Al propio José María toca encarar a “el Manco” y escuchar de él una serie de insultos: “entre infinitos y horrorosos vituperios me dijo: que era un alcahuete de los gachupines y que quitaran de allí ese… hermano del cura; que ya no le había de dejar la vida si lo llegaran a agarrar, y que así no tenía que meterse con él, y había de anticiparse a tomar satisfacción de los que pudieran entregarlos y eran todos aquellos alcahuetes encallejados”.

En su campaña militar, el cura Miguel Hidalgo estuvo en Salamanca del 23 al 25 de septiembre de 1810 de paso hacia el mineral de Guanajuato. Durante este lapso recibió el apoyo de cientos de partidarios; entre otros, de los futuros guerrilleros Albino García, Andrés Delgado ‘el Giro’ y el padre ‘Garcilita’.

Al parecer, Albino García solicitó a Hidalgo su incorporación al ejército, y éste le comisionó para insurreccionar el Bajío, asegurando así la fortaleza del movimiento en su escenario original. Por ello, García, un caporal apodado ‘el Manco’ a raíz de una caída de caballo que le inutilizó el brazo izquierdo, dará inicio a sus memorables correrías por la región y mantendrá una gran estimación por el religioso de Dolores.

Sin embargo, el destino llevó a ambos por caminos lejanos: mientras Albino se ocupaba de organizar su gente acompañado de su hermano Francisco y su primo Pedro, los primeros caudillos enfrentaban al ejercito virreinal, sufrían la traición de Acatita de Baján y terminaban sus días en el paredón, en la distante Chihuahua.

Con el recuerdo de Hidalgo aun presente, García se dedicó a hostilizar al enemigo, ya asaltando sus convoyes, saqueando las haciendas y poblados pequeños y aun atemorizando a ciudades mayores, como Guanajuato, Celaya y Aguascalientes.

¿Su estrategia?… La misma que describe Fernando Osorno al anotar: “Las guerrillas fueron cual un enjambre de mosquitos al asedio de un coloso. Atacaban donde podían y como podían, sin esa táctica combativa que tanto preocupaba a sus enemigos. Conjuntas en la acción y dispersas en la huida, las guerrillas fueron un rival invisible y desconcertante para los españoles”.

Así, en agosto de 1811, ‘el Manco’ se enfrentó en las inmediaciones de Pénjamo con un cuerpo de lanceros al mando del capitán Pedro Menezo. En las primeras acciones los lanceros hicieron huir a los insurrectos, los persiguieron y aun capturaron a algunos de ellos, a quienes pasaron por las armas de inmediato. El capitán Menezo dio cuenta de lo que consideró una victoria completa y se retiró del lugar.

Sin embargo, el subdelegado de ese partido y comandante de las armas, José María Hidalgo y Costilla, quien recientemente había tomado posesión de estos cargos, decidió no confiarse y organiza la defensa de la villa ahora que se encuentra desguarnecida.

Realizando estas tareas — informa José María al general Calleja– sus temores se materializaron: “entró de tropel el ejército de Albino García con el trozo de Pedro García que iba a ser derrotado el día que huyeron a orillas del pueblo, y el todo se compondría de ochocientos a mil hombres de caballería y acaso otro tanto de plebe o más…”

Alarmados, los vecinos acuden con José María Hidalgo para enterarse de las medidas defensi vas a tomar, encontrándose que las armas que poseen son escasas y, sin la protección de los soldados de Menezo, están en manos del enemigo.

Al propio José María toca encarar a “el Manco” y escuchar de él una serie de insultos: “entre infinitos y horrorosos vituperios me dijo: que era un alcahuete de los gachupines y que quitaran de allí ese… hermano del cura; que ya no le había de dejar la vida si lo llegaran a agarrar, y que así no tenía que meterse con él, y había de anticiparse a tomar satisfacción de los que pudieran entregarlos y eran todos aquellos alcahuetes encallejados”.

Sin nadie que lo impidiese, Albino y los suyos se dedicaron a saquear el poblado, abusaron de los vecinos más pudientes “y en fin no cesaron hasta… saciar su barbarie en un lugar indefenso”. “Quedó Pénjamo hecho un miserable esqueleto — apunta José María — y los vecinos piensan abandonar el patrio suelo y ver adonde hallan honesta acogida para sus familias…”

“A mí me saqueó –continúa José María– me arrestó y me intimó que no siguiera de subdelegado porque ya iba a nombrar otro. Ignoro si lo habrá verificado…”. Concluye luego su informe con una petición a Calleja, el mayor enemigo de su hermano Miguel, “suplicándole encarecidamente nos mire con compasión otra ocasión no separando de nosotros sus socorros hasta que ya esté en forma la defensa contra tan terrible enemigo…”

Cabe recordar que José María de la Trinidad, el hermano contrainsurgente de Miguel Hidalgo, era aproximadamente cuatro años menor que él y a diferencia de sus familiares, no se sintió atraído por la carrera eclesiástica, sino por los estudios de medicina, gracias a los cuales logró cierto reconocimiento social en Pénjamo, su lugar de residencia. Se sabe así mismo que fue él quien, a la muerte de su padre Cristóbal, se encargó de la administración de la hacienda de Corralejo.