Las ventanas

Estancamiento

Mi papá solía decir que si detrás de las puertas del granero oyes mugidos, huele a estiércol, salen con botes de leche, puedes deducir que ahí hay una vaca aunque no la hayas visto con tus propios ojos. Se trata de estar atentos y saber interpretar los signos para dar con una conclusión certera. No importa que el vecino te diga que no tiene nada que esconder, que en realidad lo que pasa es que en las granjas aledañas sí tienen vacas pero ahí no hay nada, lo más probable es que tarde o temprano veamos a bovino que está dentro.

El bajo crecimiento que experimentó la economía mexicana en el tercer semestre confirma lo que ya se nos venía anunciando: hay un estancamiento en la actividad productiva del país. Los números no mienten, son objetivos. No tienen posiciones políticas, no son conservadores ni liberales, no tienen favoritos ni despreciados: dicen lo que es y ya está.

La Secretaría de Hacienda y Crédito Público atribuyó a factores externos, a la volatilidad de los mercados, a las tensiones en las condiciones comerciales y a la desaceleración de la economía en el mundo la falta de crecimiento en México. No admiten que parte de este freno se debe a la menor recaudación en Impuesto sobre la Renta y al Impuesto al Valor Agregado. Además ni la inversión ni el consumo han reaccionado como se esperaba.

Pero, ¿qué impacto podemos tener de experimentar un estancamiento en la economía? El problema es que podemos entrar en círculos viciosos: un bajo crecimiento del país pone en riesgo el indicador de la deuda en su relación con el Producto Interno Bruto y el déficit fiscal. Es decir, si no crecemos lo suficiente, no podremos evitar que la deuda crezca.

Pero, ser alarmistas no sirve de mucho. Una cosa es el estancamiento y otra la crisis. México desde el periodo de Luis Echeverría empezó una carrera crítica en el que la economía se fue haciendo polvo, se aceleró con López Portillo, con Miguel de la Madrid conoció su momento más negro, con Salinas se empezó a componer y con Zedillo se dejaron las variables más controladas. En estos años, se vivió una situación en la que los ahorros se esfumaban, el esfuerzo del trabajo rendía cada vez menos, el valor del dinero se colapsaba y la clase media no tenía más remedio que ajustarse el cinturón y apechugar.

Al comenzar el sexenio de Vicente Fox hubo una temporada de cinco trimestres de estancamiento económico. Por fortuna, este no parece ser el caso. La inflación está en un rango aceptable, el tipo de cambio del peso con respecto al dólar permanece estable y las tasas de interés han empezado a bajar. Es decir, estamos estancados pero no en crisis. No obstante, echarle la culpa al escenario mundial sería tomar una actitud cómoda y simplista. No es sólo eso.

Aunque a escala internacional se esté viviendo una desaceleración, no podemos atribuirle nuestro estancamiento al exterior. El freno a la economía tiene orígenes domésticos, existe incertidumbre sobre las acciones que tomará la administración del Presidente López Obrador y más vale estar preparados. El arranque del 2020 va a ser complicado, lento en la actividad económica.

Además, el ambiente de bajo crecimiento mundial se suma a la incertidumbre comercial. A pesar de que China y Estados Unidos han llegado a un primer acuerdo, aún no se llega a un convenio final que sea conveniente para ellos en particular y para el mundo en general.

El estancamiento económico nos debe llamar a la prudencia no a la estridencia. Llamar a las cosas por su nombre ayuda a darles dimensión. No hay crisis, todavía. Pero, estamos estancados. Parece que por ahí hay una vaca.

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