La reunión terminó mal. Muy mal. A gritos entre el fiscal general de la República, Alejandro Gertz Manero, y el exconsejero Jurídico del presidente, Julio Scherer Ibarra… El anfitrión y convocante del encuentro fue el secretario de Gobernación, Adán Augusto López. Así me lo confirman fuentes oficiales.

La junta se dio por idea del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien en los últimos días ha atestiguado el potencial que tiene el pleito Gertz-Scherer: una implosión que destruye a su gobierno.

Las acusaciones contra Gertz, ventiladas desde hace meses en medios de comunicación y que llegaron al punto climático con la divulgación de sus llamadas telefónicas, exhiben el abuso del poder y el uso del presupuesto para procesar las venganzas personales del fiscal, sea el encarcelamiento de su excuñada, sea la toma de un plantel universitario, sea la amenaza de meter a Almoloya a los científicos que no lo quisieron recibir con abrazos. Pero también el expediente de Gertz contra Scherer radiografía niveles de corrupción, enriquecimiento ilícito y extorsión desde Palacio Nacional que ponen en jaque al presidente de México.

Si gana uno, gana el otro, o pierden los dos, en cualquier escenario, el derrotado es López Obrador. Es la implosión a la que me refiero. El conflicto Gertz-Scherer es la definición de “destrucción mutua asegurada”, que puede hacer añicos lo que queda de la administración de López Obrador.

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El presidente, al darse cuenta de que no estaba ninguno de los dos dispuesto a ceder, le pidió a Adán Augusto que actuara como mediador. Ya antes, el secretario de Gobernación, había platicado en varias ocasiones con cada uno, por separado. No había llegado a nada. Incluso les había mandado mensajes de serenidad de parte del presidente. Tampoco funcionó. Así que hace unos días, el presidente tomó la decisión de que deberían sentarse ambos a la mesa. Adán Augusto los convocó a una reunión donde solo estarían los tres. Así fue. Y la reunión salió fatal. El potencial implosivo está intacto.

SACIAMORBOS

Antier, en su conferencia mañanera, el presidente confesó lo que he venido diciendo por semanas: que no me estaría atacando si no hubiéramos publicado el reportaje de la casona de su hijo, los videos de sus hermanos recibiendo dinero clandestinamente, las 23 casas de Bartlett… Dijo textualmente: “Si no salieran a atacarnos con esos reportajes, pues no estaríamos hablando aquí de esta situación, y mucha gente, muchísima, millones, se quedarían con la idea de que el periodismo es como el castillo de la pureza. Entonces tenemos oportunidad de confrontar”.

Es la confesión de un autócrata. Según datos de Spin, en las últimas 35 conferencias mañaneras, me ha mencionado 107 veces. Este incesante bombardeo de mentiras y calumnias tiene una explicación muy sencilla: AMLO no ha podido explicar la vida de lujos, sin trabajar, de su hijo José Ramón en el extranjero. Para su mala fortuna, aquel reportaje de la “casa gris” sigue intacto en todos sus pilares: la casa tiene esos lujos, la casa la vivió su hijo, la casa fue de un ejecutivo de Baker Hughes y Baker Hughes ha tenido un sexenio de oro con López Obrador.