Las ventanas

El verano septembrino

Hay cierto toque de crueldad en el verano septembrino y es que el noveno mes tiene su dejo de melancolía. Lo que pasa es que en septiembre la realidad se nos viene encima después de haber gozado los días dorados de las vacaciones. Por allá quedaron las horas de descanso, de cambio de aires, de levantarnos sin las prisas de todos los días, sin el apuro de llevar a los niños a la escuela. El verano temprano viene cargado de sueños y el tardío de realidades.

Recuerdo que hace años, cuando ya todos los amigos del grupo de la universidad estábamos casados pero sólo una pareja tenía un hijo, hicimos un viaje de verano a Acapulco. Las vacaciones fueron gloriosas, nos reímos, descansamos, platicamos y jugamos. El clima fue espléndido, la alberca fue una cómplice y la playa un lugar magnífico. El día que nos regresábamos el pequeño lloraba y hacía pucheros. ¿Por qué lloras? No me quiero regresar, decía entre hipos y llantos sonoros. Me temo que ahora la de esos lamentos soy yo. Nada más de ver, ya me están dando ganas de regresarme.

Aquí, los primeros de septiembre debutamos con los informes presidenciales y por si fuera poco, empezamos a hacer cuentas de todo lo que nos gastamos mientras andábamos paseando y sentimos que la inclinación del camino se vuelve más tortuosa. Hay que escuchar lo que nos dice el presidente saliente, hay que volver a lo de todos los días, hay que pagar las cuentas, hay que escuchar lo que dicen los integrantes del nuevo gabinete y preguntarnos si ya están en funciones o si nada más andan calentando motores. Entonces, así como empieza a llover, así regresamos a una rutina que nos hace querer estar en los primeros días de mayo.

Ahora que los chubascos se convierten en trombas, volvemos a abrir los periódicos y nos enteramos de varias cosas. Trump nos considera socios espectaculares pero quiere que paguemos el muro, el Banco de México bajó la previsión de crecimiento del país pero aumentó la violencia. Sólo en Guanajuato, en sus diferentes municipios, los asesinatos se han incrementado. Hace dos años, éramos un lugar pacífico que se usaba de ejemplo. Nos parábamos el cuello, tan felices de ser uno de los estados de la República con crecimientos espectaculares y nos enternecía hasta el escalofrío enterarnos de lo que pasaba en otros lados.

Y, mientras en muchas casas guanajuatenses lloran a sus muertos, en las tertulias políticas se habla del retorno de lo más feo de los manoseos partidistas. Nadie se escapa, ninguno puede decirse una blanca paloma. Por un lado, estamos repatriando políticos a los que se les dio fuero para que no den cuenta de sus actos frente a la ley; por otro lado, sacamos a viejos liderazgos de la cárcel para que no quede duda y mientras tanto los profetas oportunistas y megalómanos elevan las manos al cielo y nos instruyen sobre lo bien que hará todo el tlatoani que ha de ocupar la silla del poder. Otros andan en la rebatinga de la dirigencia de sus partidos. Y, luego, nos enteramos de escándalos que se guardan como si fueran secretos de confesión, mientras el pastor cierra los labios y eleva los hombros.

No. No nos alcanzan los recuerdos de las vacaciones para que se nos endulce la realidad. No nos alcanzan las fotos que tomamos, ni las anécdotas que le contamos a nuestros conocidos para que se nos aleje este regusto amargo. No, no se trata de ser de esos que tienen el carácter acidulado o de andar de vinagretas o de ser de esos malagradecidos que sólo saben verle el prietito al arroz, cuando todos andan felices de la vida recordando sus vacaciones y esperanzados porque el cambio ya llegó.

No sé, a lo mejor de verdad, todo esto es el efecto del cambio de clima. Tal vez, escuchar el golpeteo de las gotas de lluvia, el olor a tierra mojada, los nubarrones que hacen que el cielo se vea gris en vez de azul sea lo que me hace tan difícil de asimilar que el tiempo avanza y que aunque yo quiera, no hay forma de parar la manecillas del reloj.