Las ventanas

La reingeniería del gasto

Uno de los retos más fuertes de la siguiente administración y uno de los cuestionamientos más constantes que enfrenta Andrés Manuel López Obrador es cómo le va a hacer para cumplir las promesas que les inflamaron el corazón a todos los votantes. Cuando estaba en campaña, siempre que se le preguntaba, la respuesta era que el combate a la corrupción sería la forma. Por supuesto, aterrizar el dicho y convertirlo en hecho es lo que se ve complicado y habrá que tener la punta del hilo para empezar a desenredar el ovillo.

Me parece que un lugar para empezar es una reingeniería del gasto y específicamente de los programas de asistencia social. Evidentemente, el tema saca ronchas y todo el mundo se hace de la vista gorda porque son precisamente estos programas los que han servido en el pasado para fines tan diversos y muy lejanos a lo que debiera ser su propósito. Todos estos planes que nos enseñan a estirar la mano y no nos llevan al camino de la productividad, son un buen comienzo para desenredar la maraña de corrupción y malas prácticas.

Y, muchas veces, lo más complicado se debe contemplar desde lo más sencillo. Si la nueva administración pudiera —y puede— hacer un inventario de los programas que existen, descubrirá que hay muchos que están duplicados, que sirven para lo mismo, que son retrabajos que no se justifican, que no tienen un efecto distributivo, que no cumplen con sus propósitos, que están mal planteados y peor ejecutados, seguramente encontrarán sorpresas.

La sorpresa, que en realidad no asombra a nadie, es que por ahí se están desperdiciando recursos que, si fueran bien administrados, serían un hallazgo de dineros que se necesitan para cumplir lo prometido. Una adecuada asignación de recursos puede ser la fuente de ingresos que ayude a reconfigurar el gasto. Esta reingeniería es necesaria y todos podemos entenderlo, sin embargo, es un cuchillo de doble filo que corta por ambos lados.

Las reingenierías ni son gratuitas ni son sencillas. Especialmente, cuando hay partes afectadas. Los antiguos beneficiarios de programas asistenciales que, aunque no resuelven nada, tienen gente que ya se acostumbró a la canonjía, los que administran estas prebendas y quienes saldrán raspados no se van a quedar tan contentos cuando les digan que les van a cerrar la llave del ingreso. Evidentemente, una política así puede hacer que el gobierno gane o pierda popularidad. Los intereses en conflicto son muy fuertes y estos personajes tienen dientes.

El fin de la corrupción es un bien que todos anhelamos y que muchos prefieren que se empiece pronto, pero que lo hagan en el jardín de enfrente. Nadie quiere que se les toque su coto de poder y por supuesto, ninguno está dispuesto a ceder en aras del bien común una gracia particular. Lo hemos visto en todos los rubros, las conquistas de ciertos sectores no se abandonan fácilmente. El convencimiento y las buenas razones no convencen a quienes sienten que les van a arrebatar beneficios que tienen años de estar gozando.

Por un lado, muchos de los que votaron por López Obrador son beneficiarios de estos programas y se sentirán traicionados si ven cambios que no les son favorables. Por el otro, una adecuada administración de los gastos asistenciales puede ser la clave para cumplir con las promesas de campaña. La disyuntiva ética es clara, el deber ser dicta el rumbo que se debe elegir, sin embargo, el aterrizaje debe ser implementado con cuidado para tocar tierra en forma suave y que no se convierta en un descenso peligroso.

Parece que con voluntad de hacer bien las cosas, se puede lograr lo que Andrés Manuel les propuso a sus votantes. Tomar la punta de la hebra y empezar a desenredar los temas del gasto, parece un buen comienzo. Hace falta valor y perseverancia, también paciencia porque esa meta no es fácil de alcanzar. Sin embargo, ante lo complicado, lo mejor son los inicios fáciles. Observar y analizar lo que hay. Ahí habrá sorpresas de las que no asombran a nadie.