Muchas casas de consultoría, como McKinsey o Deloitte, han pronosticado que después de tanto encierro vendrá una etapa de gran euforia. El mundo ya no puede más con tanto encierro, tapabocas, sustancias antibacteriales y aislamiento; tampoco aguanta tanta muerte, enfermedad y pérdida. La era de vacunación en el mundo marca la posibilidad de recuperar vida. Hay una gran necesidad de echar a andar los motores, de volver a la proximidad, de reestructurar al ser humano como un ser social. La gran tentación que hay en estos momentos es la de meter el acelerador para entrar a la normalidad.

En diversos sectores, la presión por volver se hace patente. El sector educativo es uno de los que más sabe de esa urgencia. La educación sufrió una transformación de un momento a otro, las aulas se adaptaron a plataformas digitales y el show pudo continuar. No obstante, el modelo a distancia ya está rechinando. Los profesores pasan horas sentados frente a la computadora dando clases y llenando reportes que justifiquen el avance de sus estudiantes; muchos alumnos se han acomodado a un confort que no es propicio para la enseñanza aprendizaje: asisten a clases en pijamas, acostados en su cama, amparados por una cámara apagada y el maestro no sabe si está impartiendo cátedra o está hablándole a un tostador.

Muchas instituciones educativas están levantando el padrón de sus maestros, trabajadores administrativos y empleados operativos para inscribirlos en el programa de vacunación. He escuchado a muchas autoridades educativas que afirman que en agosto se volverá a clases sí o sí, con un modelo híbrido, aunque en verdad no saben lo que eso significa, aún no pueden definir con precisión de qué se trata eso. Y, aunque sabemos que muchos mexicanos estarán vacunados, sea por el programa que lleva a cabo el Gobierno de México o que hayan sido inoculados por la gracia del turismo de salud, lo cierto es que en agosto la población estudiantil y las personas de menos de 40 años, no estarán vacunados.

La inmovilidad política, la falta de previsión para comprar vacunas, la falta de equidad en la distribución mundial, la insuficiencia de la capacidad instalada de producción de los laboratorios y un largo etcétera se quiere compensar con una especie de decreto optimista: volvamos a la normalidad. Por supuesto, todos sentimos esa urgencia, pero ser prudentes parece más conveniente que lanzarnos a la euforia de la aceleración. Hay una emoción de pensar que, si hundimos el acelerador y corremos a toda velocidad, llegaremos antes.

Sí, pero, no podemos dejar de ver que acelerar en una calle estrecha y empedrada no nos va a llevar muy lejos. Esta enfermedad sigue sorprendiendo a los científicos. Antes que poner pies en polvorosa, deberíamos de optar por los pies de plomo. No por mucho madrugar vamos a llegar más temprano, es el dicho que nos mueve a pensar antes de actuar. Soy la primera en defender la educación presencial. Soy una creyente en que un aula es el espacio en el que se intercambian ideas y sé que, entre cortes de luz, fallas de internet y demás problemas, la educación tal como la estamos viviendo ha sido un auxilio, un lugar de rescate y no un espacio definitivo.

Pero, antes de correr, hay que pensar en el rumbo, replantear los caminos, contestar preguntas y disminuir la posibilidad de riesgo. La manzana que se nos ofrece es jugosa y apetitosa, acelerar puede ser el gran anhelo. A mí me gustaría que antes de hincarle la primera mordida al fruto de la tentación, nos aseguráramos de que no está envenenada.