Las Ventanas Opinión

Las personas que gobiernan

Las personas que gobiernan debieran entender que hay espacio para todos. Evidentemente, todos tenemos simpatías y antipatías, filias y fobias que debieran quedarse en el ámbito personal. Sin embargo, en política es muy frecuente ver que más que propuestas, hay críticas discursos de frases de división, de arengas incendiarias y de gritos de guerra. Eso es normal cuando se está en plena campaña electoral, como lo está haciendo el presidente de la República que se le olvida que, al estar sentado en la silla presidencial, es el mandatario de todos los mexicanos, hasta de los que no piensan como él.

Parece que al presidente López Obrador le resulta muy fácil arengar —tiene años de experiencia— en contra de los que piensan distinto que él. Ahora dice que las feministas, ambientalistas y defensores de derechos humanos han sido los causantes de la decadencia en el país. ¿Me pregunto cómo o por qué serán estos grupos responsables de la falta de progreso de México? No lo veo, porque no se nos da una justificación para sustentar esos dichos. Es triste oír esas palabras, porque un mandatario debería tener la apertura o la tolerancia, para entender que esos grupos pueden o no pensar cómo él, pero forman parte de México. 

Más aún, esas palabras que salen de la boca de un gobernante, adquieren fuerza y debieran estar sustentadas en pruebas. La acusación es grave y lo es peor si sólo se basa en la antipatía que un hombre tan poderoso como Andrés Manuel López Obrador. Ya han pasado muchos años en los que las campañas políticas se han convertido en el discurso de odio en el que lo importante es sacarle los trapitos al sol a sus competidores y el nivel de crítica se eleva por debajo del subsuelo. Pero, no es válido denostar así a ciertos sectores de la población sin dar las razones.

Así ha sido en el mundo y así se ha hecho costumbre aquí. Se puso de moda esa manera de avanzar criticando, de construir una imagen destruyendo la de otros y por eso, los problemas se estancan y las soluciones se alejan. También, así ha sido como muchos impresentables se han hecho de puestos de elección popular. Se ganan el favor de los votantes echando piedras, haciendo promesas y distrayendo a la gente con espejitos, en vez de entrarle al toro por los cuernos. ¿Dónde quedaron las propuestas?

En vez de contrastar ideas, de debatir con sustento —porque no todos pensamos igual y es válido que todos podamos expresar nuestro punto de vista—, nos la pasamos escuchando sandez y media, preguntándonos cómo es posible que las mismas prácticas sigan funcionando si a todas luces, los resultados son malos. Y, en el caso específico de las feministas, los ambientalistas, los defensores de los derechos humanos, la acusación del presidente de la República es a la vez injusta y terrible. 

Lo es por la sencilla razón de que parece que Andrés Manuel no los entiende y por eso, en vez de hacer un esfuerzo, prefiere hacerlos a un lado. Ignorarlos es malo, pero no se queda ahí, trata de aniquilarlos pegando duro en el centro de su prestigio. Así, desde la silla presidencial, el presidente eleva el dedo del juicio flamígero y pretende fijar la pauta, pasando por alto aquello a lo que se comprometió cuando recibió la investidura presidencial: ser gobernante de todos los mexicanos.

Las personas que gobiernan debieran entender que su obligación es encontrar espacio para todos, para los que los aplauden, para los que los critican, para aquello que entienden y para lo que se aleja de su leal saber y entender. Así debiera ser y así no es.

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