En ocasiones pensamos que nuestra especie se familiariza de tal manera con la crueldad, que no logra entender la razón por la cual, parece no tener límites. Con frecuencia lamentamos que ante las muestras de violencia en contra de personas y animales nos paralizamos y, después de advertir que es indebido, volteamos para otro lado, mostrando asombro sólo instantáneo; tal pareciera que estamos a la espera de un evento con mucha más crueldad y que al final eso será, sin que podamos evitarlo.

En el decurso de la historia, podemos encontrar condiciones de crueldad probablemente mayores a las que vivimos actualmente. Por ejemplo en el pasado reciente, las guerras mundiales y más cerca, la guerra de Vietnam, que sacudió a gran cantidad de conciencias y llevó a millones a la enajenación, convirtiéndolos en farmacodependientes.

Las comunicaciones cada vez más fluidas y los avances del cinematógrafo, la televisión y las comunicaciones instantáneas, nos dan cuenta de que el ser humano es capaz de las acciones más nobles; pero también de las más atroces. Sin embargo, es imperativo detenernos para explicar o lamentarnos, sobre el porqué la conciencia moral de la especie no evoluciona con la rapidez que lo hacen la ciencia y la tecnología.

Tal pareciera que en la medida que avanza la ciencia aplicada, el ser humano  cada vez más erudito, se torna más violento y proclive al mal. Es indudable que el dinero es el medio más eficaz al servicio del poder personal y, por lo tanto, le da a quien lo tenga mayor capacidad para hacerse obedecer. Pero si la educación de la voluntad para apegar su desempeño a principios elementales de la ética, es prácticamente inexistente; luego, el instinto de conservación se orienta a magnificar el poder personal, sin atender a la bondad, que abriría un camino a la empatía.

La especie humana, con frecuencia, ha concluido que es mejor la paz que la guerra; que la disputa sin límite en el ejercicio de la violencia lleva a personas, familias y pueblos a la extinción. Empero, el instinto proclive a ejercer la violencia al extremo de aniquilar al contrario, para llegar a la dominación sin límite, deshumaniza al ser humano y hace palidecer, ante su comportamiento a la ley del talión o a la que rige entre las fieras. 

Sin embargo, conforta que entre los humanos haya aún quienes orientan su voluntad hacia la empatía y la solidaridad. Empeñarnos en que nuestro sistema educativo produzca un mayor número de egresados con esos valores integrados a su conducta, debe ser objetivo toral de los gobernantes modernos.