El fin de semana previo a las elecciones en Estados Unidos

No se necesitan muchas palabras para definir lo que ha sido le época de Trump en la Casa Blanca. Desde que el pueblo estadounidense conoció sus aspiraciones, propios y extraños creyeron que ese anhelo era algo entre un buen chiste y una ocurrencia que no se llegaría a concretar. Sin embargo, la realidad superó los malos vaticinios de semejante fantasía. No sólo llegó a ser presidente de los Estados Unidos, sino que está a punto de enfrentar el juicio de las urnas: ¿se va o se queda?

Desde el otro lado de la frontera, el mundo observa el criterio de los votantes. En estos años de gobierno se ha escuchado a un mandatario que arremete contra los bad hombres, los que se adhieren a la tradición musulmana, abandona el Acuerdo de París, coquetea con Irán, corteja a Kim, deja con un palmo de narices a sus aliados, desestima a sus asesores, su gabinete parece la rueda de la fortuna, tiene un lenguaje poco correcto, actitudes que lo dejan mal parado en el terreno moral, es mal contribuyente, pésimo empresario, pero sabe enamorar a sus votantes.

Hace cuatro años, nadie imaginó que en la casa de campaña de Hillary Clinton habría caras largas y discursos de derrota. Hoy, pocos podrían imaginar la reelección de un presidente que aconseja a su pueblo inyectarse gel antibacterial para mantenerse sanos y que ha manejado tan mal los asuntos de la pandemia. Pero, Trump tiene un efecto impredecible y eso hace que el mundo vibre en forma nerviosa un fin de semana previo a las elecciones de los Estados Unidos.

Lo que antes podía dar certezas o rumbo, hoy es un signo de interrogación. Donald Trump es un hombre que da resultados que uno no espera. No imagino lo que hubiera sucedido en el pasado si otro presidente hubiera declarado que estaba enamorado —esas fueron sus palabras— de KingJong Un, hubiera reconocido que es fanático de Erdogan y hubiera hecho patente su interés por Vladimir Putin. Lo inimaginable pasa y el pueblo estadounidense parece que está dispuesto a entrarle al escándalo y a perdonar de todo.

No obstante, hay temas que se han ido complicando y que son altamente sensibles para ciertos sectores de quienes van a sufragar. Las diferencias se marcan, hoy más que nunca, en la tierra de las barras y las estrellas, el racismo a despuntado, las divisiones se han acrecentado y se convierten en una herida honda que supura y está lejos de empezar a arreglarse. Si al principio de la administración trumpista todo parecía estar bajo control, hoy la perdida de empleos y la desaceleración en la actividad económica ya no juegan a su favor.

La cuestión es si el discurso de America First le bastará a una sociedad que está golpeada y enferma. El mundo ha cambiado y nos encontramos en un lugar totalmente distinto. En 2016, pocos apostaron a que Donald Trump podía ganar la presidencia de Estados Unidos. Como muchos, al ver los números que arrojaban las encuestas, se creyó que habría un cómodo margen de voto en su contra, no a favor de Hillary, pero en contra de un proyecto tan peculiar e incendiario como el que propuso el republicano. Se creyó que la gente no se dejaría engañar. Era y sigue siendo un tipo demasiado extravagante, muy raro, exorbitantemente vulgar, sin conocimiento sobre los temas políticos y patológicamente incapaz de decir la verdad. Siempre se supo que no podía dejar de mentir, incluso sobre cosas triviales. No importó que la gente tuviera evidencias y que sus dichos fueran tan sencillos de desmentir.

a ser presidente gracias a que el pueblo estadounidense aceptó eso. Tuvieron evidencias del tipo de persona que sería sucesor de Lincoln y las siguen teniendo. Algo se fracturó y la gente dejó de ser y querer líderes que reconocen que la grandeza de aquella nación se forjó por el trabajo duro de inmigrantes y que el sueño americano es democrático y humano. Es verdad, hoy el candidato del Partido Republicano llega con una popularidad muy baja y con poca intención de voto. Pero, hace cuatro años nos llevamos una sorpresa que nos sigue dejando sin aliento.

Veremos lo que sucede en la semana que comienza. Si gana Trump, ya sabemos lo que va a pasar y lo que le espera al mundo los próximos cuatro años. No se ve que haya un propósito de enmendar el camino. Si gana Biden, su reto será lograr que todos los estadounidenses entiendan que el país se ha sustentado en la creación de una nación universal. El mundo está ansioso y al pendiente de lo que los votantes en Estados Unidos elijan para el próximo periodo presidencial.