Las ventanas

Lo que murió el primero de septiembre

Una de las frases que más llamó a la prensa extranjera sobre el mensaje que dio el Presidente López Obrador el domingo pasado fue esa arenga en la que dijo que en México los conservadores estaban moralmente destrozados. Festejó la muerte del conservadurismo. Como sucede frecuentemente con los dichos del mandatario, uno se pregunta ¿a qué se referirá? La frase, como muchas de las que él usa, se oye bien y funciona como espejitos con los que nos podemos deslumbrar si no nos damos cuenta de que muchos conservadores militan hoy en el movimiento político que lo llevó al poder.

Al ver a personajes como Manuel Bartlett, cualquiera que se tome la molestia de ver quién fue este personaje podrá preguntarle al Presidente qué fue lo que quiso decir cuando habló de moralidad destrozada. El propio Porfirio Muñoz Ledo tiene tantas millas rodadas en el terreno político que a saltado de un partido político a otro y ha militado en torno a tantas ideas tan convenientes que podríamos plantearle la misma pregunta. O, bien, en el caso de Baja California con el gobernador Bonilla, no parecen estar sepultando las prácticas conservadoras sino todo lo contrario.

Si atendemos a la Historia, la piel se nos pone de gallina al ver que lo que el Presidente da por muerto está reviviendo como un zombie espantoso. El Partido Conservador fue un partido político mexicano que luchó en la Guerra de Reforma bajo el lema: “Religios y Fueros” que promovió el establecimiento del Segundo Imperio mexicano.  Llama la atención que el llamado Partido Conservador nunca estuvo organizado como un partido político, fue un movimiento —adivinen a cuál se parece— cuyo fin se llegó con los fusilamientos de Maximiliano I, Miguel Miramón y Tomás Mejía en el Cerro de las Campanas, en junio de 1867. O sea, López Obrador nos está dando una noticia vieja o no entiende lo que es el conservadurismo o nos quiere vender espejitos.

Resulta que aquellos conservadores eran un grupo de personas que representaban una idea de estado muy autoritario, con el poder concentrado en una figura imperial, muy influenciados por ideales religiosos y con un círculo de lealtades cimentadas en una férrea convicción que nadie podía contradecir. Si eso fue lo que murió, entonces no sé lo que estamos enterrando porque el Presidente López Obrador es un hombre que detenta muchísimo poder y cualquiera que no es su aliado, es su enemigo.

Parece que el Presidente se confunde. Dijo, en su mensaje, que logró la subordinación del poder político al poder económico y para muestra basta un botón: el ritmo de crecimiento observa una tasa de cero por ciento. Efectivamente, está consiguiendo lo que prometió. No obstante, no sé si eso sea un elemento para presumir. El desarrollo económico, los incrementos de productividad y de competitividad deben contribuir a fortalecer la economía popular, impulsar el desarrollo regional, ayudar al crecimiento de la iniciativa privada e incrementar la captación de inversión extranjera directa. Pero, si estamos al filo de la recesión, nada de eso se podrá dar. Así que, si a eso se refiere con la muerte del conservadurismo, ya podríamos empezar a ponernos de luto.

Pero, si hay algo por lo que todos los mexicanos debiéramos ponernos de negro es por los elevados niveles de violencia que estamos padeciendo en el país. No podemos disimular por más tiempo, en la Huacana hubo balazos y pleitos entre organizaciones delictivas; en Cuernavaca se perpetró una balacera en una estación camionera, las mujeres seguimos siendo víctimas de abuso, maltrato, violación y asesinatos; ser periodista en México se convirtió en una actividad de alto riesgo y que anuncien el homicidio de uno más ya no escandaliza; el combate al robo de combustible fue una llamarada de petate que hizo combustión con material humano. La Guardia Nacional debe ayudar a la pacificación del país, como lo tenemos prometido. Me gustaría ver que estamos enterrando la maldad, la violencia y la inseguridad. De proteger a las mujeres, no dijo nada.

En fin, lo que no debe morir sepultada entre palabrerías, autoalabanzas y promesas de saliva es la esperanza de que nuestro país pueda crecer más y con políticas que ayuden a lograr una mejor distribución de la riqueza. Necesitamos un gobierno que de certidumbre y uno un personaje que hable con imprecisiones. Merecemos un México que a partir de la unidad camine con paso firme para adelante.  Ya estamos enfadados de que nos vendan espejitos.

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