En política, el más chimuelo masca tuercas. Para mejor ejemplo, tenemos los recientes comicios. No han pasado más que unas horas y ya se están buscando equilibrios y se cocinan componendas.  Los chiquitos han ganado fuerza y son blanco de seducción. Las alianzas tiemblan, porque sus bases fueron edificadas sobre bases arenosas y las diferencias estructurales que tienen sus elementos pueden empezar a rechinar. El presidente López Obrador, que es un viejo lobo de mar en los océanos políticos, ya le está haciendo ojitos al PRI y sus aliados y los votantes fruncen el ceño.

Me imagino que López Obrador se debe de reír, mientras acaricia al gato y le da vueltas al perol político porque su estrategia es buena. AMLO es consistente: divide y vencerás ha sido el lema que le ha resultado muy efectivo. Así que el simple guiño al PRI ya le saca ronchas al PAN y al PRD. Sin embargo, en el PRI tampoco son ingenuos. Dulce María Sauri Riancho responde rápido y claro: no seremos los Judas de esta alianza. Y, es que un tropezón del antiguo partido súper poderoso lo puede llevar a convertirse en cenizas. El presidente lo sabe y juega sus cartas.

La elección del fin de semana pasado reconfiguró el escenario político y aunque es válido decir que todos ganaron algo y que los efectos de la alianza se dejaron sentir, también es verdad lo que advierte Gustavo Madero: no son tiempos de echar las campanas al vuelo; es cierto que se le hizo daño a Morena, que se le despostilló la hegemonía del poder, que se le lastimó en la Ciudad de México, pero no todo lo que brilla es oro y tanto el presidente como su partido saben jugar los trasfuegos políticos. Así que, la celebración y los festejos de la alianza se pueden convertir en caras largas con mucha facilidad. En síntesis, advierte que hay que tener cuidado con los traidores.

Madero tiene razón. Las traiciones y los vaivenes de los políticos pueden causar más dolores de cabeza que satisfacciones. La fragilidad de las uniones se pone en evidencia. Morena no había ganado la mayoría calificada en el 2018, pero a base se juegos políticos, seducciones y negociaciones, la lograron. No fue en las urnas, fue con todos los Judas del PRI, PAN, PRD y con sus amoríos con el Partido Verde que construyeron una mayoría facinerosa y no electoral. Lo que sucedió en el pasado puede volver a suceder. Y para eso, el presidente usó la mañanera para elevar su cerbatana y lanzar un dardo envenenado que, si da en el centro, puede causar un daño de amplio espectro.

Pero, el electorado que voto por la alianza no es una cantera fanática que esté dispuesta a sufragar a su favor siempre y en todo lugar. Más bien, es al contrario. Lo que vimos en los comicios del fin de semana, fue una manifestación de voto útil que es el formato menos fiel de los que existen. Si se les otorgó el voto, fue porque resultó conveniente, porque convencieron con la propuesta de parar el carro completo que se prefiguró en el 2018 y que ya andaba tan descarrilado y cerca del despeñadero que asustó a mucha gente.

Por estas razones, la condición del PRI es sumamente delicada. En el 2018, sufrió una lección dolorosa frente a las urnas. Los electores votaron y castigaron. No gustó la frivolidad ni las actitudes palaciegas ni la corrupción rampante y, más que nada, no gustó el abandono a sus votantes. Si vuelven a cometer los mismos errores y el electorado percibe una traición, será como si se estuvieran clavando un puñal en el corazón y se auto infligieran una herida mortal.

En el PRI no son ingenuos, mascan tuercas. Sin embargo, se han dejado seducir. La voz del presidente ha sonado como una opción aterciopelada para muchos. López Obrador ya abrió la puerta e hizo la invitación, veremos quién la acepta. Veremos las consecuencias que eso puede acarrear. Insisto, la situación es delicada.