José Antonio Rojas, precursor de la Guerra de Independencia

En palabras de Agustín Lanuza: “(Era) muy afecto a las ideas filosóficas de los enciclopedistas del siglo XVIII, que estaban en boga y que habían hecho estallar la Revolución Francesa, había adquirido, como otros criollos de la Nueva España, algunas ideas liberales, merced al contacto con los europeos y con la lectura de libros franceses que furtivamente entraban a México”.

Durante el gobierno del intendente Juan Antonio de Riaño y Bárcena, la región de Guanajuato tuvo un acentuado desarrollo material fundado en el auge minero y se creó un clima de libertad intelectual que favoreció la difusión del pensamiento ilustrado.

Congruente con su visión liberal, el intendente respaldó el desarrollo del Real Colegio de la Purísima Concepción, venido a menos desde la expulsión de los jesuitas. Fomentó entre los jóvenes el análisis de los clásicos latinos y el gusto por la lengua y la literatura francesas, con las cuales estaba familiarizado a través de su esposa, Victoria Saint-Maxent.

Riaño también introdujo en el propio colegio el estudio de cursos científicos, como la Física, la Química y las Matemáticas, lo cual derivó en la búsqueda de nuevos maestros con el perfil apropiado para impartirlos. En el caso de las Matemáticas, después de un examen de oposición, se contrató a José Antonio Rojas, un joven poblano que contaba 29 años cuando arribó a Guanajuato, y que llegaba con la recomendación del prestigiado Colegio de Minería.

La infancia de José Antonio no había sido fácil. Nacido el 17 de enero de 1774, al cumplir la primera década sufre la separación de sus padres: Vicente Rojas y Ana Josefa Ladrón de Guevara. Bajo la tutela de ésta deja la “Ciudad de los Ángeles” y se traslada a la capital virreinal donde cursa latín en el Colegio de San Juan de Letrán; lo que constituye el primer paso de su admirable vida intelectual.

A los dieciocho años Rojas es nombrado Contador de Resultas en el Tribunal de Cuentas; pero su paso por la burocracia es fugaz, pues ingresa al Colegio de Minería, dedicándose sobre todo al estudio de las Matemáticas y las Ciencias Naturales.

Por su dedicación, en 1798 funge como suplente en Química de los connotados maestros Fausto de Elhuyar y Luis Lindner. Cinco años después se le reconoce por su colaboración en las investigaciones realizadas en la Nueva España por los sabios Humboldt y Bonpland.

Posteriormente –como se anotó- se integra al Colegio de la Purísima Concepción de Guanajuato, dirigido entonces por los religiosos de San Felipe Neri y respaldado por el intendente Riaño. Ya dentro de la institución, aparte de las Matemáticas, imparte de manera gratuita clases de Arquitectura, Perspectiva, Botánica y Mineralogía. En 1804 también enseña Química en lecciones patrocinadas por varios mineros ricos.

Ante la escasez de médicos en el mineral, José Antonio atiende también a los enfermos, sobre todo a los pobres que no pueden ir a consulta a otra ciudad. Con igual disposición asesora los trabajos de las minas y de las haciendas de beneficio procurando para los dueños mayores utilidades.

En palabras de Agustín Lanuza: “(Era) muy afecto a las ideas filosóficas de los enciclopedistas del siglo XVIII, que estaban en boga y que habían hecho estallar la Revolución Francesa, había adquirido, como otros criollos de la Nueva España, algunas ideas liberales, merced al contacto con los europeos y con la lectura de libros franceses que furtivamente entraban a México”.

Esta faceta de su personalidad le conduce al materialismo, a criticar algunos dogmas católicos y a censurar el comportamiento de algunos ministros religiosos. Dado que sus opiniones las expresa públicamente, no falta quien lo denuncie y en consecuencia es arrestado por la Santa Inquisición y trasladado a la ciudad de México.

La comparecencia de distintos testigos hace posible que se le finquen decenas de acusaciones. Es encontrado culpable de la mayoría de los cargos y condenado al destierro por veinte años de la capital, Puebla y Guanajuato.

Además se le confiscan sus bienes, se le interna por un año en un convento de Pachuca y se le prohíbe por vida la enseñanza pública. Luego, pasa a Aguascalientes a acordonar las tierras de la Hacienda de San Jacinto, propiedad del Conde de Rul.

Fingiendo que sale a León, se dirige en realidad a Río Verde y de allí hacia el norte hasta Nueva Orleáns. Allí, en 1806, publica un folleto en el que ridiculiza a la Inquisición, alaba la libertad que existe en los Estados Unidos e inserta algunos de los artículos de su Constitución invitando a los novohispanos a crear un régimen similar.

La creciente divulgación del escrito alarma al virrey, el marqués de Branciforte, quien obtiene de la iglesia la amenaza de excomunión para todo aquél que lo lea o lo divulgue. Rojas, por su parte, sostiene correspondencia con personas que comparten sus inquietudes, incluido –según algunos autores– el propio Miguel Hidalgo.

Sobre el final de este admirable personaje existen dos versiones. De acuerdo a la primera, murió en los Estados Unidos, en fecha que se ignora, sin haber regresado a su tierra. La segunda –más propia de un héroe, aunque menos probable– indica que, al estallido de la insurgencia, se incorporó a ella, luchó y, capturado en Silao, fue fusilado en 1815.

Como haya sido, nadie le rebate a José Antonio Rojas su papel de precursor de la Guerra de Independencia, ni al Colegio de la Purísima Concepción –antecedente de la Universidad de Guanajuatoel orgullo de haber contado con él como profesor.