Hace algunos años, Friedrich Nietzsche declaró la muerte de Dios. De igual forma, a principios del milenio en la Feria del Libro de Frankfurt, se decretó el inminente deceso del libro físico, al finalizar la primera década del siglo XXI, la posmodernidad dijo que la familia como sustento de la sociedad había pasado a mejor vida y por fin, ante la pifia que representan los partidos políticos en el mundo, hubo quien desahució la democracia. Parece que se equivocaron al profetizar tanta muerte.

Ante los augurios y frente a los hechos, nos podemos dar cuenta de que esas profecías no se cumplieron y de hecho, no parece que vayan a cumplirse. La fe en tiempos de Covid les ha dado a muchos una respuesta frente a la fragilidad del mundo. Si bien es cierto que hay una gran proporción de la población mundial que sostiene que no sirve de nada rezar y que Dios no les resulta una idea interesante, hay una lucha sincera por adaptar las creencias religiosas a una pandemia que no distingue denominaciones ni fronteras y ganó prominencia cuando muchos países prohibieran las reuniones de personas. Según Gregory Jones, de la Universidad de Duke la fe ha encontrado caminos de transformación y sigue dando esperanza, muchos que se habían alejado de una vida fervorosa, hoy la han reencontrado.

El libro de papel, por su parte, se sigue defendiendo. Las impresiones no murieron en el 2019. Si bien la profecía se leía dura y asustó a propios y a extraños, el futuro nos alcanzó —siempre lo hace— y nos demostró que esa vena catastrofista no tuvo la potencia con la que nos asustaron. De hecho, este año se vio un repunte en las ventas de libros físicos en Estados Unidos e Inglaterra y las cifras del ebook han decaído. Según Juan Cerezero de Editorial Tusquets, en los países de habla hispana ha sucedido algo similar: las personas cuyas edades oscilan entre dieciocho y treinta y cinco años han aumentado su compra de unidades físicas frente a las digitales. Por supuesto, si el libro físico no ha muerto, tampoco lo hará el electrónico. Parece que Umberto Eco tuvo razón, el libro es un invento perfecto en sí mismo.

La familia como base de la sociedad ha probado ser un cimiento que aguanta todo tipo de embates. En este año de encierro, hemos visto que la violencia intrafamiliar ha aumentado, imposible no dar cuenta de ello. No obstante, en tiempos de crisis, la solidaridad de los nuestros se ha hecho patente. Se han destacado dos corrientes ideológicas de sentido contrario han puesto en jaque a la familia. Mientras que, por un lado, el colectivismo, llevado al extremo, ha tratado de superar la organización familiar como célula social tratando de reemplazar todos sus roles por el Estado, por otro lado, el individualismo fundamentalista ha estrangulado a la familia. Por fortuna, también hay muchos ejemplos de padres y madres que siguen al pie, de abuelos que ayudan a sus hijos y nietos, de hermanos que se solidarizan con el que perdió la salud, el trabajo, se agobió con deudas, quiso seguir estudiando. Una sociedad solidaria puede ser y es posible. Lo está siendo.

Rob Riemar, filósofo alemán, anunció el imperio de la frivolidad y nos advirtió sobre los peligros de muerte que estaba sufriendo la democracia. Tuvo razón, el populismo encontró sus mejores años en el último lustro. Vimos como una frase pegajosa podía más que la razón, como una promesa incumplida se disculpa por una cantera de gente sigue fiel. El cinismo tomó la palestra, los boca-flojas se pusieron debajo del reflector y el sinsentido formó parte del discurso reinante. Pero este 2019, vimos como los comicios en Estados Unidos derribó al ídolo con pies de barro.

Parece que Dios, la familia, el libro y la democracia tienen algo en común: tuvieron una sentencia de muerte y se elevaron por encima de las cenizas que les quisieron aventar. Parece que hemos aprendido a flexibilizar nuestras ideas y acomodarlas a una nueva realidad, menos catastrófica. El futuro llegó y las profecías no se cumplieron, al menos, esas no.