Conecta con nosotros

Cecilia Durán Mena

Las ventanas

Escuchar a la gente

Periodico Correo

Publicado

En

Escuchar a la gente

The Politician es una serie de Netflix creada por Ryan Murphy, Brad Falchuk, Ian Brennan en la que hay un personaje muy interesante. Se trata de Dede Standish, protagonizada estelarmente por Judith Light, una mujer que lleva muchos años siendo senadora por el estado de Nueva York y se enfrenta a Payton Hobbart, un joven candidato con ideas ecologistas. La serie es un retrato crítico que nos permite ver, desde una mirada muy cínica, los movimientos de las altas esferas de quienes ocupan un puesto de elección popular. Nada que nos escandalice porque la realidad supera cualquier ficción y eso no es novedad.

Lo que resulta una novedad es el discurso que pronuncia Dede Standish en el último capítulo de la serie. Y, sin echarle a perder el desenlace a quienes siguen la serie, el personaje les dice a sus votantes algo que me parece glorioso: un político que deja de escuchar a sus votantes no sirve para lo que fue elegido. Parece tan obvio, sin embargo, es evidente que en el mundo los políticos se escuchan a sí mismos, ven por sus intereses, prometen y cumplen poco, pero una vez sentados en la silla a la que aspiraron, olvidan a sus votantes.

Y, es que últimamente, las altas tribunas de la Nación más que espacios para debatir las mejores ideas que nos lleven a ser un mejor país, parecen un mercado con clientes furiosos que se arrebatan las mercancías mientras enseñan los dientes y presumen las uñas largas. Llega un momento, como el que estamos viviendo, en el que necesitaríamos que nuestros políticos crecieran y ganaran estatura. Sin embargo, parece que esos personajes que se elevan y son capaces de tener miras superiores, sólo pueden ser protagonistas de una serie de televisión por streaming.

Lo de la vida real es ver pleitos y descalificaciones. No se trata de que en política no existan diferencias: las hay y es lo esperado. Pero, en vez de sombrerazos, debiera haber planteamientos serios sobre los desacuerdos; en lugar de circos y payasadas, esperaríamos datos y sustentos; más que descalificaciones baratas, seríamos felices al ver que los desencuentros nos sirven de trampolín para elevar las miras y llegar a mejores lugares. Pero, no. Nuestros mejores hombres y mujeres nos dejan ver las costuras con las que están hechos con una impudicia que hasta da tristeza.

Y, lo más penoso de todo es que ni nos ven ni nos escuchan. Dejamos de existir en el momento en el que entran en el palacio de gobierno o en el instante en el que se sientan en su curul. Pero, nos gustaría que nos escucharan. No que finjan que nos escuchan ni que se saquen la foto o que hagan sus puestas en escena. No queremos actores que vayan a visitar enfermos de a mentiritas ni cómicos que se pongan a decir chistes desde la tribuna de la Nación. Para eso, mejor pagamos una suscripción y vemos una serie con actores de a deveras.

Qué bueno sería que los alcaldes, el gobernador, los diputados, los senadores, el presidente se dejaran de echar la bolita y de aventar las papas calientes y pusieran atención. Nos gustaría que entendieran que no nos gusta ver al crimen organizado desbordado, que nos indigna ver que las cárceles no están llenas de criminales sino de gente que no pudo pagarle a un abogado para que lo sacara de ahí, nos angustia ver un sistema de salud tan vulnerable, nos inquieta saber que médicos, enfermeras y personal de salud no tienen protección suficiente para cuidar a sus enfermos, nos mortifica quedarnos sin trabajo y sin posibilidades para llevar el pan y la sal a la mesa de nuestras casas. En fin, nos saca de quicio estar tan preocupados y que ellos anden a golpes y escupitajos.

Dicen que cada nación tiene el gobierno que se merece. Y, cuando veo a los fanáticos —de ambos lados— que defienden a sus próceres a ultranza me parece que sí, que tenemos lo que nos merecemos. Pero, me desdigo y sostengo que nos merecemos mucho más de lo que tenemos. Hemos sido un pueblo solidario que ha trabajado duro y se ha sacrificado tanto. La gente que vota por un cambio, lo hace porque aspira a algo mejor y cree que al sufragar, lo va a conseguir. Así opera la democracia.

