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Cecilia Durán Mena

Las ventanas

Lo que pasó este martes

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Lo que pasó este martes

Puede que hayamos estado distraídos con el tema del Covid-19, de los atentados, de los asesinatos, de las fechorías del crimen organizado y de una serie de penas que nos mortifican, pero el martes de esta semana hubo un hecho relevante que incide en la historia de México: el T-MEC está en vigor. Para muchos, esa no es una buena noticia. Pero, vamos a ver, dadas las circunstancias y con los pies en el suelo tenemos que reconocer que sí lo es. Tenemos tratado y eso es importante.

Habrá quienes miren con nostalgia al pasado y quienes extrañen con añoranza dolorosa al TLC que venció el lunes pasado. Y, ¿cómo no? En su momento fue un acuerdo novedoso que puso en marcha una carrera globalizadora y dio muestras al mundo de que la actividad comercial impulsa el crecimiento económico de una nación. En poco más de veintiséis años, México impulsó su capacidad exportadora y aunque muchos se quejan y piensan —con razón— que las cosas pudieron haber sido mejores, la verdad es que podrían ser peores.

Que si el TLC o NAFTA era mejor que el T-MEC es una afirmación que tiene tantas aristas como puntos de vista existan en este mundo. Sin embargo, no podemos perder de vista que con un presidente en Estados Unidos como Donald Trump, lo que se obtuvo fue bueno, especialmente, porque nos brinda una oportunidad que no podemos desperdiciar. Por eso, más que criticar, es tiempo de analizar que ventajas están en el escenario para aprovecharlas y convertirlas en una base de innovación, creatividad y mejora.

El hecho de que a partir del martes tengamos la certeza que da un instrumento jurídico a largo plazo, cambia positivamente el ambiente económico que teníamos desde finales de 2016, tras el triunfo de Trump que no llegó a la Casa Blanca con un discurso a favor de México ni nos mira con buenos ojos, más bien es al revés. Le gustamos para ser el costal al que le asesta los golpes necesarios para inflamar su popularidad. Por eso mismo, el T-MEC ha de ser apreciado: nos protege. Pero de nada nos va a servir si no sabemos aprovecharlo. Es decir, tenemos que poner el acento y entender que el nuevo instrumento debe de ir aparejado con la creación de condiciones que hagan realmente atractiva la inversión en México. Si no, no.

El T-MEC echa para atrás todo tipo de tentaciones de bloqueo comercial entre nuestros vecinos. Sería tristísimo que se si derribaron los obstáculos externos que nos estorban, nos dedicáramos a construir barreras en casa. Quiero decir que para que el tratado funcione, necesitamos garantizar las condiciones para que los inversionistas se sientan atraídos por esta tierra bendita que es el suelo mexicano, para que sientan tantas ganas de traer sus negocios a México y generen empleos y movimiento económico. Para que el tratado funcione, tenemos que dejar de asustar a la gente de negocios.

Por supuesto, todos tenemos que estar de plácemeles por lo que sucedió el martes pasado. Pero de nada sirven los festejos si no vienen acompañados con acciones que respalden la felicidad. Más allá de que el propio presidente López Obrador haya abordado el tema y se haya a este cambio en las cadenas productivas, se ve que no entiende que la inversión no llegará si no se le promueve. No con palabras y discursos sino con hechos que construyan confianza.

El viaje del presidente a Washington, D. C. tiene que aprovecharse para generar esos puntos de confianza. Lo cierto es que por más visitas que se hagan —partiendo de la base de que Trump se porte bien—, los inversionistas no llegarán a México, si no existen decisiones de política pública que cambien la percepción. Hoy la gente que hace negocios siente que el actual gobierno no es amigo de las inversiones privadas. La verdad es que esta administración se ha ganado a pulso esta imagen.

Este martes, en medio de tantas pérdidas y malas noticias, hay una buena nueva. Tenemos una oportunidad que se acerca en el horizonte, si y sólo si la sabemos aprovechar. Claro, mientras se necesita reconstruir la confianza de los empresarios y los inversionistas, de otra manera, difícilmente se le podrá sacar provecho al nuevo Tratado.

