Aun en la derrota, Ortiz fue admirado, pues logró escapar de la elevada meseta arrojándose montado a caballo por una ladera tan escarpada que se le dio por muerto. Semanas después reapareció, se unió a la gloriosa campaña de Javier Mina, a quien apoyó en la victoria de San Juan de los Llanos y en los ataques a la Hacienda de Jaral y al mineral de Guanajuato.

En las postrimerías de la guerra de independencia, el 19 de agosto de 1821 para ser exactos, se libró en Atzcapotzalco una de las últimas batallas entre el ejército trigarante dirigido por Anastasio Bustamante y las fuerzas virreinales que permanecían fieles al gobierno, al mando del coronel Manuel de la Concha.

Tomadas las ciudades de Querétaro y Puebla, la suerte se inclinaba de manera notoria hacia el bando trigarante, cuyo comandante general, Agustín de Iturbide, había sido capaz de reunir en un sólo contingente a realistas e insurgentes, enemigos antaño irreconciliables. Las tropas de Iturbide se proponían ahora estrechar el cerco sobre la ciudad de México en espera de lanzar el ataque final u obligar al virrey Juan Ruiz de Apodaca a entablar negociaciones.

Uno de los antiguos insurrectos que militaban en ese momento bajo los postulados del Plan de Iguala era Encarnación Ortiz, célebre guerrillero del Bajío que en diversas oportunidades había derrotado a muchos militares de carrera que hoy marchaban a su lado. En memoria de sus numerosas hazañas, Ortiz era el jefe de los dragones – o caballería – de la Sierra de Guanajuato.

Ciertamente Encarnación Ortiz no había nacido en nuestra entidad, sino en el rancho ‘La Pachona’ en Pinos, Zacatecas, razón por la cual se le conocía como uno de ‘Los Pachones’ junto con sus hermanos Matías y Francisco. Sin embargo, la mayor parte de sus correrías habían tenido como escenario las tierras guanajuatenses.

En San Felipe, unido al Padre Carmona y el guerrillero Núñez, ocupó la Meseta de los Caballos, fuerte natural que les permitió atacar las posiciones realistas de esa zona, hasta el 10 de marzo de 1817 cuando las tropas del coronel Cristóbal Ordóñez tomaron el campamento y masacraron a decenas de insurrectos.

Aun en la derrota, Ortiz fue admirado, pues logró escapar de la elevada meseta arrojándose montado a caballo por una ladera tan escarpada que se le dio por muerto. Semanas después reapareció, se unió a la gloriosa campaña de Javier Mina, a quien apoyó en la victoria de San Juan de los Llanos y en los ataques a la Hacienda de Jaral y al mineral de Guanajuato. Con Mina sufrió así mismo los difíciles momentos en los fuertes “El Sombrero” y “Los Remedios” y lamentó la captura y fusilamiento del líder navarro.

Combatió también bajo las órdenes del padre José Antonio Torres en Pénjamo y sus contornos. En 1820, convencido del fracaso insurgente, responde al ofrecimiento de indulto del virrey Apodaca y se retira de la lucha con el grado de capitán y una escolta de 50 hombres.

El movimiento trigarante lo toma de sorpresa mientras atiende negocios particulares. Convencido de su seriedad por la incorporación al mismo de Vicente Guerrero, Nicolás Bravo, Ramón López Rayón y otros cabecillas de prestigio, en abril de 1821 se une a las fuerzas de Anastasio Bustamante y avanzando hacia la capital de la colonia ve con agrado cómo la rebelión se fortalece día a día.

Encarnación Ortiz, empero, no tendría la satisfacción mayor de entrar a la ciudad de México. El destino le dejó en el umbral de la victoria, quizás como venganza ante la debilidad que tuvo el día que se indultó o tal vez como épico final para una vida llena de heroísmo.

Cuenta la crónica que aquel 19 de agosto en Atzcapotzalco una acción de reconocimiento ordenada por Bustamante se convirtió en reñido combate con el enemigo. Abandonadas las posiciones españolas, los trigarantes llevaron una pieza de artillería hasta la plaza misma y con ella causaron muchas bajas a sus rivales.

La llegada de la noche evitó la derrota total de los realistas; pero en la retirada, cuando Ortiz y sus hombres trataban de rescatar el cañón emplazado, que para entonces estaba hundido en el fango, el célebre “Pachón” cayó muerto junto a otros valientes de Guanajuato e integrantes de los fieles de Potosí, dirigidos por Manuel Arana, quien resultó malherido.

La consternación ante esta noticia invadió primero el campamento de Bustamante y luego toda la región del Bajío, donde la fama del guerrillero era elevada. El propio Agustín de Iturbide, instalado en Puebla, lamentó pérdida tan grande y solicitó se rindiesen honores a los restos mortales.

Así, combatiendo de modo arrojado como era su costumbre, murió Encarnación Ortiz, en un combate que costó más de quinientos hombres al coronel Concha y que obligó al gobierno a solicitar pláticas con miras a su rendición. Hoy, al narrar aquel trágico acontecimiento, recordamos al audaz guerrillero zacatecano, quien supo mantener en los valles y sierras de Guanajuato el fuego por la libertad.