Sí, pero para ello necesitamos políticos que sepan escuchar. Tal como lo dice el personaje de Dede Standish, un político que deja de escuchar a sus votantes no sirve para lo que fue elegido. Vamos a ver si los señores tienen oídos, nos gustaría que los empezaran a usar: escúchenos.

Comentarios

Continuar Leyendo
Publicidad

Cecilia Durán Mena

No es lo mismo

Periodico Correo

Publicado

En

Por

Edición

No es lo mismo

No es lo mismo ver los toros desde la barrera que enfrentarlos en el ruedo. Si uno habla de regresar a la nueva normalidad y ve lo que está sucediendo en las plazas del país, no queda otra que preguntarnos qué es lo que estamos entendiendo y qué es lo que todavía no logramos comprender. Las imágenes que nos llegan de las playas de Acapulco, las filas que se hacen en la Ciudad de México para entrar a los centros comerciales, los reportes de gente que hace fiestas sin tomar ningún tipo de medida de seguridad contrastan con las de los hospitales donde los enfermos están padeciendo y hay gente muriendo.

Según los datos de la página oficial de Covid del Gobierno Federal, existe una estimación de casi trescientos treinta mil casos positivos y una cifra cercana a las cuarenta mil defunciones. Son personas que han padecido el yugo de la enfermedad, que tienen nombre y apellido, pero que en la frialdad de los números, se pierden, se dejan de ver, se diluyen. Si no, uno no entiende cómo es posible que haya personas que, a estas alturas, sigan pensando que no pasa nada.

Pero, cuando uno habla con personas que ya sufrieron los golpes de este flagelo, las cosas se ponen de otro color. Entender el dolor específico de esta familia que perdió padre y madre, que murieron con la angustia de dejar huérfanos a adolescentes, hablar con parientes de enfermos que tienen hospitalizados a sus enfermos y que no saben nada porque al traspasar el umbral del sanatorio entran a un vórtex del que es imposible presumir cuál será el resultado.

Sin duda, no es igual ver las cosas desde los que ya tienen que salir a trabajar, porque de otra manera, no hay para pagar el pan y la sal que todos los días tiene que haber sobre la mesa. Eso se entiende. Lo que es difícil de dilucidar es la urgencia de ir a ponerse en riesgo con un entusiasmo y una alegría que de tan imprudente, raya en la inconsciencia. Tal vez, nos hace falta hablar con estos triunfadores que ya fueron a la guerra contra el virus, que ya se enfermaron, padecieron y vencieron.

De todos los sobrevivientes del Covid19 con los que he tenido la oportunidad de hablar, no ha habido alguno que entienda como es que alguien no tiene la disposición de cuidarse. Me han contado lo terrible que fue la falta de aire, el cansancio permanente, la sensación perpetua de nausea. No podemos equivocarnos, no son los síntomas de una gripa común. Sin embargo, no es sólo eso: es lo que tuvieron que padecer. El aislamiento y el encierro fueron parte de la situación, pero lo peor fueron esas miradas de miedo, ese rechazo, el pánico con el que fueron vistos.

Queda una sensación como la que se relata en los escritos del Antiguo Testamento sobre los que estaban enfermos de lepra y les ponían un cencerro para advertir que ahí venía una persona infectada. Y, lo que pasa con ellos una vez que ya están aliviados. La gente los sigue viendo con desconfianza, hay un resquemor que raya en pánico. Lo curioso es que esa reacción es contradictoria. Esos que le tienen tanto miedo a los que se infectaron, no se sienten amenazados por andar sin tapabocas o saliendo de fiestas. Somos curiosos.

¿Por qué será que la gente que huye de una persona que se contagió y se alivió o que es capaz de agredir a personal médico que está luchando en favor de los enfermos, son los que se ponen el tapabocas de gorro y le juegan a Juan sin Miedo y no adoptan medidas de seguridad?

No sé, será que pensamos que no es lo mismo lo que les pasa a los de enfrente que lo que me amenaza a mí en lo personal. Tal vez, no sería lo mismo si hubiera mayor difusión de esos casos de éxito y se le diera voz a estos guerreros que ya vencieron la enfermedad. Si los escucháramos y nos enteráramos, seguro haríamos caso. Si le pusiéramos nombre y apellido a las personas que han caído en la lucha, veríamos las cosas diferentes.

