La universidad es segundo hogar en la adolescencia y, de alguna manera, durante toda la vida, cuando el espíritu continúa su desarrollo evolutivo, hasta concluir su misión. Es en ella, donde se aprende: a madurar para proseguir la existencia de la especie; quien ayuda a entender la necesidad de amar, más allá de la pretensión de poseer en exclusiva. Ahí, se comienza a practicar la solidaridad sin temor y, la empatía, por el en encuentro con la esencia gregaria.

Muchos, ojalá todos, tuvieran la oportunidad de vivir la experiencia alucinante de la vida universitaria, tan llena de dudas y esperanzas; de vivencias que luego se convierten en recuerdos para toda la vida; de aprendizajes en común que posteriormente fructifican como expectativas y luego nos enseñan el valor de la perseverancia y a premiar la virtud en los otros, con algo tan simple como la aceptación, cuanto más expresa, más gratificante.

La universidad es el hogar donde el espíritu aprende a ser libre; a estar dispuesto a poner en duda aún pensamientos arraigados durante decenios y, luego, expuestos a la prueba de verdad. Entonces, la convicción nos enriquece, pues ahora no seremos quienes repiten una idea, sino aquellos comprometidos a defender la importancia de compartirla con muchos, quizá con todos, bajo la condición de respetar el ejercicio que nos hizo libres, a la espera que la libertad, sea condición para encontrarse con la verdad, que ha de ser patrimonio de todos y no privilegio de unos cuantos.

Los universitarios habrán de agruparse en comunidad, para compartir el patrimonio común que fue entregado, bajo el compromiso de defenderlo e impulsarlo, sea en la ciencia social o en la exacta.

El espíritu universitario debe comprometerse con la paz, que es el estado perfecto, para que el espíritu se ejercite en el torneo de las ideas por la verdad.

La paz tiene como condición la justicia y ésta la acción de mujeres y hombres libres, celosos de llevar adelante la misión de combatir prejuicios, llevando al seno de la sociedad, el espíritu de la libertad de cátedra y la práctica del libre examen de las ideas.

La universidad es una de las joyas más preciadas de la sociedad. Amarla, es protegerla de las desviaciones que pudieran lastimar su misión; enaltecer todo aquello que contribuye a convertir al ser humano en devoto de la verdad; para que los humanos, superados por la práctica de la bondad, sean capaces de amar sin convertir al objeto amado en su propiedad, sino proclive a solazarse en el desarrollo pleno de los atributos propios de la especie.

Quienes hemos tenido el privilegio de convivir con varias generaciones, podemos decir con humildad que henos tenido la distinción de convivir con seres, productos superiores de la especie, no por su alarde, sino por el reconocimiento de quienes han tenido la fortuna de ver objetivado el espíritu universitario.

Es gratificante que los guanajuatenses, podamos disfrutar de un legado de nuestros ancestros, tan valioso como la Universidad del Estado, que si bien no tiene el monopolio de la excelsitud académica; en cambio, su existencia demanda de todos los que recibimos de ella, la luz que nos enseñó el camino de la libertad, el mayor empeño en solidarizarnos con la misión y la visión que la enriquecido y hecho digna de nuestra solidaridad invariable.

Nuestra casa grande ha enseñado a quienes se nutren de ella, la importancia de amarla y respetarla, como el más caro patrimonio, heredado de quienes nos antecedieron en el aula o en la cátedra.

Hoy que enfrenta desafíos tan grandes debemos redoblar esfuerzos, para que nuestra universidad sea digna del respeto y la solidaridad de la sociedad en su conjunto; para que personajes probos, la conduzcan con sabiduría y humildad, y, con ello, se garantice que siga siendo: la universidad por la paz.