Mis queridos lectores, les lanzo un reto: miren a su alrededor y encuentren a un niño, ¿qué está haciendo? Les aseguro que la respuesta generalizada será que, independientemente de su etapa de desarrollo, la criatura estará con la nariz hundida en una pantalla. Desde los bebés hasta los preadolescentes, nuestros infantes han sido entrenados a distraerse con un celular, una tableta, una computadora, un artilugio para jugar. Además, son listísimos para conectarse a las redes de Wifi disponibles para no consumir datos y sus lenguajes son similares a los de un científico de los años ochenta del siglo XX. Hablan de cuestiones cibernéticas con fluidez y operan como expertos que son.

No hay duda de que los pequeños han adquirido nuevas habilidades. Son diestros en las redes sociales, se adaptaron más fácil que muchos de sus profesores a las plataformas educativas a distancia, brincan de una aplicación a la otra y saben producir y editar contenidos para hacerlos públicos en forma rápida. Todo está al alcance de un clic. Hablan de temas ecológicos con autoridad, si no entienden algo, lo buscan en Internet. Sus problemas se solucionan con elementos virtuales. Son hábiles con los pantallazos y muchos adultos vemos con admiración lo que los niños son capaces de hacer.

Dice el filósofo Hartmut Rossa que si acaso existe una particularidad universal de la modernidad, “esta es la experiencia de un cambio en la estructura temporal de la sociedad o, más exactamente, la experiencia de aceleración de la vida, cultura y/o historia”. Es cierto, nos hemos subido en las manecillas del reloj y les hemos dado potencia para que corran a toda velocidad.  Esta noción de aceleración de la vida social está presente en las sociedades en todas partes del planeta, no sólo en el mundo occidental, sino también en América Latina, Asia y África. No son exclusivas de los países desarrollados.  Lo cierto es que esta prisa constante aún no ha sido estudiada a profundidad y si los efectos en la población adulta no han un merecido análisis a hondura, lo que les pasa a los niños queda en el territorio de lo desapercibido. No nos damos cuenta. Debiéramos.

Para Hartmut Rosa existe una distinción entre aceleración tecnológica, aceleración del cambio social y aceleración del ritmo de vida como sus tres principales dimensiones discernibles. La reflexión sobre el tema nos lleva a detenernos y recapacitar que, en un mundo moderno, no sólo la estructura psíquica de los individuos, sino corren el riesgo de verse sobrecargadas por la presión que emana de la rápida aceleración de las transacciones económicas, el progreso tecnológico y el cambio cultural. Si esto sucede con los adultos, con los niños los efectos son de amplio espectro.

Los chicos se relacionan a través de video juegos. Los aspiracionales infantiles de la actualidad se centran en figuras como Youtubers que tienen muchos seguidores. Pequeños que enseñan a otros niños a hornear un panqué de plátano o que dicen cuál es el mejor lugar para ir a visitar. Con la accesibilidad que existe, casi cualquiera puede convertirse en un productor de contenido que se puede subir a la red. Eso representa una serie de posibilidades maravillosas y una democratización real de los medios ya que cualquiera puede estar ahí. Las barreras se encogieron y basta un aparato y una conexión a Internet para lograrlo. Evidentemente, eso es tanto una ventaja como todo lo contrario.

El problema es que hay pequeños que transmiten en tiempo real en dónde están, quiénes los acompañan, de quiénes están rodeados —por lo general, se trata de adultos distraídos en sus pantallas— y eso vulnera su seguridad en muchísimos niveles. Nada menos, la semana pasada, un par de niñitas subieron un video en el que daban instrucciones de cómo ir al baño en un restaurante de comida rápida. Se mostraba todo el proceso.

Hay gente a la que le puede parecer que eso es algo chistoso. Y, para ahorrarnos los adjetivos, eso no es otra cosa que la evidencia de la aceleración social y la huella que está dejando en la vida de las personas. Se acelera todo: el amor, las relaciones de amistad, entretenimiento: la vida. Lo que valdría la pena es detenernos un poco a observar qué efectos causa en los más pequeños, porque no todo lo que brilla es oro ni todas las consecuencias son nefastas. Lo terrible es que pasen desapercibidas y que no nos enteremos qué pasa con la aceleración social y los niños, al menos con nuestros niños.