Es que, las cifras son frías y a veces no nos dicen mucho. Sin duda, no es lo mismo enterarte del conglomerado de números ajustados y estadísticas que saber que hubo alguien a quien tu quieres que se contagió y tuvo que recorrer este camino tan duro. Por los que triunfaron y por los que se quedaron en el campo de estas batallas, más nos valdría entender.

Continuar Leyendo

Cecilia Durán Mena

Una extraña visita

Periodico Correo

Publicado

En

Por

Edición

Una extraña visita

La vistita que este miércoles hizo el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, se puede calificar como extraña. La agenda del día en Washington no ofreció razones que nos aclaren por qué era necesaria esta visita, sobre todo en medio de circunstancias tan curiosas: una pandemia, un festejo trilateral al que sólo atendieron dos mandatarios. Y, no nada más ello, sino las actividades que el mandatario mexicano eligió al estar en la capital del país anfitrión.

También es extraña, porque, para fortuna de propios y extraños, el presidente Trump fue moderado y aceptablemente amable. Se reunieron, hablaron y se sonrieron. No se hizo una oportunidad para que López Obrador se reunira con legisladores demócratas o grupos inmigrantes. En vez de eso, AMLO se dispuso a colocar una corona de flores en el monumento a Abraham Lincoln y en una estatua de Don Benito Juárez. Su reunión con Trump en la Casa Blanca fue orquestada meticulosamente, tal como lo haría un wedding planner: diseñada para crear la atmosfera ideal de una sesión de fotos para celebrar el inicio del T-MEC, el nuevo tratado de libre comercio entre México, Estados Unidos y Canadá, que ha reemplazado al TLCAN.

En ese ambiente, la intervención de López Obrador se orientó a agradecer a Trump por su amabilidad hacia México —lo que nos hizo levantar las cejas—, una afirmación realmente extravagante dirigida a uno de los presidentes más xenófobos de nuestros tiempos. Lo que ganó el líder mexicano con esta visita podría seguir siendo un misterio, pero Trump con seguridad utilizará la ceremonia de firma de este miércoles como parte de su campaña electoral.
No se trata de regatearle a López Obrador el hecho de que fue tratado por Trump con cordialidad y entender que verlos cerca, diciendo palabras bonitas, ayuda. ¿Cómo no va a ayudar andar de luna de miel con el mandatario de los Estados Unidos? Pero, ya sabemos que este hombre es veleidoso y puede tronar contra México en la primera oportunidad que se le presente. Fue bueno verlos brindar y decirse palabras lindas, aunque a la distancia luzcan huecas y un poco falsas.

El hecho de que Lopez Obrador haya decidido visitar a Trump, nos puso nerviosos. Llamó la atención que haya ido hasta allá para alabarlo personalmente y regocijarse por un tratado comercial que ya está en vigor —en medio de una crisis sanitaria y una campaña presidencial. Las cosas claras, le fue bien, pero no es la señal de heroísmo, que algunos lisonjeros de AMLO repiten, tampoco creo que haya sido un acto de capitulación. Se vale que en democracia todo sea sonrisas y caravanas. Ya veremos lo que viene después.

Tampoco creo que López Obrador haya desperdiciado una oportunidad para confrontar a un hombre al que ha criticado, desde lejos, por años. Ni modo que hubiera ido a reclamarle a Trump por sus políticas antiinmigrantes. Tampoco creo que hubiera sido apropiado que le regalara el libro en el que recopiló esos discursos apasionados que llamado Oye, Trump, en el que calificó al muro fronterizo de como “un monumento a la crueldad y la hipocresía” y comparó la retórica antimexicana del gobierno con la Alemania nazi. Los dos saben ser groseritos y se contuvieron, menos mal.

No se mostró nada de esa bravuconería en la Casa Blanca. Por suerte, ganó la prudencia y se prefirió dar elogios. Los simpatizantes de López Obrador probablemente alegarán que este cinismo es, de hecho, una inteligente estrategia de pacificación. Los detractores pensarán que la sumisión nunca es buena diplomacia.
Esta extraña visita resultó bien, porque no se regresaron con cajas destempladas. A López Obrador le fue bien con Trump, le fue mejor que a muchos otros mandatarios que se han quedado peinados de raya en medio por los sofocones que les dio el presidente de los Estados Unidos.

