Una de las tareas fundamentales de la política, es unir voluntades por medio del sentimiento de fraternidad. Cuando se pierde de vista ese objetivo, los vínculos resultan frágiles y los propósitos de unidad fracasan. Las instituciones son especie de edificios, para cuya solidez requieren, ser enlazadas, por individuos a quienes reúna el sentido de pertenencia, que les permita emprender trabajos conjuntamente, para lograr las metas que han planeado llevar a cabo.

Cuando el ser humano se propone como meta la justicia, es necesario que las relaciones entre quienes integran la institución que la procurará, estén presididas por la confianza, que se fortalece con el sentimiento de fraternidad, que nace de la convicción de que la unidad es necesaria para alcanzar los objetivos propuestos. La revolución francesa exaltó tres conceptos para garantizar los derechos del hombre y el ciudadano: libertad, igualdad y fraternidad.

Estas tres palabras expresan la esencia de lo mejor del ser humano. La necesidad de ser entidades pensantes; la garantía que nos consideramos iguales y la confianza de que podemos reconocer en todos y cada uno la necesidad de ser, bajo el cobijo de esas tres categorías, sin las cuales es imposible que el ser humano avance.

Cuando el ser humano pierde vista la necesidad de confiar en el prójimo, pese a que siente que algo le falta, simula engañándose a sí mismo, que entiende al otro, en la consideración que reclama para sí. La libertad, la igualdad y la fraternidad, son necesidades que reclama nuestra íntima naturaleza y cuando rechazamos con o sin consciencia alguna de ellas, tenemos serios conflictos.

El prójimo no es la condición para exaltar la igualdad y la fraternidad, sino el exterminio, que es la negación de todos los valores y ocupa lugar de privilegio en nuestras decisiones.

Cuando no reconocemos en el otro su necesidad de ser libre, cuando anulamos el sentimiento de fraternidad, colocamos a nuestro semejante en la lista de muerte, no exaltamos la necesidad compartida del deseo de vivir, sino la determinación de cancelarle la posibilidad de vida. Valorar suficientemente el impulso de vida, que con nacer adquirimos, debe ser valorado en-tendiendo y luchando para que las condiciones de vida, prevalezcan para con el otro, de la misma manera que lo reclamamos para sí.

La política debe promover y defender la fraternidad como instrumento vinculante, para que los partidos, logren con éxito, los propósitos que animaron a los legisladores a emitir la norma que los creó. Sin el sentimiento fraternal, sufren las familias, la escuela no funciona como debiera y la seguridad se anula; cuando negamos a los demás, su necesidad de: libertad, igualdad y fraternidad