Las Ventanas

Ciudades que piensan en el futuro

El otro día, leí un grafiti que decía: Las ciudades que no piensan su futuro se condenan a padecerlo. La advertencia parece venir de algún sabio que, ha padecido la experiencia de habitar en estas en ciudades caóticas iberoamericanas que crecen sin un plan estratégico de crecimiento sino que se dejan absorber por un ritmo más dinámico y abierto a incorporar los cambios constantes del entorno urbano. Claro, las ciudades son como jardines, que son luz y aire puro requieren estrategia y cuidados. Si se descuidan, es la naturaleza la que toma el mando y los modela a su antojo. Las especies invasoras o malas hierbas acabarán imponiendo su ley, ya sea en la maceta o en la jardinera. Por eso, muchas manchas urbanas son un nidero de alimañas, son infestaciones que provocan destrucción, enfermedad, pérdida, focos de infección, inundaciones y malas noticias.

Por malas noticias entendemos desde la construcción mal planificada hasta el incremento descontrolado de los alquileres, pero también los movimientos masivos de turistas que compran paquetes de ciudad al mejor postor; es decir, lo que en Barcelona se ha dado por nombrar plaga de langostas, pero sin ofender, porque en este mundo globalizado todos somos potenciales langostas. Estamos a un clic de convertirnos en esos depredadores que rentaran una habitación al mejor postor con tal de visitar los primores turísticos sin el menor pudor ni consideración de quienes habitan permanentemente ahí. No se trata de confrontar, se trata de poner todos los intereses en la mesa y darles el mejor cause. Vamos, se trata de planear.

El problema es que lo que en un jardín abandonado se convierte en desorden romántico, en una ciudad es colapso y frustración. ¿A quién le gusta la basura, el tráfico, la contaminación o el ruido infernal que no deja dormir? No se trata de dedicarse a desregular ni a sobre reglamentar se trata de que el tema no se nos vaya de las manos. Y los comunes, pese a ser los primeros en intentar corregir los efectos del cas sino, del poder de la cultura en la construcción de una idea de ciudad, es decir, la opción de modelar la demanda desde la oferta. Es decir, de planear.

Se busca que no vayan surgiendo las malas hierbas: plantas que crecen allí donde no se desea que crezcan. En este contexto, malas hierbas son las iniciativas que buscan otros intereses y no ayudan a la mejor convivencia de los ciudadanos. El tema debe tener su tiempo para reflexionar a fondo. La verdad es que todos tenemos que tomar la iniciativa si queremos vivir en lugares agradables y no en ciudades a las que se les desborden los drenajes, les fallen los servicios de limpieza, escasee en agua o esté llena de plagas. Lo importante es hacer un llamado a establecer en el futuro una relación más duradera con la ciudad.

Esto responde a una de las preocupaciones planteadas por quienes conocen de desarrollo urbano estratégico. Un gran ejemplo es la recuperación de una laguna en una ciudad de México. El lugar pasó de ser un “infecto vertedero” a convertirse en un precioso lago regulador de aguas pluviales gracias a que, además de las autoridades, en su reforma intervinieron arquitectos, urbanistas, ecólogos, biólogos, educadores, sociólogos, expertos en marketing, abogados y expertos en educación física. Una buena receta para lograr que las langostas no se conviertan en la especie dominante del lugar, sino que convivan con especímenes menos invasores. Por ejemplo, seres vivos ávidos de cultura.

Así, pensando en el futuro podemos anticipar problemas en vez de enfrentarnos a ellos cuando ya los tenemos encima y no tenemos recursos para aliviar dificultades que pudieron haber sido previstas. Un plan urbano no debe de servir como un instrumento de extorsión para emprendedores ni inversionistas, todo lo contrario, debe funcionar como un mapa que nos enfoque al crecimiento adecuado y a la convivencia armónica.

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