Las ventanas

Diversidad: riqueza y motivos de violencia

Llega un punto en el que tenemos que dejar de sacar gente del río. Necesitamos ir aguas arriba y descubrir por qué están cayendo.

Reverendo Desmond Tutu

Si imaginamos una nación lejana, seguramente alguna de las alternativas que se nos ocurrirán será Sudáfrica. Un país del que nos separan agua, tierra, lenguaje y costumbres. Por fortuna, la lejanía no es sinónimo de límites, por el contrario, los mundos posibles que han brotado de ella han permitido pensar la realidad y sus representaciones conjurando al espectro de la diferencia y haciéndonos entender nuestras similitudes.

Sudáfrica, al igual que México, es una nación cuya diversidad ha sido riqueza y motivos de violencia. Llegó un tiempo en que tantas diferencias se constituyeron en motivos de violencia. Hubo un momento en el que ya no importaba quien había lanzado la primera piedra, las pedradas eran una lluvia constante que si no te pegaba a ti, le daba a alguien muy próximo. La desesperación y la desesperanza son malos consejeros y andar buscando quién la hizo o quién me la va a pagar es una tarea básicamente inútil. Las divisiones generan debilidad en el tejido social que se desintegra a velocidades vertiginosas. Lo mismo allá que en estas tierras.

El Reverendo anglicano Desmond Tutu entendió que continuar con la Ley del Talión iba a seguir trayendo muerte. Comprendió que era necesario encontrar las razones por las que se generaba la violencia y buscar caminos de sanación para detener la violencia. “Es a través de la debilidad y la vulnerabilidad que la mayoría de nosotros se aprende empatía y compasión y descubrimos nuestra alma”. Estas palabras calan hondo y nos llevan a entender que la lejanía geográfica con Sudáfrica no nos separa tanto de los problemas humanos y de los valores universales.

No se trata de ser ingenuos, el propio Tutu afirma que: “Sin memoria, no hay curación. Sin perdón, no hay futuro”. Es importante observar nuestras diferencias y considerar nuestras coincidencias. Hay que empezar a reflexionar qué futuro queremos para nuestros hijos. En el México de hoy, si echamos la mirada hacia los lados, veremos dos cosas terribles: personas asustadas o personas enojadas. Ese es el mejor caldo de cultivo para que la violencia germine y vaya corriendo como una lepra contaminante que acaba con el tejido social. Peor si quienes debemos pugnar por la restitución de una sociedad buena estamos separando los miembros y buscando división.

Dice Tutu: “Estamos hechos para el bien. Estamos hechos para el amor. Estamos hechos para la amistad. Estamos hechos para la unión. Estamos hechos para todas las cosas bellas que tú y yo conocemos”. Sin embargo, lo que vemos a nuestro alrededor parece tan lejano a estos conceptos. Es cierto, conocemos cosas buenas y bellas, pero no se les ve en el escenario nacional ni mundial. ¿En dónde nos equivocamos?, ¿en qué momento extraviamos el camino?

Creo que todo se volvió patas arriba en el momento en el que vimos el mal y miramos a otro lado. Cuando nos dio igual el mal ajeno, cuando dejamos crecer el monstruo y no extirpamos la hierba mala cuando aún era pequeña. “Haz un poco de bien dónde estás; son esos pequeños fragmentos de buenas acciones las que abruman al mundo”, es la recomendación que nos hace el Reverendo sudafricano Desmond Tutu.

Parece que Sudáfrica, así de lejos como está, no nos resulta tan lejana. Las diferencias no debieran tener la intención de separar, alienar. Somos diferentes precisamente para darnos cuenta de la necesidad que tenemos el uno del otro. Así podríamos empezar a componernos y sanar el tejido social. Si en vez de dividir, nos damos cuenta de que diversidad es riqueza y que de esas diferencias no debe brotar la violencia, si nos moderamos y nos ocupamos, podemos estar empezando a dar pasos a un cambio positivo.

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