Continuar Leyendo

Cecilia Durán Mena

El viaje del presidente

Periodico Correo

Publicado

En

Por

Edición

El viaje del presidente

Es difícil de entender, pero, por fin el presidente López Obrador decide hacer su primer viaje internacional. De todas las oportunidades que tuvo, eligió una de las oportunidades más extrañas y logró algo que no se había dado antes en todo su mandato: hermanó el sentimiento de chairos y fifís, de liberales y conservadores. Todos tenemos un miedo razonable de que el anfitrión no trate bien a su visita. Y, no es para menos, ya conocemos que Donald Trump no tiene miramientos y que se le puede ocurrir que la presencia de su homologo le sirva para hacer una de las suyas.

Resulta complicado concebir los porqués de la elección de López Obrador, que pudo haberse inaugurado en esto de los viajes internacionales en escenarios más amigables, en donde además pudo haber convivido con otros mandatarios, en ocasiones que fueran más lucidoras y neutrales. Pero, ya sabemos que a AMLO le gusta la adrenalina y eso de hacerle cosquillas al tigre, le da risa. Ojalá no me lo dejen con cajas destempladas.

Cuando algo no se entiende bien, a mí me da por desconfiar. Y, sin duda es sospechoso que el motivo de la reunión sea la celebración de la entrada en vigor del TMEC, porque el tratado des tripartita y en el festejo el mandatario canadiense estará ausente. Por supuesto, uno se pregunta ¿por qué Justin Trudeau no va a ir? Seguro se enteró de que. además de dialogar sobre el tratado que sustituye al antiguo TLCAN, el Presidente López Obrador también expondrá temas inherentes a los intereses del país, al tiempo que pedirá un trato respetuoso hacia los migrantes que residen en la Unión Americana. Buena suerte con eso, dirá. Allá que se hagan bolas ellos solitos, mejor yo después voy a México.

Por eso, andamos mortificados, lo mismo los adoradores del presidente que sus críticos acérrimos. Y, no es para menos. Donald Trump anda tiene sus necesidades, le urge hacer campaña y el horno no está para bollos. Con el Covid19, el mundo del espectáculo anda alicaído y las artimañas que lo llevaron a la Casa Blanca no le servirán como estrategia esta vez. Hay casas encuestadoras que le ven un triste pronóstico a las pretensiones del actual presidente de Estados Unidos para reelegirse. Y, así las cosas, debe estarse devanando los sesos para ver qué se le ocurre que sea mediático y contundente para volver a atrapar el cariño de sus electores.

En esta condición, hay preocupaciones sobre el viaje del presidente López Obrador a Estados Unidos. Vemos a Donald Trump como un gato goloso que se está relamiendo los bigotes. Claro, sabemos que el presidente mexicano no es una blanca palomita y que tampoco es un corderito que camine alegremente a la boca del lobo. Pero, se nos alborotan los nervios de pensar lo que puede suceder. Dicen por ahí: piensa mal y acertarás. ¿Qué nadie en el grupo de asesores del AMLO ha pensado en esas posibilidades?

Se ve complicado el programa de los mandatarios no tenga puntos de rispidez. Que se circunscriba a llevar ofrendas a los monumentos de Abraham Lincoln y Benito Juárez en compañía de Donald Trump, mientras que, por la tarde-noche, ambos se sienten a platicar festivamente en la Casa Blanca y se dediquen a echarle porras al futuro glorioso del TMEC. Ni que no los conociéramos. Sin embargo, ese es el plan. López Obrador tomará un vuelo comercial, en un vuelo que lo conducirá a Washington, en el que irá con una comitiva que en otros años era vista como la plana mayor.

Y, allá estará dos días que espero pasen rápido y en forma tersa. Que se den los festejos y que todo vaya como está previsto. Porque, para este viaje del presidente López Obrador, todos tenemos los mejores deseos, sin importar de qué lado de la línea nos encontremos. Y, también hay que decirlo, sin importar nuestras diferencias, hay preocupación de que las cosas no resulten como e

Continuar Leyendo

Publicidad

Portada Impresa

Cartón

Publicidad

Publicidad

Marcador

Salud

Ciencia y Tecnología

Extravagario