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Cecilia Durán Mena

Saint Michael from Far Away

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Saint Michael from Far Away

Es difícil no caer en la tentación. Especialmente, cuando se abre la oportunidad en tus narices y la seducción te llega colocada en bandeja de plata. Me van a disculpar. Por más que uno quiera ser continente y que la prudencia nos quiera llevar por otros caminos, el acicate es duro. Entonces, en vez de disimular, no queda otra que burlarse. En serio, ¿quién puede resistirse a lo que se hizo en el portal visitmexico.com? Ahora sí que ni los más enamorados de la 4T tienen mucho espacio para moverse. Es de risa loca, es de pena.

Si así se piensa reactivar el turismo, pobres empresarios del ramo. Este sector económico tan importante para México, que nos ha dado tantas satisfacciones y que en otros países ha servido como punta de desarrollo y generación de riqueza, aquí y ahora va de un tropiezo al otro y de una campaña mala a otra pésima. Cuando pensamos que ya nada podría hacerse más mal, nos topamos con que se hizo peor.

Mejor tomarlo a chacota que soltarnos a llorar de vergüenza. Pero, así como hemos ido brincando de ocurrencia en ocurrencia, así vamos sumando una pifia tras otra. Más allá de la burla que resulta merecida, está la reflexión de lo que el sector turístico representa para los mexicanos y la terrible realidad de estar manejado por personas que no se les ven tamaños para explotarlo a toda su capacidad.

En México, —tan lindo y querido—, debiéramos entender que el Turismo representa un factor relevante en el desarrollo económico. No se trata sólo del orgullo nacional de la belleza de sitios y la riqueza de las tradiciones, sino de comprender que contribuye al impulso de otras actividades complementarias y al desarrollo regional. Ha sido un medio eficaz para reducir la pobreza y la marginación. El sector turístico es generador de divisas y hasta hace muy pocos años, nuestro país se ubicaba entre los primeros diez países que captaban turismo mundial.

El exsecretario de Turismo, Enrique de la Madrid Cordero estimó que, en el año 2016, se habrían alcanzado treinta y cinco millones de visitantes del exterior; es decir casi doce millones más que en el año 2012. Para darnos una idea, habíamos crecido el equivalente a todos los turistas que visitaron a Argentina y a Brasil juntos. El sector representaba casi el nueve por ciento del PIB.  lo que representa el turismo para nuestro país, genera nueve millones de empleos y es la tercera fuente generadora de divisas. Hoy, el sector padece por la situación mundial y la agravamos con decisiones locales.

Aquellos logros no responden a la inercia ni a la casualidad. Fueron resultado de las buenas políticas públicas, de la estrecha coordinación que existe con las demás dependencias Federales, con los gobiernos locales, un sector empresarial dinámico y competitivo, y un sector laboral cuya calidad y calidez en el servicio son mundialmente reconocidos. Se trató de un plan estratégico que vio una ventana de oportunidad y la aprovechó.

La OCDE nos ha insistido en la necesidad de complementar el exitoso binomio de sol y playa y sustentarlo en un modelo integral que apoye la oferta regional de productos, impulsar nuevos segmentos de viaje. El turismo es tan bueno que debemos traer más viajeros a conocer nuestro país. Los esfuerzos exitosos con programas sólidos como los de Pueblos Mágicos, de Viajemos Todos por México, debieran reforzarse para que más mexicanos tengamos la oportunidad de viajar por nuestro país. Eso se logra con planeación inteligente, con estrategias bien reflexionadas y con metas precisas, no con ocurrencias.

Es una pena, con la riqueza que tenemos en este país tan bendecido, que la estemos dilapidando con tonterías. Más que dar una imagen de lo que no somos, habría que basarnos en lo que sí forma parte de nuestra hermosa identidad. Eso, y dar seguridad a la gente de que al viajar por nuestro país, le va a ir bien.

