Las ventanas

Más caro el caldo

Escucho las razones que los responsables de la conducción de este país nos dan a los ciudadanos para explicarnos el desabasto de gasolinas y el cerebro se me hace moño. Siento que eso de cerrar las válvulas para golpear al crimen organizado ha sido tan efectivo como el que avienta una pedrada para matar a una mosca que está sobre una jarra de cristal cortado. Sin duda, las explicaciones tan detalladas que el presidente López Obrador nos ha dado sobre el abandono y desatención al combate de robo de combustible no nos sorprenden. Para nadie es nuevo que el ‘huachicol’ lleva años ordeñando la riqueza de México y a nadie se asombra al escuchar que hay complicidad al interior de Pemex para que llegáramos a estos niveles.

Me pregunto si el Presidente y su equipo no encontraron una mejor manera para atacar a los ‘huachicoleros’. El desabasto de gasolinas ha sido un tema de molestia que conforme pasan los días se va transformando en una preocupación seria. Cerrar los ductos para detener la ordeña le ha pegado a las bandas criminales, no cabe duda. Las cifras que presenta López Obrador parecen descomunales pero, los daños colaterales y el fuego amigo al que ha sometido a la población también son números que debieran contabilizarse. Si hacemos cuentas, si el problema continua —no nos han dado una fecha para que el desabasto se resuelva— tal vez nos demos cuenta de que el caldo nos está saliendo más caro que las albóndigas.

El problema es que en medio de la tormenta, las respuestas ambiguas y las falsas dicotomías nos sirven muy poco. Si a cualquier ciudadano decente se le pregunta si quiere acabar con el crimen de robo de combustible, va a contestar que por supuesto que quiere que esto se erradique y que se castigue a los responsables. La ordeña a los ductos de Pemex se fue convirtiendo en una industria operada por grupos criminales muy violentos que crecieron y que sedujeron a mucha gente —pueblos enteros— que se fue involucrando. La capacidad corruptora tocó a hombres y mujeres, niños y ancianos que se acostumbraron a robar y vender lo robado. Esa ruptura en el tejido social debe de corregirse. Combatir o dejar de combatir no es la cuestión. Lo que se pone en tela de juicio, lo que irrita y lo que desespera es ver que el problema va creciendo como una burbuja de jabón y que no hay visos de solución.

Digo que no hay señales de que el desabasto vaya a resolverse porque desde el director de Pemex hasta la secretaria de Energía nos traen como el Son de la Negra: nos dicen que sí, pero no nos dicen cuándo. Tampoco nos informan que haya delincuentes que hayan recibido su merecido. Por ahí dicen que están fondeados barcos tanque en Minatitlán, pero no descargan el preciado hidrocarburo. Lo que vemos son gasolinerías cerradas, gente molesta y la movilidad comprometida. Minimizar la gravedad de la situación no ayuda, tampoco sirve exagerar la nota. No bastan los dichos, ni las promesas, ni las frases hechas. Se necesita que nos digan cuándo va a haber gasolinas en las estaciones de servicio. La ambigüedad es el peor de los caminos. Mata más una falsa esperanza que una realidad cruda.

Me temo que no nos dicen nada porque quienes debieran saber, no saben. Los problemas derivados del cierre de ductos y todos los daños colaterales sorprendieron a quienes ejecutaron estas acciones. Al verlos, parece que no hubo un plan, que se tomaron acciones sin prever, planear, coordinar, integrar. Se saltaron todas las etapas del proceso administrativo y se fueron a implementar directamente. Y, a la hora de los brincos, van tratando de corregir como si le estuvieran pegando a la piñata. Parece que van avanzando con los ojos vendados.

El desabasto de combustible tiene implicaciones para la actividad económica, los precios, la escasez de mercancías. Las cadenas productivas se pueden ver comprometidas y el riesgo de que esto suceda aumenta conforme pasa el tiempo. No queremos que este caldo nos salga tan caro.