asegura que de allá lo mandaron sano.

Este caso le viene al presidente como anillo al dedo, le cae en el momento preciso. La atención se aleja de los temas económicos, de la emergencia sanitaria, de la situación en las calles y pone el acento en los delitos del señor Lozoya que no son menores: operaciones de procedencia ilícita, asociación delictiva, cohecho y el escándalo que le da tema a la sociedad mexicana. Más que preocuparnos por la forma en que López Obrador está habilitando cada vez más operaciones a las fuerzas armadas, estamos especulando si Videgaray ésto, si Peña aquello.

Al presidente le llegó en bandeja de plata y en el momento oportuno el tema de Emilio Lozoya Austin que huele a corrupción por todos lados. Los hedores le salpican con sospechas asquerosas a priístas y a panistas. Ya andan corriendo con agilidad los nombres de implicados en esta podredumbre. Las cifras del dinero que se movió en aviones del ejercito en maletas deportivas le revuelve el estómago al más estoico. Negocios, concesiones, trámites, para todo hubo. En contraposición, los lopezobradoristas lucen prístinos.

Con Lozoya se enciende legítimamente la indignación. El dinero que se repartió no era de ellos ni es de los actuales. Se inflama la ilusión de recuperar lo arrebatado en momentos en los que se necesitan tantos recursos para reactivar a un país. Y, si bien es cierto que al exdirector de Pemex le falta mucho camino por recorrer, que el proceso apenas empieza y que la justicia no es tan rápida como el juicio mediático, si el Estado no maneja adecuadamente esta situación, el enojo del pueblo contra unos se puede tornar en desilusión otros. La corrupción es infecciosa y contamina todo.

Me parece que desde las filas del gobierno no se está apreciando el enunciado de la Ley de Murphy. Si el tema Lozoya no se maneja bien, hay muchas cosas que pueden salir mal. De hecho, ya está sucediendo. Uno no puede más que preguntarse ¿por qué está siendo atendido en uno de los hospitales más caros de México y no en alguno del sector salud? Si el hombre estaba enfermo, tiene derecho a servicios médicos, ni modo que no, pero el padecimiento que reporta no es para tenerlo tanto tiempo internado. Surgen las sospechas.

Si en España estaba sano —y si le creemos a los españoles—, ¿se habrá enfermado en el trayecto?, ¿será que no está enfermo? Y, más allá de contemplaciones están los hechos: un hombre que debe enfrentar un proceso penal no está en la cárcel. Las dudas brotan como hongos en un jardín mojado. Nos queda claro que Emilio Lozoya es sospechoso de formar parte de una cadena de cochupos internacionales y eso inflama la irritación nacional. En momentos en los que se enfrentan problemas graves en el país y de cara a elecciones intermedias, la coyuntura puede resultarle muy favorecedora al presidente López Obrador si mueve bien sus fichas. Pero, lo de ser testigo, en el formato que le quieran dar, saca chispas.

Desde luego, si esto se trabaja con descuido, improvisación y desaseo, lo que puede salir mal, va a salir peor, Murphy dixit. De corazón deseo que no sea así. No por una cuestión política sino por una de justicia. Los mexicanos nos merecemos mucho más que un golpe mediático. Ya nos estamos imaginando las arcas llenas con todo lo robado que le regresarán al pueblo. ¿Será?

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