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Cecilia Durán Mena

Nada es para siempre

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Nada es para siempre

Cada que renuncia un Secretario de Estado, me pregunto qué fue lo que pasó. Puede ser que haya caído de la gracia de su jefe o que su patrón ya no le caiga bien. Hay veces que la situación es clara, pero en política no todo lo que brilla es oro. El caso es que los movimientos en los círculos del poder siempre reflejan rasgos que son importantes de apreciar. Algunos son enroques para avivar la energía y otros muestran los juegos de fuerza que se dan. La verdad es que todos los presidentes han tenido ajustes en su gabinete y en la 4T los cambios empezaron pronto.

Por ejemplo, fue muy clara la razón para que Josefa González Blanco dejara el cargo después de protagonizar el escándalo de retrasar un vuelo comercial. Se entiende. Un personaje de su nivel no puede darse esos lujos en plena transformación. No obstante, lo que ya empieza a llamar la atención es ver como piezas claves del gabinete del presidente López Obrador están decidiendo marcar postura y mostrar desacuerdos. Parece que las discrepancias con la 4T no se pudieran resolver.

Desde la salida de German Martínez como titular del IMSS, hace más de un año, se han sucedido varios abandonos de personajes clave en la administración lopezobradorista. Carlos Urzúa renunció a la Secretaría de Hacienda y Crédito Público en julio del año pasado. Javier Jiménez Espriú dejó la Secretaría de Comunicaciones y Transportes. Ellos tres han ventilado sus desacuerdos con la dirección que va tomando el gobierno de la 4T. Y, por si fuera poco, se filtra un audio de Víctor Manuel Toledo Manzur en el que se expresan con claridad las molestias que hay entre los principales del Gobierno y se evidencian las luchas que se están dando en las altas esferas del poder.

Nada nuevo bajo el sol, no sorprende que unos se vayan y otros lleguen a ocupar las sillas que quedan vacías. Lo que sí llama la atención es la diferencia en las formas. Para todo hay modos y dicen que hablan más los hechos que las palabras. Antes, los funcionarios eran más discretos: no enseñaban las costuras y era difícil que explicitaran sus desacuerdos con el presidente. Ahora, se ventilan esas disconformidades sin pudor. Y, eso que puede incomodar al círculo rojo, a los ciudadanos nos da señales.

Entiendo que nada es para siempre y que en política y cuestiones de Estado, las cosas que hoy son, mañana ya no. Pero, la evidencia que va dejando el desgrane de Secretarios de Estado y funcionarios de primer nivel es que la 4T no tiene una filosofía estratégica que le dé rumbo. El peligro es que al no tener claridad sobre los valores, la meta, los objetivos, el rumbo del país resulta incierto. No es momento para ver a nuestros líderes dando palos de ciego.

Me gustaría que el presidente López Obrador llevara el timón del barco sabiendo hacia donde nos quiere llevar. No está el horno para bollos y menos cuando el mundo está atravesando una crisis tan angustiante como la que nos toca vivir.  Genera inquietud ver como la revista The Economist tuvo razón al decir que en México hemos abrazado políticas de freno a la economía. Es decir, nos hemos clavado un tenedor en el ojo y seguimos sonriendo. Pero, algunos prefieren irse antes que seguir ahí.

Las fisuras en el gabinete del presidente López Obrador preocupan. Nos dejan ver que las contradicciones y bloqueos que imaginamos, son una realidad. Pareciera que la 4T, a decir de ellos mismos, no es un proyecto firme y concreto, sino que les parece un plan lleno de contradicciones. Que lo digan los críticos del gobierno es lo esperado; que lo expresen los conservadores y los de ultraderecha es lo normal; que lo sostengan los fifís a los que nada les parece, es lo lógico; pero que estas palabras tan duras vengan de la gente cercana al presidente ya es para llamar la atención.

Vale la pena fijarse. Mientras nos traen distraídos con el caso Lozoya, se están generando hoyos en el gabinete. Y, si bien es cierto que nada es para siempre y que los ajustes en los órganos del Estado siempre se han dado, habría que escuchar las razones de los que antes estaban y hoy se han ido por su propio pie.

