Ocio

La escultura suave y sus procesos creativos

Juana Adriana Rocha

Guanajuato.- Hay pocas certezas cuando se incursiona en el mundo del arte. Pero Vanessa Salas tiene una: no le gustan las etiquetas.

Hace casi 20 años surgió Coladepez. Todo comenzó con la creación de juguetes, en particular, sirenas; fantasías tridimensionales en tela, pintadas a mano. Estas criaturas fueron resultado de la búsqueda de un lenguaje plástico, con el que Vanessa ha experimentado desde entonces hasta llegar a su producción actual, “hasta las últimas piezas, que son casi escenográficas, casi una instalación”.

¿Emprendedurismo? ¿Qué es eso?

Vanessa Salas estudió artes plásticas en la Universidad de Guanajuato. Al terminar la carrera decidió apostar todo a su talento. Dejó un empleo ‘seguro’ y se enfocó en desarrollar su potencial.

“Me dejé llevar por esa inercia. Traía todo el empuje, todo ese ímpetu de decir: yo creo en mi proyecto”, narra.

En un bazar decembrino sus piezas se agotaron. La popularidad de sus juguetes fue inmediata, a dos décadas de distancia Vanessa lo admite con humildad. Al preguntarle si entonces se dio cuenta de que hacía algo único, explica que no fue fácil.

Pronto entendió que más allá de espacios esporádicos exclusivos para artistas, no había lugar para comercializar su producción. Hace 20 años no se contaba con la difusión que actualmente ofrecen plataformas como Facebook o Instagram.

“Me salía con una canasta a vender los juguetes, ¡y te encargo a Fiscalización! Me sentía como vil delincuente”, refiere. “Cuando yo empecé, la palabra emprendedora a mí no me decía nada”, reflexiona. Considera que el posterior ‘boom’ del emprendedurismo motiva a otros, y sirve además para aclarar al mundo que dedicarse al arte es también un trabajo.

“El crecimiento es de cada día. De pasar de lo que son las ventas o el trato en vivo, presencial, a las redes sociales, el salto es enorme”, nos dice Vanessa.

Escultura suave

Entre los objetivos de Vanessa se encuentra darle el lugar que le corresponde a la escultura suave. Cuando trabajó como maestra de pintura en la UG intentó que la  técnica se incluyera en la currícula de la carrera de artes plásticas.

“Es tan noble la escultura suave. Muchas de las piezas que he hecho son con la ropa que desecha mi familia o yo, o cosas que me regalan mis amigas, que tienen una carga emotiva muy interesante”, describe desde su experiencia.

Sus muñecas son una manifestación de este tipo de escultura, que incluye al grabado y la pintura en sus procesos.

En el estado, sólo Vanessa y ‘Gaby’ Juárez, artista que encabeza el proyecto ‘Popularte’ en Salamanca, desarrollan la escultura suave y la comparten a través de talleres.

Artista 24/7

Peleada con la disciplina (pero nunca con el compromiso), Vanessa desarrolló hábitos que afectaron su salud. “Trabajar de noche es una de las cosas que más disfruto, a nivel creativo estoy en mi mejor momento. Me encanta estar produciendo como en una especie de frenesí y se me hace muy difícil tener un horario específico para trabajar”, cuenta.

Este exhaustivo ritmo la condujo a una depresión de la que la ayuda psicológica, sus seres queridos y sus creaciones, lograron librarla.

La artista se dedica además al diseño vestuario, escenografía, utilería, sets cinematográficos, ilustración, pintura. Asegura que todo proyecto le genera una “emoción inmensa”, así que el trabajo no para, su mente tampoco.

Desafíos monumentales

El trabajo de Vanessa Salas tiene gran demanda. Por eso, inevitable preguntarle qué trabajos han representado un reto.

“¿Sabes qué pasa? Que con los años es más fácil resolver. Vas adquiriendo habilidad técnica y además vas conociendo más los materiales, lo que te pueden dar. Ahora a lo que más me enfoco es a la conceptualización para transformar en un objeto tridimensional”, confiesa.

Recuerda en particular un proyecto que le tomó años concretar: una serie de bebés de tamaño natural, niños difuntos, pequeños esqueletos de los que salen flores e insectos, una representación del mito prehispánico del Chichihualco (lugar de nodrizas).

“En el antiguo México, los niños que morían se iban a un lugar donde había un árbol enorme lleno de mamas, donde no les faltaba alimento y calor. En comparación con la horrenda tradición de condenar a los niños a andar en el Limbo, me gusta más esa imagen”, revela.

La elaboración de moldes y la impresión de los grabados sobre tela, fueron algunos desafíos que enfrentó.

Entre sus piezas de mayor tamaño se encuentra una enredadera de ‘quiebra platos’, flores silvestres color azul, que crecen en temporada de lluvias. Mide 35 metros lineales,  “a donde la llevo tiene una vida distinta, el montaje es diferente”.

Recordar quiénes somos

Para Vanessa, el arte sí tiene una utilidad más allá de lo contemplativo, “nos sirve para recordar quiénes somos como seres humanos”, sobre todo en estos tiempos en que la convivencia se da sobre todo de forma virtual.

“¿Por qué tiene que ser tan áspero el mundo del arte? ¿Por qué tenemos que ser tan ásperos entre nosotros? Cada quien tiene su lucha, en el arte nadie la tiene fácil. Hay mucho trabajo detrás”, reflexiona.

Sobre el papel de la mujer, desde el reconocimiento que su talento le ha otorgado, nos dice: “Ya no estamos para pedir permiso. Llegamos y nos apoderamos de nuestro espacio. ¿O vamos a estar esperando a que nos hagan caso? (…) Tenemos mucho que decir, y no sólo porque somos mujeres, sino por todo lo que significa ser mujer y producir arte. Hay mucho que compartir”.

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