Un miércoles reciente, apenas pasaba de las seis de la mañana cuando un tracto camión y una camioneta con personas apretujadas en la caja se vieron involucrados en un accidente fatal en la carretera San Luis de la Paz-Dolores Hidalgo. En el lugar hubo tres fallecidos y muchos lesionados, varios de gravedad. En esa escena de dolor se podían distinguir sobre el asfalto muertos y heridos con la vestimenta usual de los jornaleros originarios de la comunidad indígena Misión de Chichimecas y de colonias periféricas que todos los días se dirigen hacia los sembradíos de verduras localizados en esa ruta, donde por jornada o “tarea” reciben 200 pesos. Estos en particular iban a la cosecha de espárrago. 

Hacia el mediodía, mientras los vehículos eran trepados en grúas, ministeriales y elementos de la Guardia Nacional concluían los protocolos del percance. Para esas autoridades se trató de un accidente más y los medios de comunicación también lo registraron como nota roja de rutina. Sin embargo, en esas muertes hay factores que no sólo tienen que ver con el siempre incierto final que a todos nos espera, en su trasfondo hay una intrincada trama de explotación de la mano de obra de cientos de personas que son empleadas en condiciones laborales muy desfavorables para aumentar la ganancia del primer eslabón de la cadena: los “patrones” dueños de las cosechas.

Ya es parte del paisaje cotidiano de San Luís de la Paz que en el amanecer se observe a decenas de hombres y mujeres, muchos de ellos jóvenes y algunos hasta menores de edad, salir del caserío de Misión de Chichimecas y de colonias de la periferia hacia un bulevar donde esperan el transporte. Suelen ir cubiertos de la cabeza con gorra, sudadera y algunas mujeres llevan falda sobre el pantalón; luego de acomodarse en la parte trasera de los vehículos enfilan hacia la carretera 57. Como parte de la cadena existe lo que llaman “capitanes de  campo”, que además de ser también jornaleros reclutan al grupo que transportan.

¿Y las autoridades?

Esa imagen de camionetas pick up recorriendo vialidades tardes y mañanas con decenas de hombres y mujeres apilados, está normalizada como algo que así ha sido siempre. Ninguna autoridad parece preguntarse por qué no cuentan con transporte digno y seguro, ni hay indicios de que algún funcionario se preocupe por sus derechos laborales. A la hora que estas situaciones exigen actuar, tampoco se ve por ningún lado a esa enorme cantidad de políticos de la localidad que en campaña, o cada que les conviene, buscan en sus viviendas a esos sectores de la población, o tratándose de los chichimecas les dirigen floridos elogios y hasta se enfundan con su ropa tradicional para tomarse la foto con ellos.

Qué importante sería que volteara sus ojos a esas realidades Libia Dennise García, titular de la Secretaría de Gobierno, pues es parte de su estructura la Dirección de Inspección de la Subsecretaría del Trabajo y Previsión Social, cuyas funciones en lenguaje institucional las definen, como “verificar que los centros de trabajo se desarrollen dentro del marco de la normativa laboral, mediante acciones de vigilancia y promoción para proteger los derechos de los trabajadores”. Todo hace concluir que quienes han pasado por esa área no han puesto en su radar todo ese complejo entramado de los jornaleros indígenas y mestizos de San Luis de la Paz que hacen posibles las siembras y cosechas de las grandes extensiones agrícolas del rumbo, y que llevan años, y hasta generaciones, empleándose en condiciones muy desventajosas. 

Hay desgracias y lutos, como en el que se encuentran por estos días esas familias, que no son obra de la voluntad de Dios, para que eso suceda en mucho contribuyen los vacíos dejados por la autoridad.  

Salieron de madrugada…

Dos de los jornaleros fallecidos salieron esa mañana de la misma vivienda humilde en una calle cercana al primer cuadro de la ciudad. Uno tenía 32 años, otro aún más joven, hacía tiempo había dejado su comunidad en la sierra para buscar algún horizonte laboral, su tía, también migrante, le dio abrigo. 

Todavía no llegaba la claridad cuando sonó el teléfono, era la voz de un muchacho que también viajaba en la caja del vehículo, decía que habían sufrido un accidente. Apenas hacía quizás una hora habían salido por esa puerta donde al otro lado ya se oían los primeros autos transitando. Otras ocasiones, cuando se iban a las cosechas hasta el rumbo de Celaya, emprendían el viaje a los dos o tres de la madrugada, pero esta vez ya pasaba de las cinco cuando salieron a ganarse un dinero honestamente trabajando entre surcos y bajo el sol extenuante. Ese amanecer trágico el destino le arrancó a la señora de esa casa su único hijo varón y a su querido sobrino.

En el patio de la vivienda se observan candelabros, flores, una cruz de ceniza y en la puerta una cartulina fosforescente informando la hora de los rosarios. 

Un niño de ocho años y una niña de diez meses, ya no volverán a ver a su papá que la madrugada de ese miércoles se fue a luchar por el sustento en la cosecha de espárrago.