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Cecilia Durán Mena

Hombres de estado

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Hombres de estado

Siempre he dicho que nada es para siempre: ni las penas ni las alegrías ni el éxito ni el fracaso. La fugacidad es parte de la vida y nos gustaría que ciertas cualidades duraran para siempre, especialmente, el prestigio. Ya lo sabemos, para que las cosas duren, hay que cuidarlas: lo mismo lo material que lo intangible. Al enterarme que el rey emérito de España, Don Juan Carlos I decide irse a República Dominicana para respiro del Rey Felipe y descanso de muchos políticos, debo confesar que sentí tristeza.

Las monarquías siempre me ha parecido que sirven para la prensa del corazón y para muy poco más. Son símbolos que le aprovechan ciertos pueblos para mostrar sus delirios y sus encantos. Me gusta más la democracia tal como la define Thomas Mann: “la forma de gobierno y de sociedad que se inspira, por encima de cualquier otra consideración, en la conciencia y en la dignidad del Hombre”. Estas son palabras altas y no muchos tienen la talla para portarlas. Juan Carlos I por años fue un verdadero hombre de estado, la envestidura le quedo a la medida.

Juan Carlos I fue un monarca apuesto que concedía una elegancia desenvuelta a un país que venía una dictadura autoritaria, encarnada por un hombre chaparrito y un poco pasado de peso que no le gustaba viajar. El nuevo rey significó para España la transición entre lo local y la globalización. Le dio a los españoles mucho de lo que se necesitaba para transitar a un modelo democrático. Mantuvo la templanza ante el terrorismo en los peores años, tuvo buen trato con los socialistas y proyectaba una imagen cosmopolita y la opción monárquica libró grandes sinsabores con pundonor. Hizo un buen papel. Pero, lo dilapidó.

A finales de la década de los ochenta, dejó ver una especie de que su voracidad rayana en el mal gusto. La codicia no luce bien ni en los de sangre azul, los excesos son poco elegantes, las contradicciones se ven mal. Y, en estos últimos años ha habido desde escándalos de faldas, gastos excesivos, sin embargo, los peores fueron los rumores de corrupción. A la vejez, viruelas. Juan Carlos I fue un hombre que no supo conservar su prestigio. Manchó su imagen, las canas al aire dejaron de ser pecadillos veniales y sus faltas se convirtieron en pecados capitales que lo llevaron a una especie de autoexilio.

Es una pena, los españoles que vivieron esa transición deben estar sumamente desilusionados con este desenlace. Juan Carlos I y Adolfo Suárez fueron los artífices de la España moderna.  Le dieron estabilidad a un país que estaba en ebullición a la muerte de Francisco Franco y supieron hacer una operación de filigrana que concilió a los españoles. El rey emérito fue un hombre que mostró grandeza de espíritu, fue una figura honorable que sembró valores democráticos. Fue un hombre de estado.

Sin embargo, cuando un hombre de estado se deja seducir por la frivolidad, cuando sus palabras dejan de tener profundidad y se vuelven demagógicas, cuando permite que los bajos instintos humanos le dominen, inevitablemente se enfila al despeñadero y un tropezón basta para caer al barranco.

Es muy triste ver como se dilapida el prestigio. La confusión que lleva a escuchar esa voz melodiosa que confunde al sugerir el camino equivocado. Pero, así como el prestigio no dura para siempre, la intoxicación que obnubila la razón se acaba. Y, llega el momento de abrir los ojos y lo que resultaba un placer ahora es una molestia. Debe ser terrible darse cuenta del daño que se inflige uno a sí mismo.

Se va Juan Carlos I, rey emérito de España. Se aleja dejando detrás de sí una estela de consecuencias que le pegan en directo a su familia, a su hijo el rey y a todos los que creen en la monarquía. Se diluye una figura de hombre de estado. Y, mientras al otro lado del océano unos se van, aquí otros sonríen.

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